Tras el último golpe de Estado en Tailandia, el país ha celebrado dos elecciones. Este domingo será la tercera, pero el contexto democrático de Bangkok es completamente distinto.

Este domingo, Tailandia irá a las urnas para renovar su Parlamento en lo que se espera que sea esencialmente una contienda entre el gobierno interino del primer ministro conservador, Anutin Charnvirakul, y la oposición progresista que lidera Natthaphong Ruengpanyawut. Sin embargo, por detrás, la sombra de un Estado militarista que se niega a ceder el poder a los civiles continúa condicionando el panorama político tailandés.

Casi sesenta partidos políticos presentan candidaturas para ocupar los quinientos escaños de la Cámara de Representantes, cuatrocientos de los cuales son elegidos en circunscripciones de un solo miembro, mientras que el resto se eligen mediante representación proporcional. Se trata de las terceras elecciones que esta monarquía parlamentaria realiza desde la plena restauración del orden constitucional en 2019, poco después del último golpe de Estado en 2014.

Estas elecciones, no obstante, vienen con un giro interesante. Serán las primeras tras un cambio en las reglas electorales que abolió la participación del Senado (cámara corporativa designada por la última junta militar) en la elección del primer ministro. En pocas palabras, será la primera votación en casi quince años en la que el próximo Gobierno tailandés dependerá exclusivamente del parlamento electo.

Tailandia y el sueño democrático frustrado

El principal debate que marca las elecciones tailandesas siempre es institucional. De acuerdo con la mayoría de los índices de libertad, Tailandia es un régimen híbrido con elementos autoritarios y democráticos. 

La jerarquía militar rechaza tajantemente las reformas democráticas plenas, la constitución de un gobierno parlamentario y la derogación de aparatos jurídicos que restringen la libertad de expresión.

Por un lado, Tailandia tiene una élite siempre reacia y contra el cambio. El Estado está controlado por un triángulo de poder liderado por el Ejército, con el aval de una monarquía ceremonial sacralizada que alterna entre la complicidad y la pasividad, y una burocracia dominada por intereses empresariales corruptos. La jerarquía militar rechaza tajantemente las reformas democráticas plenas, la constitución de un gobierno parlamentario y la derogación de aparatos jurídicos que restringen la libertad de expresión, como las infames «leyes de lesa majestad».

Por otro lado, Bangkok tiene una sociedad civil vibrante, en muchos casos comparable a la de países que tienen décadas de democracia. Hay una juventud politizada, un conjunto amplio de partidos políticos y ONG que operan (salvo que crucen determinados límites) con cierta libertad. Además, las elecciones en Tailandia suelen ser relativamente transparentes (aunque el mandato de las urnas no siempre se respete) y existe tanto un panorama mediático crítico como un fuerte debate público.

Toca preguntarse: ¿cómo un país con una cultura democrática sólida no logra establecer un régimen libre y estable?

Con el paso de los años, Tailandia experimentó un sólido crecimiento económico, beneficiándose de ser un aliado capitalista en una región de influencia normalmente comunista.

La respuesta tiene su raíz en el momento en que Tailandia abandonó el absolutismo feudal en 1932 para convertirse en una monarquía constitucional. Fue por medio de un golpe militar, no de una revolución o de una reforma. En ese momento, menos de la mitad de la población tenía educación primaria, no existían partidos y la única forma no nobiliaria de ascenso social era unirse al Ejército. Así, el proceso político pasó de estar definido por el monarca a estar definido por las Fuerzas Armadas, sin participación real de la sociedad tailandesa.

Con el paso de los años, Tailandia experimentó un sólido crecimiento económico, beneficiándose de ser un aliado capitalista en una región de influencia normalmente comunista. Esto implicó la aparición de una burguesía industrial, una clase media educada y partidos más organizados, provocando un problema grave: el desarrollo político vino antes que el desarrollo social, y la sociedad civil tuvo que luchar para que se le dejara participar. 

