Chile vuelve a las urnas para elegir al reemplazo del presidente Gabriel Boric. Tras cuatro años en el palacio de La Moneda, es momento para que los chilenos renueven sus Cortes y también para que elijan a un líder par el país. La carrera parece clara: la candidata de izquierdas Jeannette Jara se enfrentará a un candidato de derecha o derecha radical. Las tres opciones más factibles según las encuestas son, de menos a más a la derecha, Evelyn Matthei, José Antonio Kast y Johannes Kaiser. Cualquiera de este trío de candidatos, que comparten espectro ideológico y apellidos de origen alemán, estaría llamado a ganar en balotaje a la aspirante comunista. Sin embargo, hay muchas incógnitas por resolver. Entre ellas, por qué ha fracasado el proyecto transformador de Boric, las consecuencias que ha tenido esto para la izquierda, la excesiva fragmentación de la derecha o las implicaciones del nuevo voto obligatorio chileno.

Del Estallido Social al proyecto constitucional fallido

Quizá la forma más sencilla de entender el Estallido Social sería compararlo con el 15M español. No solo por las evidentes similitudes del surgimiento de sendos movimientos sociales —y respetando los matices que los distancian— sino también por el desarrollo político que han vivido los dos proyectos.

La tesis más aceptada es la de que aquel estallido que se detonó tras el aumento de precios del transporte público fue la primera pieza del dominó en caer. La última, sería la de Gabriel Boric recibiendo la banda presidencial de manos del fallecido Sebastián Piñera. Paralelamente, en el caso español es de sobra conocido que el 15M aupó a Podemos y sus posteriores transformaciones, que más adelante desembocaron en el primer Gobierno de coalición en la historia democrática española moderna.

Por lo tanto, los dos proyectos de izquierdas surgen a través de la canalización de un fuerte descontento social, agotado de las malas decisiones del establishment político. Sin embargo, las similitudes no acaban aquí: también se han caracterizado por fallar a la hora de llevar a cabo la transformación radical que en su momento prometieron.

Desde Madrid, Podemos (o Unidas Podemos) no logró capitalizar su vicepresidencia de Gobierno y terminó diluyéndose como socio minoritario del PSOE. Del mismo modo, el gran proyecto de Boric para Chile, el de una constitución rompedora, fracasó. De modo que la promesa de lograr una nueva Carta Magna que destronase a la vigente, que fue redactada en la dictadura de Pinochet, quedó en el aire. Este proceso de referéndum acabó por generarle un enorme desgaste al presidente.

Primero, el Gobierno de izquierdas chileno logró los apoyos para comenzar a redactar una Constitución. Esta tenía un corte claramente izquierdista e incluso ecologista, llegando a ser tratada por diversos analistas como una de las más progresistas en el mundo. No obstante, la oposición liderada por José Antonio Kast, la falta de unidad dentro de la propia izquierda, los problemas a la hora de explicar qué significaba este proyecto y variables externas como la introducción del voto obligatorio hicieron caer el proyecto de Boric con un rechazo superior al 60%. 

Con todo, el agravio para la izquierda no terminó ahí, porque entonces la derecha tuvo la oportunidad de redactar su propio texto constitucional, tomando la batuta de un proyecto que no solo era de Boric, sino que formaba parte de su capital político. Finalmente, la derecha también fracasó y actualmente Chile sigue bajo la Constitución de 1980 de Augusto Pinochet.

Aumentó el descontento entre los votantes de la izquierda que creyeron en el Estallido Social como inicio de un cambio, pero que llegan a 2025 con un país que muchos consideran peor.

Todo este proceso, difícil de condensar en un par de párrafos, aumentó el descontento entre los votantes de la izquierda que creyeron en el Estallido Social como inicio de un cambio, pero que llegan a 2025 con un país que muchos consideran peor. A la mala gestión del referéndum constitucional se le une una postura internacional endeble y sobre todo, poco relevante. En el nivel local, la situación tampoco mejora y hoy todo lo que sea “oficialismo” deja muchas dudas entre los votantes.

Comparada con otros países de América Latina, la prosperidad de Chile es envidiable y quizá solo se asemeja con la de Uruguay. Sin embargo, las exigencias de los chilenos también son mayores y por ello se entiende parte de su malestar.

El péndulo chileno vuelve a iniciar su recorrido

Existe un concepto que explica el turnismo chileno desde la restauración de la democracia. Desde que Chile le dijo “No” a Pinochet, el país funciona como un péndulo. A un gobierno de izquierdas le sucederá uno de derechas y así constantemente. Boric sucedió al derechista Sebastián Piñera, que a su vez obtuvo la presidencia de manos de Michelle Bachelet, quien se la arrebató al propio Piñera en 2006, etc. En definitiva, existe un turnismo entre la derecha y la izquierda que en general siempre ha tendido a la moderación desde las dos alas.

De hecho, Boric fue la continuación de ese péndulo, pero ya provenía de un sector más a la izquierda y más liberal que la propia Bachelet, por ejemplo. Hoy, tres de los cuatro candidatos que están a las puertas de ir a la segunda vuelta en Chile son bastante más radicales.

