Honduras acude a unas elecciones generales decisivas, con tres candidatos con un perfil debilitado y en un escenario fragmentado y muy reñido. ¿Cuáles son los candidatos?

Este domingo, Honduras celebrará elecciones generales para elegir al sucesor de Xiomara Castro en la presidencia. Además de elegir al líder del país para los próximos cuatro años, los hondureños renovarán la totalidad de sus autoridades electas: los 128 escaños del Congreso, sus 298 alcaldías municipales y los 20 representantes del país en el Parlamento Centroamericano.
En este enorme proceso electoral, la contienda por la presidencia se juega entre tres candidaturas de peso. En primer lugar, tenemos a la oficialista Rixi Moncada del izquierdista Partido Libertad y Refundación (LIBRE), quien enfrenta competencia de dos fuerzas históricas del país. Por un lado, el Partido Nacional con el conservador Nasry Asfura (mayor rival de Castro en las elecciones de 2021), mientras que por el otro al Partido Liberal con Salvador Nasralla (ya en su tercera candidatura presidencial).
Rumores de fraude electoral, desconfianza y escasas credenciales éticas o institucionales dominan un panorama electoral incierto, complejo y con mucha tela que cortar. A todo ello se suman las preocupaciones económicas y de inseguridad, como en otros países de la zona.
Historia de Honduras: del golpe a Xiomara Castro
Generalmente etiquetado como uno de los países más pobres de América Latina, Honduras tiene una larga historia política, marcada por la violencia institucional y la corrupción. No obstante, el punto de inflexión que inicia el actual periodo histórico se sitúa en el golpe de Estado de junio de 2009 en contra del presidente José Manuel «Mel» Zelaya. Este puso fin a un complejo periodo de alternancia democrática entre el Partido Liberal y el Partido Nacional y dividió al país en dos bloques polarizados.
El golpe condujo a la toma del poder del Partido Nacional, que dominaría la política hondureña durante los siguientes doce años en medio de acusaciones de autoritarismo, violencia callejera y vínculos entre las instituciones hondureñas y el narcotráfico regional, sobre todo durante la presidencia de Juan Orlando Hernández (2014-2022), reelegido a pesar de una prohibición constitucional para hacerlo y con sólidas evidencias de fraude electoral.
Inicialmente apoyado por Occidente para contrarrestar la influencia de Zelaya (un actor favorable a la Venezuela chavista), Hernández y su partido terminaron siendo foco de escrutinio internacional por su implicación percibida en el crimen organizado, lo que llevó a que los Estados Unidos le bajaran el pulgar.
Zelaya, el presidente derrocado, se había distanciado de su partido durante su mandato, identificándose con la izquierda más dura y acercándose al fenómeno continental de la «Marea Rosa» conducida por Hugo Chávez en Venezuela. El golpe precipitó la ruptura definitiva con su antiguo partido y resultó en la fundación de Libertad y Refundación (LIBRE) como expresión partidaria de la izquierda hondureña.
Impeedido de presentarse como candidato él mismo, Zelaya respaldó la candidatura de su esposa, Xiomara Castro. En 2021, luego de una serie de acuerdos con otros sectores de la oposición, con el retiro de Hernández y un descontento social cada vez más generalizado, Castro se impuso por amplio margen y desalojó a los nacionalistas del poder.
Castro llegó a la presidencia con la promesa de derrocar a un régimen autoritario, pero también de atender una crisis de seguridad que parecía insoluble y de reparar los problemas sociales crónicos de una nación devastada. Cuatro años después, el gobierno hondureño deberá rendir cuentas tras un mandato marcado por la crisis posterior a la pandemia, la continuidad de los problemas de seguridad pese a la baja en la tasa de homicidios, una gestión económica que muchos consideran deficiente y conflictos en el seno del partido gobernante que dificultaron la gobernabilidad y gestión pública.
