La sorprendente victoria de Zohran Mamdani en Nueva York ha desatado una ola global de imitadores. Pero ¿puede replicarse realmente su fórmula o es un fenómeno único e irrepetible?

El pasado 4 de noviembre se celebraron las elecciones a la alcaldía de Nueva York. Los comicios de esta ciudad con más de ocho millones de habitantes siempre suelen ser objeto de noticia, pero en esta ocasión la vorágine informativa cobró una dimensión mayor de lo esperado.

A estas alturas no sorprenderá a nadie que el motivo fue la victoria del joven socialdemócrata Zohran Mamdani. Su campaña ha sido seguida en todo el mundo y sus admiradores han ido creciendo a la misma velocidad que sus imitadores. 

Y es que en todo el mundo distintas políticas como Diana Morant o Catherine Connolly, han tomando una inspiración para sus recursos gráficos que va un poco más lejos del homenaje. 

Cartel de campaña de Zohran Mamdani a la izquierda. Cartel de Diana Morant (PSPV) a la derecha.
Cartel de campaña de Zohran Mamdani a la izquierda. Cartel de Diana Morant (PSPV) a la derecha.

Su estilo de oratoria, su diseño gráfico, la presencia en redes… Las claves de su estrategia de comunicación parecen claras y ya están siendo copiadas, pero ¿podrían funcionar con otro candidato y en otros comicios? O, por el contrario, ¿estamos ante un suceso irreplicable?

La fórmula Zohran Mamdani

Su ya mundialmente conocida estrategia de comunicación se ha sustentado en tres grandes pilares: un diseño gráfico único y reconocible, una campaña viral en redes sociales y la propia imagen del candidato. 

El diseño gráfico

Respecto al diseño gráfico, este viene de la mano de Aneesh Bhoopathy, un diseñador de Filadelfia que tomó como inspiración los carteles de las bodegas y restaurantes clásicos de Nueva York. En palabras del profesor David Schwittek, “evocan el tejido de clase trabajadora de la ciudad de Nueva York: las bodegas, los taxis y los puestos de comida halal que no solo sostienen la ciudad, sino que también reflejan su riqueza cultural”.

El objetivo de este diseño es doble. Por un lado, Gavan Fitzsimons, profesor de marketing y psicología en la universidad de Duke, señala su “asociación positiva a momentos políticos más felices”, mientras que Cloud Strout considera que la clave está en otro de sus efectos: “El equipo de Mamdani mostró cómo usar el diseño visual a modo de saludo secreto puede hacer que la política se sienta real y basada en la comunidad”. 

Las redes sociales

En cuanto a la campaña de redes sociales focalizada en la viralidad, esto, a priori, no es algo nuevo, sino que llevamos viéndolo desde principios de siglo. Es decir, prácticamente desde el nacimiento mismo de las redes sociales.

Ya en 2008 las elecciones que ganó Barack Obama fueron denominadas por ciertos sectores como las “elecciones Facebook”. La diferencia en el caso de Zohran Mamdani no está entonces en el uso de redes sociales como herramienta, algo ya absolutamente extendido, sino en su dominio de un formato en particular: el vídeo corto.

Si en 2008 la plataforma hegemónica era Facebook, nadie duda que ese espacio hoy en día lo ocupa TikTok. Esto es así debido a cómo su modelo de contenido ha ido colonizando el resto de redes sociales.

Mamdani ha grabado una enorme cantidad de vídeos, la mayoría de los cuales han alcanzado un grado de difusión amplísimo. De hecho, lo que le puso en el radar de la política estadounidense fue un vídeo de tres minutos tras la victoria de Donald Trump en las elecciones de 2024.

Gracias a un equipo enormemente talentoso para la edición y guionización de este contenido, Mamdani ha conseguido crear un estilo que no genera rechazo entre los usuarios (algo verdaderamente complicado para un político). 

