Una vez capturado Maduro, la presión se centra sobre Cuba. La Habana afronta uno de los momentos más críticos desde el triunfo de la Revolución de 1959 tras la pérdida de Venezuela como aliado estratégico. ¿Podrá mantenerse a flote el país con Donald Trump y un Gobierno cubano sin ideas?

Desde que el pasado 3 de enero Nicolás Maduro fue capturado por Estados Unidos, la atención del mundo se ha ido centrando cada vez más en Cuba. La isla en la que triunfó la revolución socialista de Fidel Castro en 1959 está volviendo a ser un actor protagonista en 2026. Y no por buenos motivos.
La caída de Maduro y la nueva influencia estadounidense en Caracas han supuesto para Cuba una pérdida política y material importantísima. Además, a la fijación que ya demostró Donald Trump en La Habana durante su primer mandato, se le suman los intereses personales de su secretario de Estado, Marco Rubio, en esta segunda Administración.
Cada vez que Donald Trump menciona a Cuba, el tono hace pensar que podríamos ver una operación similar a la que acabó con Maduro siendo juzgado en Nueva York.
En la otra cara de la moneda, la isla, gobernada por el presidente Miguel Díaz-Canel y el Partido Comunista Cubano (PCC), no ha dado señales de querer plantear alternativa alguna a la hora de dirigir el país. Los más de 25.000 barriles de petróleo que Caracas enviaba a diario a los cubanos se han esfumado y cada vez que Donald Trump menciona a Cuba, el tono hace pensar que podríamos ver una operación similar a la que acabó con Maduro siendo juzgado en Nueva York.
Con todo, esta historia tiene un pasado que es preciso comprender para intentar entender cuáles son los posibles escenarios futuros. Resulta imprescindible conocer cuál es el contexto económico real de la isla, por qué ha desarrollado un sistema fallido y qué peso tiene el bloqueo estadounidense en esta situación.
El desastre económico cubano
El análisis de la base económica de Cuba lleva siendo el mismo prácticamente desde la década de los ochenta. Sus ingresos dependen del sector primario, con el ron y el azúcar —en declive pero representando una parte relevante del PIB cubano—, el turismo y alguna producción minera como la del níquel o la del zinc.
El sector agrario sufre una falta de inversión gravísima, que lastra la productividad de las áreas en las que el país asentaba su modelo económico años atrás. Por si fuera poco, más de la mitad de la tierra disponible en el país está sin explotar por diversas razones, lo que, además, ahonda en la falta de alimentos y de productos básicos.
Este escenario empuja al Gobierno cubano a una importante dependencia de las importaciones, reflejada en una balanza comercial negativa en 2024 (-6.596 millones de dólares en 2024). Es cierto que, desde los sesenta, Cuba ha tenido un modelo que dependía del exterior, pero el pico de dependencia se alcanzó en 2008 (>10.000 millones de dólares) y la vulnerabilidad del presente es más compleja. Por ejemplo, sobre los alimentos, La Habana se ve obligada a importar entre el 70 y el 80 % de su consumo interno.
Falta de inversión, sectores críticos y demografía
A un modelo en decadencia se le añaden unas tendencias internacionales que tampoco favorecen a los intereses del PCC. Dejando al margen a Estados Unidos, la invasión rusa de Ucrania supuso, primero, un importante encarecimiento de los fertilizantes que usa el sector primario cubano y, segundo, un reposicionamiento estratégico de Rusia, aliado histórico de Cuba, que tiene dificultades a la hora de sostener a sus socios (como Siria o Venezuela).
La presidenta Sheinbaum continúa desafiando las amenazas de Trump y las prohibiciones que llegan desde Washington para vender —en pequeñas cantidades— petróleo y enviar barcos con ayuda humanitaria.
Con este último, los lazos cubanos parecen estar cortados o muy debilitados en comparación con el periodo anterior al 3 de enero. El comercio entre los países era fluido y basado en una relación de mutuo apoyo: Venezuela ofrecía petróleo y otras materias primas y Cuba aportaba servicios médicos y de inteligencia y seguridad —recordemos los más de treinta cubanos muertos en la operación Absolute Resolve—. Los datos se detallan en el mapa 1.
