Este artículo analiza cómo el homonacionalismo instrumentaliza los derechos LGTB —de Israel a la derecha radical— y reclama distinguir entre fachada inclusiva y avances reales.

En el mundo occidental, el apoyo al matrimonio entre personas del mismo sexo, la tolerancia a las personas LGTB y la inclusión de estas en la sociedad ha ido en aumento en las últimas décadas. A la ola de legalización del matrimonio igualitario le ha seguido un proceso cultural de aceptación generalizada de estas personas, así como la respectiva amplificación y celebración de su identidad. 

Siendo esta tendencia un motivo para celebrar, pues refleja un avance hacia la inclusión y la igualdad de la sociedad en su conjunto, lo cierto es que existen motivos que empujan a no ser tan optimistas. Desde que el concepto del «homonacionalismo» empezó a expandirse en el año 2005, ha sido más fácil contraponer ese avance con la instrumentalización de determinados colectivos.

El homonacionalismo es el uso de la «aceptación» y la «tolerancia» hacia las personas gais y lesbianas como barómetro para evaluar la legitimidad y la capacidad de soberanía nacional

Jasbir K. Puar, socióloga, desarrolló la idea de homonacionalismo en un contexto que parecía ser contrario a un uso instrumental de la comunidad LGTB. Una definición que usa la autora es la siguiente: «Uso de la ‘aceptación’ y la ‘tolerancia’ hacia las personas gais y lesbianas como barómetro para evaluar la legitimidad y la capacidad de soberanía nacional». Dicho de forma simple: homonacionalismo es la unión de la (homo)sexualidad con el nacionalismo. 

Para comprender cómo actúa el homonacionalismo —a través del Estado y, también, a través de los partidos— existen dos ejemplos recientes. Por un lado, está el caso de Israel y el sometimiento de Palesitna. Por el otro, la convergencia de los partidos de derecha radical hacia la «inclusión» de personas o ideas pro-LGTB. Empecemos por el primero.

Desde el homonacionalismo: Israel, la conquista de Palestina y Eurovisión

Jasbir Puar comienza a usar el concepto que lanzaría su carrera en sociología, explicándolo a través del ejemplo de Israel y su actitud belicosa respecto a Palestina. Ya en el año 2005, la académica empezó a interpretar las distintas incursiones militares de Israel a través de esta lectura. El país despenalizó las relaciones homosexuales en el año 1988, cuando, por ejemplo, Estados Unidos lo hizo en 2003 —aunque de facto no se persiguiese—.

En este sentido, la autora enfatiza que Israel ha usado «su trayectoria de derechos LGBT para despejar la atención, y en algunos casos justificar o legitimar, la ocupación sobre Palestina». Esto, dentro del concepto de Puar, recibe el nombre de pinkwashing. El término —que tiene su equivalente en greenwashing cuando se aplica a cuestiones medioambientales— se refiere a la estrategia de destacar selectivamente políticas o avances LGTB para proyectar una imagen de modernidad y tolerancia, funcionando como distracción o excusa que permite seguir actuando de forma inadecuada en otros ámbitos.

Llegado este punto queda explicar el mecanismo a través del cual opera esta lógica. La respuesta se encuentra en el papel del resto de países. En el caso de Israel, la atención y protección desde la Casa Blanca siempre ha sido determinante a la hora de impedir una respuesta a las vulneraciones del derecho internacional, la violación de acuerdos bilaterales o, más recientemente, la ruptura con organizaciones internacionales neutrales.

En Washington, pero también en Berlín o en Londres, Tel Aviv es vista como una capital moderna, liberal y avanzada

Desde Washington, pero también desde Berlín o desde Londres, Tel Aviv es vista como una capital moderna, liberal y avanzada. Lo es, además, en un escenario en el que sus vecinos ni son democracias plenas ni permiten los mismos derechos a la población LGBT. Por ello, la fachada construida con base en ciertas premisas liberales ha permitido a Israel continuar actuando a su gusto sobre Gaza y Cisjordania sin grandes repercusiones a nivel internacional. Como explica la autora, lo que se pretende es crear una falsa visión de un Occidente avanzado y libre que debe combatir a potencias extranjeras que no respetan su inclusividad y diversidad.

Es importante mencionar también que, en realidad, Israel no es tal oasis para lo queer. Si bien las leyes de adopción son favorables y la promoción cultural de la homosexualidad es amplia y generalmente aceptada, lo cierto es que el país no ha legalizado el matrimonio homosexual. Sí lo reconoce, pero este debe celebrarse fuera de las fronteras del país, pues esta prerrogativa corresponde a las entidades religiosas y ninguna de las existentes en el país lo permiten.

Para continuar construyendo esa imagen tan característica del poder blando, Israel ha recurrido a espacios como Eurovisión con el fin de continuar con su autopromoción LGBT. De ahí nace el especial interés de todos los actores políticos del país en, primero, promover su participación en él y, segundo, hacerlo con personas queer, reflejando una vez más esa instrumentalización. De hecho, la primera persona trans en ganar el concurso fue la cantante Dana Internacional. El año era 1998, cuando ningún país del mundo permitía aún la adopción a parejas homosexuales.