Tres candidatos de escasa credibilidad
El LIBRE enfrenta este año un desafío que pone en entredicho su continuidad en el gobierno y su supervivencia como fuerza política. Compuesto en su mayoría por sectores del ala más izquierdista del Partido Liberal que se separaron tras el golpe, le ha tocado asumir una realidad: ni Xiomara Castro ni Mel Zelaya pueden ser candidatos de nuevo. Esto precipitó una dura lucha interna por la sucesión, que se saldó con la purga de los sectores menos obedientes y la elección de Rixi Moncada como candidata en unas primarias en las que casi no hubo oposición efectiva.
Estrechamente vinculada a la presidenta y con un discurso enfocado en la continuidad del proyecto oficialista, Moncada tiene una trayectoria política larga y ocupó cargos en las dos administraciones del matrimonio Zelaya-Castro, destacando la Secretaría de Trabajo y Seguridad Social y la dirección de la empresa estatal eléctrica en el mandato de Zelaya, y las Secretarías de Finanzas y luego Defensa en el de Castro.
Aunque obtuvo la candidatura de LIBRE sin obstáculos, Moncada llega debilitada a las elecciones debido al conflicto en el seno del partido, que solo ha contribuido a desgastar al gobierno. Durante el último año, militantes de sectores críticos con Zelaya, que ocupaban cargos en el sector público, incurrieron en acciones de sabotaje o toma de control de entidades gubernamentales, en algunos casos precipitando la intervención policial o perjudicando la funcionalidad del Estado. Curiosamente, pese a ser la única de los tres principales candidatos que compite por primera vez, Moncada podría verse afectada por el desgaste del gobierno del que forma parte.
Por delante está el conservador Partido Nacional, que repite la candidatura del exalcalde de Tegucigalpa, Nasry Asfura. Apodado «Papi a la Orden» (un apodo que suele emplear como eslogan electoral), esta es su segunda candidatura presidencial. Su anterior contienda fue hace cuatro años, cuando se ubicó en segundo puesto por detrás de Castro. Compite con una combinación del clásico discurso anticomunista de la derecha centroamericana (incluyendo apelación al pánico rojo y a los valores sociales conservadores) y un conjunto de compromisos en materia de infraestructura que evocan su gestión municipal (lo cual le granjeó cierto apoyo).
No obstante, sobre Asfura pesan varias acusaciones de corrupción durante la década anterior, que empañan gravemente su imagen. Asimismo, los sondeos muestran que muchos hondureños todavía no perdonan el ciclo de Juan Orlando Hernández por el que Asfura, un exponente muy representativo de ese periodo, carga con un nivel de rechazo importante fuera de los votantes conservadores tradicionales. De este modo, Asfura llega con todo el peso del legado de Hernández encima y ninguno de los beneficios estatales que implicaba ser candidato del oficialismo en el ciclo electoral anterior. No sorprende que las encuestas lo sitúen al borde de conducir al Partido Nacional a su peor resultado histórico.
Por su parte, la mayoría de las encuestas coinciden en que el mayor rival de Moncada será Salvador Nasralla, que compite por tercera vez por la presidencia. Presentador de televisión con décadas de presencia pública, Nasralla saltó a la política después del golpe de 2009 como una figura outsider, que pretendía capitalizar el descontento contra la clase política solo para terminar, década y media más tarde, convertido en uno de sus candidatos.
Nasralla compitió por la presidencia en 2013, ubicándose cuarto pero con un notable 13,4 % de los votos que LIBRE (siete puntos por debajo de Juan Orlando Hernández) no pudo ignorar. Esto condujo a un acuerdo para la creación de la «Alianza de Oposición contra la Dictadura», que llevó a Nasralla como candidato de consenso para 2017, en las cuales fue superado por Hernández en medio de acusaciones de fraude masivo. En 2021 accedió a secundar a LIBRE como candidato a «primer designado presidencial» de Castro (equivalente a vicepresidente). No obstante, rompió con el nuevo gobierno prácticamente el día posterior a la elección.