En consecuencia, el eje Ejército-Monarquía-Burocracia es demasiado fuerte para ser derrocado, pero tiene frente a él a una sociedad civil demasiado movilizada para ser silenciada del todo. Como resultado, el país ha sufrido más de una docena de golpes de Estado desde la instauración constitucional, los cuales suelen ser «intervenciones correctivas» de un Ejército que se cree incontestable frente a gobiernos electos que vayan «demasiado lejos» en su aspiración de reforma. Asimismo, cada golpe aleja más a la población de los militares: hace décadas que las fuerzas reformistas no pierden una sola elección.

El último régimen militar, presidido por el dictador Prayut Chan-o-cha entre 2014 y 2023, impulsó la sanción de una nueva constitución en 2017, la cual cristalizó las intenciones del ejército de tutelar el proceso político. Sin embargo, también radicalizó severamente a la juventud, precipitando el ascenso de un movimiento progresista cada vez más poderoso.

El actual Gobierno tailandés

Las pasadas elecciones de 2023 resultaron en un desplome para los partidos de la derecha promilitar, lo que hubiera abierto la puerta a un gobierno de coalición entre la izquierda progresista (encarnada en el partido «Avanzar») y el partido Pheu Thai del ex primer ministro Thaksin Shinawatra (líder histórico enemistado con los militares). Sin embargo, la negativa del Senado designado a investir al líder reformista Pita Limjaroenrat y una deserción de última hora de Pheu Thai condujeron a un sorpresivo Gobierno de coalición entre este último y los partidos conservadores, con el único fin de marginar a «Avanzar».

El Gobierno terminó cayendo en agosto pasado tras la destitución de Paetongtarn Shinawatra (hija de Thaksin), tras filtrarse una controvertida conversación telefónica que sostuvo con el exdictador camboyano Hun Sen en plena disputa fronteriza.

Esta impopular coalición fue sumamente inestable. Enfrentó protestas, conflictos internos, malestar económico y una crisis militar con la vecina Camboya. El Gobierno terminó cayendo en agosto pasado tras la destitución de Paetongtarn Shinawatra (hija de Thaksin), tras filtrarse una controvertida conversación telefónica que sostuvo con el exdictador camboyano Hun Sen en plena disputa fronteriza.

Desde entonces, el país se encuentra regido por un gobierno interino liderado por Anutin Charnvirakul, del partido conservador Bhumjaithai (Partido del Orgullo Tailandés). Anutin asumió el cargo tras lograr un acuerdo con los reformistas para convocar a elecciones anticipadas y un referéndum constitucional. Es en estas circunstancias que se realizó la convocatoria a estos comicios, que definirán el devenir político tailandés para los siguientes cuatro años.

¿Qué partidos se disputan el poder?

Las encuestas sugieren que el progresista Partido del Pueblo, liderado por Natthaphong Ruengpanyawut y principal fuerza de la oposición, parte con una clara ventaja sobre los demás partidos, aunque sus posibilidades de una mayoría propia son reducidas. Se trata de la expresión actual de Avanzar, que ya ha visto su partido disuelto por la justicia dos veces (viéndose obligado a registrarse con otro nombre) y a sus dos anteriores candidatos a primer ministro inhabilitados políticamente.

Natthaphong ha centrado su discurso en la reforma política y la democracia, al tiempo que ha mantenido un discurso deliberadamente más cauto en temas espinosos. Temas como la reforma a las leyes de lesa majestad que aparecieron en el programa político de los reformistas durante las últimas dos elecciones se han visto omitidos y postergados.

Esta cautela choca con la estrategia del partido, abocada a expandir su ya nutrida base de votantes urbanos jóvenes (algunos de los cuales están cansados del sucesivo fracaso de la vía electoral). Incluso existen dudas sobre el impacto de su pacto con los conservadores, aunque la ausencia de otras opciones progresistas parece blindarlos de correr un destino similar al de Pheu Thai.