Zohran Mamdani: el candidato

Por último, tenemos la presentación de la propia figura de Mamdani. Su imagen es bastante consistente en todo su material de campaña, siempre con una sonrisa y un traje. El objetivo es tan evidente como complicado: transmitir la imagen de un político cercano al pueblo, pero a la vez la de un profesional capacitado.

En un momento en el que predomina un sentimiento contra el establishment y contra quienes están en el poder, Mamdani combina eso con, no solo un no rechazo a la clase política, sino con una apelación a la antigua política positiva.

Parte de esta sensación nace del énfasis que le han dado desde la campaña a la participación ciudadana. Desde muchísimas llamadas a voluntarios, pasando por recorrer Nueva York de punta a punta mientras se iba sumando gente u organizar una búsqueda del tesoro, Zohran Mamdani ha sabido crear un sentimiento de inercia y comunidad en sus potenciales votantes.

La sensación se ha extendido más allá de estos potenciales votantes. La figura de Mamdani ha conectado especialmente con gente joven como Luvaina, una estudiante de instituto: “[Se] siente como si lo conocieras, porque se parece a nosotros, actúa como nosotros, está muy entrelazado con nuestras comunidades. Mis amigos lo vieron en una mezquita hace unos días; uno de mis profesores lo conocía de cuando estaba en El Instituto de Ciencia del Bronx. Se siente muy cercano a nosotros”. 

Y es que esta ha sido la clave en cuanto al fondo de su campaña, una idea clara que conecta con las preocupaciones de los votantes de clase media y baja y aparece repetida una y otra vez: reducir el coste de vida para los ciudadanos de Nueva York.

Para Zohran Mamdani esta consistencia se traduce en una imagen de autenticidad para los votantes, que ven en él un candidato que, en palabras de Ezra Klein: “No saben si tendrá todas las respuestas, pero al menos reconoce el problema y está dispuesto a probar cosas diferentes para solucionarlo”.

¿Puede exportarse esta fórmula?

Tras haber visto todas estas características aparentemente claras, la tentación es responder instintivamente que sí. Si una campaña ha logrado convertir a un candidato prácticamente desconocido en una figura global, lo lógico parece ser copiarla.

Sin embargo, el “modelo Mamdani” no es un manual cerrado que pueda descargarse y aplicarse en cualquier ciudad del mundo, sino un conjunto de principios que solo funcionan si se adaptan a un contexto político, social y cultural muy concreto.

Lo primero que puede exportarse son las técnicas, pero no necesariamente los códigos. Un diseño gráfico coherente, reconocible y enraizado en la vida cotidiana de la gente es replicable; lo que no es exportable sin más son las bodegas, los taxis amarillos o los carteles de halal típicamente neoyorquinos.

En otra ciudad, la estética tendría que dialogar con otros símbolos o referentes culturales propios. Copiar la tipografía, los colores o el look de la campaña de Mamdani, sin hacer ese trabajo de traducción, corre el riesgo de convertir la fórmula en una especie de disfraz neoyorquino que no tiene nada más detrás.

Algo similar sucede con el uso del vídeo corto. El formato es, en principio, universal: mensajes de pocos segundos o un par de minutos, montados con ritmo, pensados para ser compartidos y que se acomodan bien a los algoritmos de TikTok, Instagram o YouTube Shorts. Eso sí es exportable. Lo que cambia son el tono, el humor, el tipo de referencias culturales o incluso el idioma.

El equipo de Mamdani ha demostrado que se puede hacer política sin resultar intrusivo o ridículo en un entorno donde la política suele generar rechazo. Pero eso se debe a una combinación delicada de guion, montaje, autenticidad del candidato y buena lectura de la cultura digital local. Copiar simplemente “que el candidato haga vídeos” sin entender esa lógica solo produce más ruido en un ecosistema ya saturado. 

Algo que en España está quedando especialmente claro con los recientes intentos de diversos políticos de todo signo de subirse al carro de estas redes. Sin duda es una opción arriesgada y el efecto conseguido puede ser el contrario al buscado terminando este “estilo joven” por convertirse en un motivo de burla hacia el candidato.

