El índice democrático V-Dem refleja la abrupta caída de EE. UU. Las consecuencias de su alejamiento de la democracia impactan en la relación con Europa y profundizan en la tendencia de autocratización mundial.

Resulta extraño que, en determinadas ocasiones, la realidad esté frente a nosotros pero no seamos capaces de entenderla con claridad. Lo que nos ocurre hoy día es similar a la experiencia en un museo: podemos contemplar un cuadro durante varios minutos y no detectar gran cosa. Sin embargo, si empleamos la audioguía o si nos acompaña un crítico de arte, entenderemos mucho mejor aquello que estamos viendo.
Algo así está sucediendo con la democracia a nivel mundial. En el día a día se puede detectar su degradación en buena parte del mundo. Lo hace a cuentagotas, aunque más recientemente también de forma abrupta. Con todo, la sensación de ruptura no acaba de ser tal hasta que no escuchamos una voz que lo explica con detalle; hasta que no aparece un guía que analiza los simbolismos detrás del retrato.
Eso ha ocurrido esta semana con la publicación del Varieties of Democracy Index o V-Dem. Este índice anual de calidad democrática a nivel mundial es uno de los referentes en la evaluación de la democracia liberal. Aunque existen otros que también son muy conocidos, como el de Freedom House, el de The Economist, Polity o los elaborados por investigadores particulares como Boix, Miller y Rosato (BMR).
¿Por qué V-Dem sitúa a EE. UU. en una senda autocrática?
El protagonista de la edición de 2026 del V-Dem ha sido EE. UU. Su mal desempeño ha ocupado la portada del informe de este año y, además, aparece una sección dedicada a analizar el país. No es para menos: los investigadores suecos han detectado en EE. UU. uno de los procesos de autocratización más rápidos en el mundo desde el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca. En este periodo de tan solo un año, EE. UU. ha perdido 0,218 puntos en el índice de democracia liberal que va de 0 a 1. Para contextualizar mejor esta caída, se pueden observar los gráficos 1 y 2.
El primero muestra el balance histórico de EE. UU. y la media de la Europa Occidental en la puntuación del V-DEM. Las dos caídas abruptas, marcadas en rojo, pertenecen a las etapas de la Administración Trump I y II. En esta última, la calidad democrática estadounidense ha caído al nivel que tenía en 1965, un año convulso en el que se aprobó la Ley de Derecho de Voto, que prohibía la discriminación racial electoral.
Lejos de parecerse a esa etapa, los desafíos son muy distintos para EE. UU. en 2026. De hecho, la única categoría en la que Trump no ha tenido un impacto —negativo— es la electoral. Aunque es cierto que aún no ha tenido ocasión.
A este respecto, las próximas midterms serán un termómetro en dos sentidos: a nivel político, medirá la valoración de la ciudadanía a las políticas internas y externas de la Administración; a nivel institucional, será una prueba de resistencia para la «democracia más antigua del mundo».
La transformación de la democracia que está llevando a cabo Donald Trump es penalizada sobre todo por el ensanchamiento del Ejecutivo. El informe se hace eco de varias declaraciones del presidente para ilustrar este cambio. En ellas hace referencia a que solo bajo determinadas circunstancias está sometido a los tribunales —obviando, además, el control del Congreso—, o recalca que si se hace una política pensando en el interés general, nadie debería oponerse a ella.
En resumen, el exceso de legislación a golpe de decreto, la erosión de la neutralidad institucional y la adopción de medidas que atentan contra las libertades civiles son las causas de la nota a EE. UU.
El gráfico 2 compara varios países en «proceso de autocratización». El índice de democracia liberal de V-Dem incorpora una variable de «democracia electoral» y otra de «componente liberal» que sirven para obtener este índice de democracia liberal que venimos discutiendo. Esta forma alternativa de ver los mismos datos puede servir para entender el nivel de la caída de EE. UU. y los países que acompañan a la Administración Trump en una tendencia similar.
Dicha dimensión es determinante por varios motivos. Desde la perspectiva de la relación atlántica, la ruptura de Donald Trump con sus aliados históricos encaja con lo que reflejan V-Dem y otros índices similares. Aunque por el momento son pocos los que incluyen ya el impacto del primer año de legislatura del neoyorquino, al margen de V-Dem está el índice elaborado por The Century Foundation. En una escala de 0 a 100, el 2024 (último año de Joe Biden) obtuvo 79 puntos; en 2025, 57.
