Los mercados de predicción, que permiten hacer apuestas sobre casi cualquier tipo de evento, están transformando las guerras. Los políticos están bajo sospecha por poder aprovechar información confidencial en un mercado con millones de dólares en juego.

Son las seis de la mañana, enciendes tu ordenador y en la pantalla aparecen abiertos un mercado de futuros del petróleo y una conversación con tu amigo. Estás esperando una información que no sabes si es real, pero cuya confirmación puede conducirte hacia la lista Forbes. Finalmente, llega el mensaje: apuestas todo tu dinero a que el precio del barril de petróleo bajará. Unos minutos más tarde, el presidente Trump anuncia que retrasará los ataques a la infraestructura energética iraní por al menos cinco días. El mundo suspira, el precio cae y tú has ganado varios millones de dólares. 

La noche del 23 de marzo, en un plazo de un minuto, se movieron más de 500 millones de dólares en el mercado de futuros del crudo estadounidense (WTI) y el Brent.

Con matices, es un caso real. La noche del 23 de marzo, en un plazo de quince minutos, se movieron más de 500 millones de dólares en el mercado de futuros del crudo estadounidense (WTI) y el Brent, en una serie de operaciones tan sospechosas como lucrativas. 

Las guerras son una forma más de hacerse rico. Antes eran menos las personas que optaban a ello, pero tras la irrupción de los mercados de predicción y las facilidades de la inversión a través de las criptomonedas, cada vez son más los casos en los que aquellos con información privilegiada sacan rédito económico de ella.

Años atrás, personas cercanas a la toma de decisiones en tal o cual conflicto podían sugerir a terceros que invirtiesen en una determinada compañía. O, incluso, dirigir las relaciones entre el sector público y el privado. Ese fue el caso del exvicepresidente Dick Cheney, quien durante la guerra de Irak pudo haber facilitado que la empresa que presidió, Halliburton, consiguiese más de 16.000 millones de dólares en contratos públicos de defensa —la mayoría de ellos, como único competidor—. Incluso, llegó a demostrarse que aún recibía dinero por esta etapa mientras era vicepresidente.

Sin embargo, en el mundo del año 2026 todo es más fácil, más rápido y probablemente más grotesco. La información clasificada sigue siendo el principal obstáculo, pero hoy día, gracias a plataformas de mercados de predicción como Polymarket o Kalshi, cualquier persona puede obtener varios cientos de miles de dólares si es rápida y tiene amigos en el lugar adecuado.

Eso sí, el rango de las apuestas millonarias va desde conocer cuándo sería el anuncio de matrimonio entre la cantante Taylor Swift y el deportista Travis Kelce hasta saber si Nicolás Maduro iba a dejar de ser presidente de Venezuela. Al menos en la segunda, se está apostando a favor o en contra de la vida de personas —entre ellos los propios militares de EE. UU.—, lo que genera un problema legal (y ético) importante. Porque los mercados de predicción son el futuro convertido en presente, pero también son problemas del pasado multiplicados por mil.

Apostar, un negocio más viejo que las encuestas

Antes de que Gallup, la primera encuestadora norteamericana, preguntase a los ciudadanos por las elecciones presidenciales, los estadounidenses ya apostaban sus dólares a favor de un candidato. De hecho, estos mercados de apuestas —o de predicciones— han llegado a ser para muchos más fiables que las encuestas, puesto que se desprenden de algunos sesgos emocionales muy relevantes.

La tecnología ha dado un empujón a este sector y le ha permitido desplegarse en un mundo de plataformas digitales en las que las criptomonedas dan privacidad y «libertad» a los usuarios. Este cóctel y la universalización de la información han dado lugar al auge y expansión de las apuestas selectivas, desde el mundo del corazón hasta lo más profundo de los conflictos bélicos. 

El problema no es solo que la información real sea tan valiosa que mueva miles de millones, sino que además se está poniendo en jaque que se recaben hechos verídicos.

La historia del periodista israelí Emanuel Fabian ayuda a entender el fanatismo y el peligro de esta nueva dimensión. El reportero, encargado junto a otros miles de informadores de cubrir la guerra entre Irán y EE. UU. e Israel, comenzó a recibir cientos de amenazas de muerte en su teléfono y redes sociales tras publicar una pieza sobre un ataque aéreo en el marco de la guerra.

Hacer su trabajo (bien) llevó a que muchos de los usuarios que apostaban en Polymarket o Kalshi en contra de nuevos ataques aéreos en un plazo dado comenzasen a exigirle que borrase o corrigiese su información bajo amenazas. «Si no lo cambias antes de las 19:00 horas en Israel, vas a volcar sobre ti problemas que eres incapaz de imaginar», llegó a leer entre cientos de mensajes. Otro de ellos, con una estrategia opuesta, intentó repartir sus potenciales beneficios con el periodista si cambiaba la información dada.