Otro socio importante en la región era Argentina. En 2021, Cuba importó bienes procedentes de Argentina por valor de 460 millones de dólares. En 2024, ya con Javier Milei asentado en la presidencia, el comercio se contrajo hasta los 126 millones. Entre sus aliados regionales, destaca actualmente México. La presidenta Sheinbaum continúa desafiando las amenazas de Trump y las prohibiciones que llegan desde Washington para vender —en pequeñas cantidades— petróleo y enviar barcos con ayuda humanitaria. También Canadá, con otro Gobierno, el de Mark Carney, enfrentado a Donald Trump.
La situación es aún peor cuando miramos la demografía. La isla pierde población año tras año, con miles de cubanos emigrando legal o ilegalmente hacia varios países cercanos y miles de ellos llegando a España. Los valores de la serie desde 1991 hasta 2024 se pueden ver en el gráfico 1. Desde 2005, Cuba ha tenido trece años en los que ha perdido población y desde 2017 ha disminuido en cerca de un millón y medio de habitantes.
Estas pérdidas son especialmente sensibles en sectores como el sanitario. Con salarios mensuales de veinticinco dólares, parte del personal médico formado en las universidades cubanas acaba saliendo del país. Actualmente, se estima que faltan unos 40.000 sanitarios en la isla —sin contar la escasez en el material hospitalario básico o la antigüedad de las instalaciones—. Más allá de la pérdida importantísima que supone para el Estado de bienestar del país, este hecho es un ataque simbólico al espíritu de una revolución, la cual se enorgullecía de poder exportar médicos y ayuda humanitaria donde fuese necesario.
La base energética de Cuba: el gran problema
Un país sin un equilibrio entre fuentes energéticas adecuado tiene muchas dificultades para funcionar en condiciones. Sus hospitales, su industria, su agricultura y, especialmente, el día a día de sus ciudadanos dependen de este. En España tuvimos una demostración de lo que sucede cuando la estructura energética falla.
¿Qué ocurre en Cuba? Que, como se observa en el gráfico 2, el país genera más del 80 % de su energía usando centrales termoeléctricas y motores que funcionan con petróleo. Un petróleo que ya no llega, porque venía desde Venezuela. La isla caribeña tendría oportunidades para, por ejemplo, explorar el uso de energía solar. Más cuando China, uno de sus principales socios comerciales, exporta esta tecnología. Pero la dejadez del PCC ha terminado por abandonar el sistema energético a los vaivenes del día a día.
Los apagones cubanos ya son famosos y suceden prácticamente a diario. La dificultad de conseguir comida se acrecienta cuando, además, no es sencillo mantenerla en buen estado. Ahora que el apoyo venezolano parece agotado —el crudo del gobierno de Delcy Rodríguez llega a Tel Aviv, pero no a La Habana—, todo hace creer que el tiempo se ha acabado.
El bloqueo estadounidense y la ley Helms Burton
Desde que el castrismo triunfó y planteó el desarrollo de un modelo socialista a escasos kilómetros de suelo estadounidense, Washington ha tratado de detener los avances de la isla por activa y por pasiva. Su política más efectiva y duradera ha sido la del bloqueo económico, codificado en la ley Helms Burton de 1996.
El gobierno de Cuba estima que el bloqueo económico le cuesta a los cubanos 20 millones de dólares al día, según reportes entregados a la ONU. Esto son 7.300 millones de dólares al año.
Esta legislación estadounidense se basa en las expropiaciones cubanas de la década de los sesenta —a empresas y ciudadanos norteamericanos, entre otros— para ejercer la máxima presión posible sobre Cuba. Aunque no es la única herramienta de Estados Unidos. La Administración Trump ha vuelto a incluir a Cuba en la lista de países promotores del terrorismo, lo que de facto implica muchas dificultades a la hora de acceder a financiación internacional. También complica el envío de remesas —un activo indispensable para el cubano de a pie—, al prohibir las transacciones a través de Western Union.
Entre todas estas medidas, el gobierno de Cuba estima que el bloqueo económico le cuesta a los cubanos 20 millones de dólares al día, según reportes entregados a la ONU. Esto son 7.300 millones de dólares al año. Por contextualizar el dato: el PIB de Cuba (año 2023) es de unos 202.000 millones de dólares —disminuyendo año a año—, por lo que el bloqueo equivale al 2,82 % del PIB de la isla. Más de lo que dedica España a su presupuesto de defensa.