Por su parte, Bhumjaithai (fuerza del primer ministro Anutin) es el partido más fuerte de la derecha tailandesa y busca consolidarse como principal rival del reformismo. Anutin ha centrado su campaña en alejar al conservadurismo tailandés de la retórica militarista mediante una estrategia de doble discurso. En áreas urbanas y en su campaña nacional reconoce como necesarias algunas de las reformas que promueve el Partido del Pueblo. En áreas rurales, centra su discurso en exaltar las tradiciones y explotar el nacionalismo tras la crisis con Camboya.

Todos los partidos mayoritarios tienen algún que otro dirigente Baan Yai, pero Bhumjaithai en particular ha sido visto como un «rejunte de Baan Yais», de los cuales extrae la mayor parte de su fuerza electoral.

El bastión de Bhumjaithai, por otro lado, se concentra en las áreas rurales, donde predomina mucho el concepto de Baan Yai. Los Baan Yai (traducido literalmente como «Gran Casa») son familias y políticos de sólido poder regional que dominan circunscripciones específicas, mayormente a través de redes clientelares o prestigio personal. Todos los partidos mayoritarios tienen algún que otro dirigente Baan Yai, pero Bhumjaithai en particular ha sido visto como un «rejunte de Baan Yais», de los cuales extrae la mayor parte de su fuerza electoral.

Relegado en la mayoría de las encuestas al tercer puesto, Pheu Thai (otrora el principal partido de la oposición a los militares) parece ir camino al colapso electoral y completamente marginado desde el punto de vista político. Su credibilidad entre los votantes reformistas quedó irreparablemente dañada cuando pactó con los militares, y toda probabilidad de entendimiento con estos últimos desapareció con el escándalo con Camboya. Su única perspectiva pasa por retener la base de apoyo en el bastión familiar de los Shinawatra en el norte.

Finalmente, el último partido de peso es el Partido Demócrata, que fue el primer partido político civil fundado en el país (pero hoy por hoy está cada vez más vinculado a los militares). Su líder es un ex primer ministro, Abhisit Vejjajiva, y su base electoral está en el sur despoblado. Los demás partidos son en mayor medida fuerzas periféricas, aunque algunos podrían obtener un puñado de escaños.

¿Qué puede pasar en estas elecciones?

En principio, todo apunta a una nueva victoria reformista (aunque podrían no lograr la mayoría) y esta vez el Parlamento tendrá la última palabra en la elección del Gobierno. Sin embargo, un eventual gobierno reformista tendría que actuar con sumo cuidado. Traducir su hegemonía electoral en cambios reales sin que se produzca un movimiento reaccionario por parte de los resortes autoritarios del poder será una tarea difícil.

El problema pasaría por la reacción del ejército. La probabilidad de un nuevo golpe militar existe, pero es baja. Desde que Prayut se fue, el bloque gobernante ha intentado lastrar el ascenso electoral reformista disolviendo partidos e inhabilitando a líderes, pero operando siempre desde un marco de aparente legalidad. Un nuevo golpe en el contexto imperante perturbaría severamente la situación económica del país (que aún se recupera de la pandemia) y sería recibido con una hostilidad social quizá demasiado incontenible.

Por otro lado, la elección también es una prueba de fuego para la nueva opción de derecha que lidera Anutin. Se trata del intento más sincero por parte de una fuerza conservadora de adaptar su discurso a las exigencias de cambio y goza de una evidente ventaja institucional. Si ganara o al menos tuviera éxito en mostrarse competitivo ante los reformistas, podría abrir la puerta a una reforma impulsada «desde arriba», con menos disputa entre bloques enfrentados.

En resumen, la elección tailandesa ofrece un inusual rayo de esperanza de apertura democrática en un mundo que enfrenta cada vez más nubarrones autoritarios, pero con la debida dosis de cautela. Los tailandeses votarán este domingo mucho más que un gobierno. Se definirá el devenir de una serie de debates institucionales que han afectado a Tailandia durante casi un siglo. 

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por Felipe Galli

Estudiante de Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires, con experiencia en activismo en contextos autoritarios y especialización en la cobertura de procesos electorales de todo el mundo.

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