Las elecciones extremeñas bailan al son del ruido que emana de la central nuclear de Almaraz. El corazón industrial de la región hace tener que evaluar el impacto de un voto nuclear el cual puede reequilibrar un tablero extremeño muy ajustado.

Las elecciones en Extremadura cuentan con un invitado sorpresa que puede acabar por condicionar un puñado de votos y, en consecuencia, por ser determinante en la futura configuración electoral. El complejo nuclear de Almaraz, ubicado en la provincia de Cáceres, reúne todas las condiciones necesarias para estar en la mente de muchos extremeños antes de escoger papeleta.
La energía nuclear está en la agenda. No es ninguna sorpresa: ya se vio tras el apagón del pasado mes de abril. La batalla por acatar o modificar el calendario de cierre de las centrales nucleares en España se ha venido dando con cierta intensidad en el último año. Este hecho, ya de por sí complejo, se une a la condición de que cada partido mayoritario tiene una propuesta distinta sobre qué hacer con las nucleares. Desde Sumar, que se posiciona en el cierre frontal, a Vox, que puja, incluso, por la construcción de nuevas centrales.
Esta división ideológica está muy marcada dentro del electorado. En la encuesta de Cluster17 para Agenda Pública el componente ideológico aparece de forma clara: en todos los partidos, una mayoría —que en las derechas supera el 85 %— cree que es un debate en el que no se usan posicionamientos científicos sino ideológicos.
Mientras que en la derecha existe una sintonía clara y están a favor de prorrogar la vida útil de las centrales, en la izquierda aparece una fragmentación peligrosa.
Sin embargo, mientras que en la derecha existe una sintonía clara y están a favor de prorrogar la vida útil de las centrales, en la izquierda aparece una fragmentación peligrosa en la que cualquier decisión puede dejar insatisfecha a una parte importante de sus votantes. La existencia o no del «voto nuclear» puede ser una de las claves más relevantes.
Por un lado, PP y Vox concentran a más del 90 % de sus votantes (a nivel nacional) en el sí. Al otro, el 70 % de los votantes de Sumar —y Podemos— y el 51 % de los socialistas se inclinan por seguir adelante con el calendario de cierre. Con todo, si se reduce la muestra a Extremadura, es probable que aparezcan más posturas favorables a la prórroga, pero la división ideológica sigue estando presente.
Sin ir más lejos, los datos de GAD3 para Extremadura —con una muestra de 1.084 personas— revelan que el 68 % de los encuestados está en contra del cierre de Almaraz. Este dato era ciertamente previsible: el complejo nuclear genera cerca de unos 4.000 empleos en la región y es la principal razón por la que los municipios de la zona están muy por encima de la renta media extremeña e incluso unos 1.000 euros por encima de la media nacional.
El calendario de cierre y una puerta que se abre
Miguel Ángel Gallardo (PSOE) tiene una posición muy comprometida en estas elecciones. No solo por las causas que se le imputan, sino por la postura de su partido en Madrid y la necesidad de readaptarla para Extremadura. El Gobierno socialista pactó con las empresas eléctricas un cierre escalonado de las siete centrales nucleares que operan en España, marcando un cambio de posicionamiento que solo han hecho anteriormente Alemania y Japón. Ambos lo hicieron empujados por el desastre de Fukushima en el año 2011, pero la decisión española es más tardía.
Este calendario propone el fin de la actividad de Almaraz en algún punto entre 2027 y 2028 y fue acordado tras intensas negociaciones entre el ejecutivo y las empresas del sector. Sin embargo, diversos cambios en el escenario nacional e internacional han permitido que el debate vuelva a aflorar. Esta vez, con nuevos argumentos a favor de replantear esta decisión.
Por ejemplo: la Comisión Europea —en la que actualmente se encuentra la socialista Teresa Ribera— está viendo con buenos ojos este tipo de energía, habiéndola clasificado como «verde» el pasado 2022. En ese mismo espacio de tiempo, la invasión rusa sobre Ucrania desveló la dependencia energética europea. Para muchos países, la solución ha pasado por volver a centrar su atención en la energía nuclear, especialmente en el este europeo. Por contra, Alemania, el ejemplo de cierre nuclear, tuvo que solventar sus problemas de abastecimiento energético retomando el uso del carbón —con el consecuente aumento en emisiones de CO₂—.
Además, el apagón ibérico abrió un nuevo interrogante en este debate: ¿basta con que un país tenga energía renovable, o es preciso contar con una parte de otro tipo de fuentes, más estables, dentro del mix energético? El asunto es demasiado técnico, pero, como recuerdan los votantes, lo que prima es la ideología.
Frente a estos argumentos, lo cierto es que España lleva seis años adaptándose al cierre de sus centrales nucleares. Seis años en los que ha comenzado a desarrollar un plan energético basado en las renovables, el hidrógeno verde y fuentes alternativas alejadas de la fisión nuclear. En este periodo, las inversiones estratégicas han sido enormes (de miles de millones de euros) y también están en juego no pocos puestos de trabajo, presentes y futuros.
Más allá de las bondades o los riesgos de ampliar los complejos nucleares del país, el argumento principal para seguir adelante con el plan puede ser que, precisamente, ya se está ejecutando el plan. La pérdida de inversión y el replanteamiento de todo un entramado energético de un país por aspirar a renovar unas centrales dos o tres años resultaría muy costoso para muchos.
Al mismo tiempo, esta idea orbita alrededor de otros argumentos interesantes, como la vulnerabilidad estratégica de la infraestructura nuclear en un contexto de aumento de tensiones internacionales —véase Chernóbil hoy— o el potencial español como país líder en producción de energía renovable.
El presente gana elecciones
Este debate técnico se agota cuando lo que está en juego es el puesto de trabajo de centenares de personas. Paradójicamente, las elecciones autonómicas pueden generar más atención sobre este tema, al ser un elemento muy focalizado en una región, pese a que en realidad es una competencia estatal. El voto nuclear se juega aquí.
La pregunta no es si Almaraz va a dar más o menos votos, sino cuántos votantes que podrían votar a la izquierda van a quedarse en casa.
La pregunta no es si Almaraz va a dar más o menos votos, sino cuántos votantes que podrían votar a la izquierda van a quedarse en casa. O cuántos van a votar a la derecha. Este paradigma es especialmente crítico para un PSOE en el que el 44 % de sus votantes declaran estar en contra del cierre. Más cuando la mayoría del electorado identifica que la decisión recae sobre el ejecutivo.
En 2023, ya con el calendario de cierre en marcha, el voto en Almaraz y municipios adyacentes como Saucedilla o Belvís de Monroy cayó del lado popular, pero seguido de cerca por el PSOE —en Belvís el segundo fue Vox—. En 2025 es probable que estos municipios aumenten la mayoría en una suma de votos a PP y Vox, marcando el paso de una tendencia que parece clara para toda Extremadura.
Los socialistas son «esclavos» de errores propios y de decisiones tomadas como Gobierno. Las derechas ganan terreno a costa de un debate nuclear que trasciende a Almaraz. Y el propio Almaraz —con el voto nuclear— pondrá la primera piedra del camino electoral que sí puede transformar la política energética del país.