Más de una década después de su salto a la política, con cuatro cambios de partido en una década y constantes contradicciones en discurso y opinión, Nasralla ya no puede venderse como un outsider. En su lugar, se terminó afiliando al Partido Liberal con el fin de usar su aceitada y vieja estructura de la formación como vehículo electoral. Misma idea había tenido Jorge Cálix, dirigente del ala disidente de LIBRE tras romper con Zelaya. Nasralla derrotó a Cálix en unas primarias cargadas de controversia por la legitimidad de ambas candidaturas (ninguno había sido miembro del partido por más de un año).
La unión entre Nasralla y la estructura Liberal han revitalizado enormemente al viejo partido de centro, el cual vive en un desierto político desde el derrocamiento de Zelaya. Su enorme aparato le ha permitido sobrevivir con un piso de entre 10 % y 20 % de los votos, pero solo ahora con Nasralla ha podido soñar con más. No obstante, también se estima que este triunfo se debería más a la debilidad de las otras dos fuerzas políticas que a un verdadero optimismo por la presidencia del cuestionado Nasralla.
A pesar de la ruptura que implicó el surgimiento de LIBRE, Honduras sigue teniendo un sistema de partidos muy institucionalizado en el que las estructuras territoriales y los aparatos municipales lo son todo. Debido a esto, es prácticamente imposible alcanzar la presidencia sin un acuerdo que involucre a liberales, nacionalistas o a LIBRE. Estas estructuras, que manejan enormes redes clientelares, son un foco de muchas prácticas electorales poco transparentes, desde el acarreo de votantes o la extorsión hasta la comisión de irregularidades. No es extraño que Honduras esté ubicado entre los países más corruptos de América Latina de acuerdo con el índice de Percepción de Corrupción de Transparencia Internacional.
¿Quién va en cabeza?
Más allá de que existen hasta cinco candidatos para la contienda, los únicos con posibilidades reales son los tres que acabamos de detallar, aunque ninguno parte con una ventaja clara. De hecho, cada casa de encuestas parece tener a su favorito, ofreciendo perspectivas electorales muy diversas.
Si bien este asunto será ampliado en nuestro siguiente artículo, existen diversos factores que aumentan la incertidumbre y la imposibilidad de dar un pronóstico claro. Desde hace tiempo se viene cuestionando al principal órgano electoral del país, lo que, sumado a la extendida violencia política, puede modificar el comportamiento político de los votantes o incluso que oculten sus intenciones ante los encuestadores.
Uno de los escenarios más impactantes es el que da CID Gallup, que da un triple empate entre todos ellos, cada uno con aproximadamente un 25 % de los votos. Sin embargo, esta casa de encuestas está desprestigiada, debido a su mal pronóstico para las elecciones en 2021, en las que acabó ganando Castro. Más allá de que sea imposible dar números exactos, todo parece indicar que la contienda será reñida.
En definitiva, Honduras llega a las elecciones atrapada por un pasado de desgaste democrático y corrupción. La lucha entre los tres candidatos con credenciales débiles y una gran desconfianza ciudadana elevan la incertidumbre para estos comicios. Todo apunta a una elección muy ajustada que difícilmente resolverá las tensiones estructurales de la política hondureña

[…] En el artículo anterior hablamos sobre el complicado contexto en el que la nación y quiénes eran los tres candidatos que se disputan la presidencia hondureña: la oficialista Rixi Moncada, del izquierdista Partido Libertad y Refundación (LIBRE), y los opositores Nasry Asfura, del conservador Partido Nacional, y Salvador Nasralla del Partido Liberal. En un escenario incierto, complicado y plagado de acusaciones cruzadas, tres fuerzas políticas de escasa credibilidad se medirán con la economía y la seguridad como los principales problemas a resolver, y la sombra del narcotráfico cerniéndose sobre el futuro gobierno. […]