La apuesta de Israel por tener su espacio aquí debe ser entendida bajo la óptica de la geopolítica, la dominación cultural y el homonacionalismo.

No es una sorpresa para nadie que el Festival de Eurovisión sea uno de los eventos más importantes dentro de la cultura homosexual. Quizá el que más, empatado con las fiestas del orgullo —una festividad con especial relevancia en España, por cierto—. Por lo tanto, la apuesta de Israel por tener su espacio aquí debe ser entendida bajo la óptica de la geopolítica, la dominación cultural y el homonacionalismo. El apoyo de la mayoría de países a su participación debe entenderse como la victoria de esa visión.

Con esto entendemos una parte importante del homonacionalismo, pero hay más. En la actualidad, quien impulsa estas medidas en Israel es un Gobierno formado, entre otros, por el partido Likud —de Benjamín Netanyahu—, que cuenta con el apoyo de figuras como el ultranacionalista Itamar Ben-Gavir. A esta derecha radical se le añaden otras en diversos países: la AfD alemana, liderada por la reconocida lesbiana Alice Weidel, o Rassemblement National, el partido de Marine Le Pen y Jordan Bardella, que aglutina a casi el 50% de los asamblearios homosexuales en Francia.

La derecha radical y la ola liberal

No es casualidad la enumeración anterior. En los últimos años, el homonacionalismo se ha expandido con premisas nativistas. En otras palabras, la adopción de un marco contra la inmigración ha trasladado a la derecha radical a ser más liberal con respecto a la población nativa del país, incluidos los gays. 

Esto podría percibirse como un intercambio, puesto que a priori se concede más espacio a las comunidades LGTB, si bien es a costa de aumentar el hostigamiento contra los foráneos. Sin embargo, tampoco existe tal consuelo. Hay estudios que lo explican de forma clara: la derecha radical instrumentaliza su visión pro-LGTB en detrimento de la inmigración.

Esta investigación de los investigadores Alberto Ortega y Stuart Turnbull-Dugarte, con datos de España y Reino Unido, muestra que el apoyo a la educación LGBT por parte de los «votantes antiinmigración» aumenta si los que se posicionan en contra son musulmanes. O lo que es lo mismo, sin el componente nacionalista, el apoyo de la derecha radical a esta causa se reduce considerablemente. 

Por eso, importa poco que las decisiones en los partidos las tomen personas que forman parte del colectivo. Simplemente, la derecha radical se ha adaptado a un nuevo escenario en el que no está socialmente aceptado ir en contra de la homosexualidad. Por contra, este hecho está chocando con que los sectores más conservadores rechazan algunas premisas que, hace años, estaban asentadas. Para muestra, un botón: esta es la evolución de la percepción moral del matrimonio gay en Estados Unidos

En 2022, los votantes del Partido Republicano marcaban un máximo histórico en la serie sobre aprobación moral del matrimonio homosexual: el 56 % lo apoyaban, continuando una tendencia generalmente ascendente desde el 22 % de apoyo en 2001. Sin embargo, en la actualidad el dato ha descendido hasta el 38 %, muy por debajo del 64 % de aprobación de la población adulta y el 86 % de los demócratas.

Las causas son varias y muy diversas, pero la coincidencia con el segundo mandato de Trump es palpable. De hecho, el actual presidente ha sido uno de los principales promotores del homonacionalismo más táctico. En el año 2016, tras el atentado perpetrado por Omar Mateen en un bar de ambiente gay en Orlando, el por entonces candidato a la presidencia Donald Trump aseguró que «defendería a su población del islam», dando apoyo a la comunidad LGTB, pero con ese marco nativista. El enfoque implantado años después, y reflejado en los datos de las encuestas, muestra una realidad muy distinta.

Aquí conviene recordar que, mientras estos discursos se erosionan o se instrumentalizan según convenga, los avances reales suelen venir de otros lugares. La reciente sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos es un buen ejemplo: obliga a los Estados a reconocer a las parejas del mismo sexo un marco legal equivalente al matrimonio. No exige llamarlo «matrimonio», como algunos han interpretado, pero sí garantiza derechos equiparables. Y eso, más allá del nombre, sí mejora de forma tangible la vida de esas parejas.

Es necesario que empecemos a entender la política por los avances o retrocesos que realmente se dan, y no tanto por los discursos o los marcos narrativos que se tratan de imponer

En consecuencia, solo cabe pedir una reflexión seria sobre cómo visualizamos los hechos que ocurren en política. Cada vez es más difícil fiarse de lo que uno ve —el avance de la IA es una buena muestra de ello—, pero tampoco se puede continuar cayendo en trampantojos que llevan operando más de dos décadas. Es necesario que empecemos a entender la política por los avances o retrocesos que realmente se dan, y no tanto por los discursos o los marcos narrativos que se tratan de imponer. Es un reto tan complejo como necesario si queremos armar una salida y construir, de verdad, sociedades más abiertas, plurales y justas.

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por Jorge de Diego Hurtado

Politólogo, analista electoral y cinéfilo cuando me dejan. Cofundé El Tablero Político y ahora trabajo también en Agenda Pública. Antes, merodeé por Bruselas.

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