Las cifras se calculan desde diferentes perspectivas. Por ejemplo, de esos más de 7.000 millones de dólares anuales, 2.570 se deben a la «reubicación geográfica del comercio». Es decir, como Estados Unidos sanciona a aquellos países que comercian con Cuba (no siempre, véase China), los cubanos deben buscar sus importaciones en mercados menos rentables o interesantes.
¿Justifica este dato el pobre desempeño en la aplicación de políticas públicas por parte del gobierno? Quizá la respuesta sea irrelevante. El bloqueo no va a levantarse en el corto plazo y, como se ha demostrado, el gobierno no hace todo lo que está en su mano para comenzar una transformación. En consecuencia, solo queda una pregunta: ¿Hacia dónde va Cuba?
La Cuba de 2026 afronta su mayor etapa de incertidumbre
Uno de los principales rasgos del PCC es la dificultad para comprender qué sucede dentro de él. Parece obvio que los restos de la revolución castrista siguen teniendo un papel preponderante en la toma de decisiones económicas y políticas. Sin embargo, su falta de visión estratégica es palpable.
Al mismo tiempo, esta es una de las razones por las que sería difícil ver un movimiento calcado al de Caracas por parte de la Casa Blanca. En Venezuela, Trump encontró a una Delcy Rodríguez que combina cierta capacidad de control del chavismo con una predisposición a activar políticas beneficiosas para Washington. Pero, ¿quién podría controlar a los pesos pesados del castrismo —y del ejército— y aceptar órdenes dictadas por Marco Rubio? Sin hacer un baño de sangre, esto parece muy difícil. Si bien Estados Unidos ya está colocando importantes infraestructuras de sus Fuerzas Armadas cerca de las costas cubanas.
En caso de que esta dinámica continúe, posiblemente veamos una transformación de la protesta, pero ese no es el escenario del presente.
Por otro lado, la movilización social contra el Gobierno es mucho menos enérgica en Cuba que en Venezuela. Si bien es cierto que la represión policial ha logrado mantener a raya a los disidentes —atrás quedaron los episodios de crisis de 2021—, la oposición al castrismo no parece ser a día de hoy una posición mayoritaria. Sí lo son la apatía y el descontento, así como el rechazo a vivir en condiciones cada vez más paupérrimas. En caso de que esta dinámica continúe, posiblemente veamos una transformación de la protesta, pero ese no es el escenario del presente.
¿Qué alternativa queda? Si se le preguntase a Deng Xiaoping, tendría una respuesta tajante. El arquitecto del éxito económico de China logró transformar una economía absolutamente lastrada por las políticas de Mao Zedong —el cual purgó a Deng en hasta dos ocasiones—. Ni China ni Cuba han abandonado el discurso y ciertas formalidades del modelo socialista, pero sin duda que lo han ejercido de formas muy distintas. Lo que hoy le piden a Cuba muchos es lo que hizo Deng desde finales de los setenta: una apertura.
«No importa que el gato sea blanco o negro; mientras pueda cazar ratones, es un buen gato». La frase formulada por Deng en 1960 y que le costó una de sus purgas vuelve a tener más vigencia que nunca en 2026. A la muerte de Mao, este emprendió una lucha con otras facciones del Partido Comunista Chino para poner en marcha su programa económico. Frente a él, estaban aquellos que querían profundizar en la revolución cultural, la represión y una visión económica que estaba alejando a China de ser el gigante que es hoy día.
Cuba no tiene ni las materias primas, ni la demografía ni el capital humano de aquella China y sí tiene el bloqueo de la primera potencia mundial.
Es importante señalar que las condiciones de partida no son simétricas: Cuba no tiene ni las materias primas, ni la demografía ni el capital humano de aquella China y sí tiene el bloqueo de la primera potencia mundial. Pero sí posee, precisamente, todo ese conocimiento de cambio que le pueden brindar desde Pekín, así como una plataforma en la que comenzar a profundizar: los BRICS+.
Aunque hasta ahora la alianza se ha mostrado endeble y poco unida, no hay que descartarla como proyecto que pueda unir y afianzar las relaciones de una serie de actores fundamentales en la actualidad, como China, India o Brasil. Economías que pueden ayudar a Cuba y que, en cierto modo, no disienten de su modelo ideológico de desarrollo. La pregunta, por tanto, es si el gato aprenderá a cazar ratones antes de que el águila cambie de parecer o antes de que el hambre termine por hacer cambiar el parecer de los cubanos.