Por tanto, el problema no es solo que la información real sea tan valiosa que mueva miles de millones, sino que además se está poniendo en jaque que se recaben hechos verídicos. Incluso en la guerra debe cumplirse el Derecho Internacional Humanitario, pero en la guerra de las apuestas parece que la legislación es más laxa o, al menos, no está acorde a los retos del presente. De hecho, un artículo difundido por la Universidad de Harvard apunta a la regulación como pilar fundamental para detener esta corrupción antes de que sea demasiado tarde.

En sus cálculos, estiman que entre 2024 y 2026 hubo 210.000 apuestas sospechosas de contar con información privilegiada y el valor aproximado de esas transacciones ronda los 150 millones de dólares —solo en Polymarket—. Sus conclusiones apuntan a un marco regulatorio que exija un registro más completo y más vigilancia por parte de estas plataformas. Especialmente, apuntan hacia arriba, porque para que el mensaje llegue a los apostadores, la información desciende directamente desde las personas más cercanas al poder. Como el secretario de Guerra Pete Hegseth.

Un mercado millonario… pero con pérdidas

El Pentágono ha salido rápidamente a desmentirlo, pero Financial Times asegura que el bróker de Pete Hegseth consultó la compra de participaciones en un importante fondo de inversión estadounidense. ¿El problema? Que este fondo se centra en empresas de la industria de defensa del país, como Lockheed Martin, y la compra, por valor de varios millones de dólares, se tanteó justo antes de que EE. UU. desplegase, junto a Israel, la ofensiva militar sobre Irán. Porque, a pesar de que este fondo ha perdido valor desde aquel 28 de febrero, lo previsible era que sus participaciones aumentasen considerablemente su precio. 

Aunque desde el Pentágono han negado rotundamente esta información, según FT en BlackRock, la compañía dueña del fondo y con la que supuestamente contactaron desde el equipo económico del secretario de Guerra, esto era más que conocido. Lo que no aseguran desde el medio es que Hegseth estuviese al tanto del movimiento, pero sí insisten en que su bróker lo intentó.

Los mercados de predicción no son ni el primer ni el único camino para emprender acciones ilegales que busquen lucrarse económicamente.

Esto abre dos vertientes. La primera, como ya se ha comentado antes, es la de que los mercados de predicción no son ni el primer ni el único camino para emprender acciones ilegales que busquen lucrarse económicamente. La bolsa y otras alternativas financieras también juegan un papel, como ha ocurrido siempre. Por tanto, si bien es cierto que los expertos coinciden en la revisión de los términos legales de los mercados de predicción, es preciso abordar las filtraciones de información desde el origen de las mismas y fiscalizar de arriba hacia abajo.

La segunda vertiente es la de los incentivos para las guerras. Resulta evidente que para el erario público —estadounidense o de cualquier país—, un conflicto armado genera más costes que beneficios. Según diversas fuentes, los seis primeros días de guerra en Irán le costaron a Washington más de 11.300 millones de dólares. No obstante, existen más dudas si se mira a los individuos que conforman los gobiernos: tanto durante los conflictos como en etapas de «reconstrucción».

En 2003, Dick Cheney impulsó, junto a otros, una guerra en Irak bajo la falsa premisa de las armas de destrucción masiva. Su anterior puesto en Halliburton despertó grandes dudas sobre la intención tras su posicionamiento. En 2026, Pete Hegseth es una de las mentes tras la guerra en Irán, y también una de las personas que pueden inclinar la balanza en favor de la invasión terrestre. Y no es el único alto cargo sobre el que existen dudas.

A comienzos de año, el New York Times concluyó una investigación propia en la cual se aseguraba que Donald Trump habría logrado embolsarse 1.400 millones de dólares desde que llegó por segunda vez a la presidencia. En este sentido, la familia del presidente ha sido señalada por varios medios como una posible fuente de las filtraciones de las intervenciones militares. 

Todo indica que en las próximas semanas continuaremos viendo más informaciones de este estilo. Ahora mismo, hay millones de dólares invertidos en apuestas acerca de si EE. UU. tomará Groenlandia, o sobre si el presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, continuará en su cargo. Que lo que se discuta en el despacho oval o en una sala de Mar-a-Lago acabe filtrado antes de ser público debería generar preocupación porque la vida de miles (o millones) de personas depende de cuándo se comuniquen estas decisiones. Pero también debería preocupar porque las personas que las toman pueden estar manejando un país como si fuese un negocio propio.

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por Jorge de Diego Hurtado

Politólogo, analista electoral y cinéfilo cuando me dejan. Cofundé El Tablero Político y ahora trabajo también en Agenda Pública. Antes, merodeé por Bruselas.

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