Donde la exportación se vuelve más compleja es en el perfil del propio candidato. Zohran Mamdani encarna a la vez varias cosas ya que es joven, pero no inexperto; pertenece a minorías étnicas y religiosas, pero está profundamente integrado en el tejido urbano de Nueva York; es claramente más de izquierdas que el candidato demócrata promedio, pero habla de problemas extremadamente concretos sin perderse en abstracciones ideológicas. En otras palabras, su biografía y su discurso encajan casi a la perfección con la ciudad que pretende gobernar.

Eso no significa que solo candidatos jóvenes de barrio diverso puedan aplicar este modelo, pero sí implica que la estrategia de “cercanía” no se improvisa. El relato de Luvaina “se siente como si lo conocieras, porque se parece a nosotros, actúa como nosotros” no se fabrica únicamente con buenas fotos y vídeos: descansa también en redes previas en mezquitas, institutos, asociaciones de barrio, sindicatos y organizaciones comunitarias. Donde esos tejidos sociales son más débiles, más elitistas o están más desconectados de la política institucional, la exportación del modelo se vuelve mucho más difícil.

También hay que tener en cuenta el contexto político e institucional. Nueva York es una ciudad con una larga tradición de movilización progresista, con una base electoral acostumbrada a figuras como Alexandria Ocasio-Cortez o a campañas muy personalizadas dentro de unas primarias competitivas.

En otros sistemas políticos, más cerrados por los partidos, con listas bloqueadas o con campañas mucho más reguladas en términos de gasto y publicidad, la capacidad de un candidato para replicar la “máquina Mamdani” se reduce. No es lo mismo competir en unas primarias abiertas que en una lista nacional donde el rostro de la campaña es, sobre todo, el del partido.

Al mismo tiempo, la agenda de fondo de Zohran Mamdani, la reducción del coste de vida, es parcialmente exportable porque conecta con una preocupación global: la sensación de que vivir en la ciudad es cada vez más caro y difícil.

En muchas grandes urbes del mundo los problemas son parecidos: alquileres inasumibles, salarios estancados, transporte colapsado, encarecimiento de la cesta de la compra, etc. Un mensaje que parte de ahí tiene muchas posibilidades de resonar en contextos distintos. No obstante, la forma concreta de abordarlo, las políticas específicas y las alianzas necesarias para implementarlas dependen del entramado institucional de cada lugar.

Otro límite importante es el efecto imitación masiva. Si de aquí a unos años cada candidato en cualquier ciudad del mundo aparece en vídeos bailando, hablando al móvil en vertical y usando estéticas “de barrio” diseñadas en estudios de branding, la singularidad que hoy tiene Mamdani se diluirá. Lo que hoy se percibe como frescura puede convertirse mañana en un nuevo cliché político.

Además, hay que tener en cuenta el factor de Nueva York como pararrayos de atención. La campaña de Mamdani ha cogido fuerza porque todo el mundo estaba mirando a pesar de ser una elección local. Esto parece difícilmente replicable en otras elecciones que generen menos interés mediático y cuyas poblaciones no sean lo suficientemente significativas para poder influir en el algoritmo.

En resumen, no estamos ante una fórmula mágica listada en tres pasos, sino frente a una invitación a replantear cómo se hace política, más cerca de la gente, más enraizada en sus problemas reales y más consciente de los lenguajes visuales y digitales de nuestro tiempo. Lo exportable no es tanto Zohran Mamdani como persona, ni siquiera Nueva York como escenario, sino la idea de que otra forma de comunicar y de hacer política es posible si forma y fondo dejan de ir por caminos separados.

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por Alejandro Hernández

Filólogo y (casi) jurista. Yo he venido aquí a hablar de política (especialmente la de Estados Unidos) y tomar café (especialmente el de fuera de Estados Unidos).

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