Aunque se piense en una etapa pos-Trump, el periodo necesario para revertir estas dinámicas de degradación es mucho mayor al que se tarda en derribar las instituciones democráticas.
Es decir, el distanciamiento de EE. UU., demostrado por diversos rankings, correlaciona con su acercamiento a otros países en proceso de autocratización o abiertamente dictatoriales como Arabia Saudí —país 167 de 172 analizados por V-Dem—. El problema tiene unas raíces muy preocupantes, ya que, aunque se piense en una etapa pos-Trump, el periodo necesario para revertir estas dinámicas de degradación es mucho mayor al que se tarda en derribar las instituciones democráticas. Ejemplo de ello son algunos países como Polonia o Brasil.
Estos dos países han ahondado en sus periodos autocráticos en los que el Ejecutivo estaba liderado por partidos de derecha radical (Mateusz Morawiecki y Jair Bolsonaro —aunque en Brasil, según V-Dem, la última etapa de Dilma Rousseff ya apuntaba en esta dirección—). Tras la llegada de un partido de centroderecha en Varsovia y de izquierda en Brasilia, las dinámicas han comenzado a revertirse. Sin embargo, como se muestra en el gráfico 3, estos procesos llevan tiempo y, por supuesto, enfrentan una serie de obstáculos complejos.
No hay certezas sobre la voluntad reformadora de una Administración demócrata, ni está garantizado que Donald Trump intente presentarse a un tercer mandato.
En otras palabras: no hay motivos para creer que la ruptura de EE. UU. con la visión europea y occidental vaya a resolverse en cuanto concluya la etapa de Trump. Las derivadas aquí son varias: una victoria republicana —con un candidato distinto— puede continuar su senda autocrática; no hay certezas sobre la voluntad reformadora de una Administración demócrata, ni está garantizado que Donald Trump intente presentarse a un tercer mandato (a día de hoy ilegal).
El retroceso democrático global
Dejando a un lado la relación transatlántica, la perspectiva global es bastante negativa. El informe de V-Dem hace mucho hincapié en ella porque la considera muy relevante. Se habla explícitamente de un retroceso democrático global, con más países caminando hacia el autoritarismo que hacia la democracia liberal.
Si agregamos el índice de todos los países, el resultado es que en el mundo hoy hay tanta democracia como en el año 1978, la etapa en la que comenzó la llamada «tercera ola» de democratización —con, por ejemplo, la Transición española—. En términos poblacionales, el 74 % de la población vive en autocracias, frente a un 7 % que vive hoy en democracias liberales.
La tendencia de los últimos años profundiza en el éxito de las autocratizaciones y en los fracasos de los países que intentan abrirse a una democracia.
Muchos de estos datos macro son a causa del peso de EE. UU., pero en Asia, América Latina y África también hay casos de retrocesos importantes. Por si fuera poco, la tendencia de los últimos años profundiza en el éxito de las autocratizaciones y en los fracasos de los países que intentan abrirse a una democracia. A pesar de todo ello, algunas de las afirmaciones que se pueden hacer con este tipo de informes han de ser matizadas.
Siguiendo el ejemplo de V-Dem, este aplica, dentro de su escala 0-1, una serie de categorías. Por ejemplo, ese 7 % de personas que viven en democracias liberales aglutina a los habitantes cuyos países superan el 0,7. Esta medición resulta un tanto arbitraria para algunos expertos y, en general, la metodología tiene varios críticos.
Sin ir más lejos, el politólogo y divulgador argentino Gerardo L. Munck sostiene sobre V-Dem que su índice de democracia es «conceptualmente problemático» y considera que «afirma ofrecer medidas precisas que no son creíbles». Aquí, como en los museos, podemos seguir la interpretación de diferentes guías.
El retrato de la democracia está ahí y lo vemos cada día. Podemos escuchar la descripción que más se ajuste a lo que creemos que de verdad se ve, mientras se siga un criterio aceptable. Probablemente, la obra Naranja, Rojo, Amarillo (Mark Rothko, 1961) pueda generar complejas y distintas interpretaciones para los críticos de arte. Y todas son más o menos válidas, siempre que no nos digan que el cuadro es verde, gris y morado. Lo mismo aplica para la democracia.