Todas las encuestas coinciden en que Jeannette Jara será una de las dos personas que llegue a la segunda vuelta. La candidata fue elegida en unas primarias de la izquierda y proviene del ala comunista de este frente —concretamente, es militante del Partido Comunista Chileno—. Jara, que ha ejercido como ministra de Trabajo en el Gobierno de Boric hasta el pasado mes de abril, se enfrentará en el balotaje del próximo 14 de diciembre a una candidatura de derechas.

En el otro extremo ideológico, Evelyn Matthei es la figura más moderada que podría verse las caras con la comunista. Matthei forma parte de la derecha clásica chilena y es una figura muy cercana al expresidente Piñera. Hace unos meses, su candidatura era la que lideraba con claridad a la derecha, pero sus apoyos comenzaron a diluirse.

La competición ideológica en Chile se aleja del centro, impulsado que, por primera vez desde 1990, la derecha chilena se presente a unas elecciones presidenciales con más de una candidatura.

La razón es sencilla y también difícil de cambiar: la competición en Chile es centrífuga. Es decir, rehúye del centro y se está inclinando hacia los extremos. En un lado, Jara propone una receta de izquierdas bastante más radical que la de Boric y ambos son más radicales que Bachelet. Del mismo modo, Matthei es vista por una parte importante de los chilenos como parte del establishment y la élite del país, además de como excesivamente moderada. Estos dos motivos han impulsado que, por primera vez desde 1990, la derecha chilena se presente a unas elecciones presidenciales con más de una candidatura. La razón principal es que en caso de disputas de liderazgo —como las que existían en la izquierda—, siempre existe la opción de resolverlas en unas primarias que sean la antesala de una unión ideológica y, a la vez, decidan qué candidato tiene más apoyos.

Antes del apagón electoral, la personalidad de la derecha con más posibilidades de ir a esa segunda vuelta parece ser José Antonio Kast. El líder del Partido Republicano ya venció en la primera vuelta de 2021, pero perdió en el balotaje contra el actual presidente. Hoy, podría recorrer ese camino de manera inversa: pasaría de la primera vuelta como segundo candidato para después lograr sentarse en La Moneda.

Con respecto a Matthei, Kast representa un salto cualitativo en lo que a valores derechistas se refiere. Combina un liberalismo económico latente con un fuerte conservadurismo social. Ahora bien, con respecto a la campaña de 2021, todos los analistas coinciden en que Kast ha pasado a esconder ciertos temas o a evitarse algunos posicionamientos que quizá le pudieron costar la presidencia en su momento. Especialmente en el plano cultural. Esto le ha permitido, quizá, llegar con muchas posibilidades de vencer, pero también ha habilitado a un candidato todavía más radical en su derecha

En otra evidencia de la tendencia a la competición en los extremos y el abandono del centro, Johannes Kaiser creó una escisión del partido de José Antonio Kast: el Partido Nacional Libertario. La premisa que tomó es sencilla: Kast se ha vuelto blando y Chile necesita un cambio real. Cada día resulta más sencillo ver a personajes políticos que emanan con un plan de campaña similar al de Javier Milei. Tanto en fondo como en contenido: un manejo de redes curioso —Kaiser es, entre otras muchas cosas, YouTuber— se entrelaza con un ideario puramente libertario. Combina esta característica ideológica con la veneración de la figura del dictador conservador Augusto Pinochet. Si en 2021 se encontraron similitudes entre Allende y Boric, en 2025 se está viendo la otra cara de la moneda con Kaiser. 

En último lugar, y quizá como una sorpresa, las encuestas comenzaron a dar dobles dígitos a una figura habitual de las elecciones chilenas. El candidato del Partido de la Gente, Franco Parisi, ha estado capturando una cantidad importante de votos y, aunque ninguna encuesta le daba posibilidades de llegar a la segunda vuelta, es una muestra más de la fragmentación del voto en la derecha.

¿Quién ganará estas elecciones en Chile?

Una vez más, las encuestas indican que Jara llegará al balotaje. Frente a ella estará posiblemente José Antonio Kast, quizá Kaiser o incluso Matthei si al final de la campaña ha conseguido revertir la tendencia de las últimas semanas.

A partir de ahí, los escenarios de la segunda vuelta parecen más definidos. Las encuestas ven a Kast como favorito frente a Jara, también a Matthei —aunque la probabilidad de este enfrentamiento es bastante baja—. La candidata de izquierdas podría tener más posibilidades frente al ultralibertario, pero aun en esa tesitura partiría con desventaja.

En su pieza para El País, Kiko Llaneras daba a Kast un 70% de posibilidades de hacerse con la presidencia, un porcentaje similar al de Jara. Al mismo tiempo, advertía de que en realidad ese 70% implica que aproximadamente en uno de cada tres escenarios veríamos a un ganador distinto. En consecuencia, a pesar de que el tablero se configura a favor del republicano, hablamos de una elección abierta. Detrás de esa incertidumbre se encuentran el voto obligatorio y los cerca de cinco millones de votantes que depositarán su confianza en un candidato sin querer realmente ir a votar. Son “los obligados”.

Otra manera particularmente interesante de acercanos a unas elecciones es a través de Polymarket. Esta casa de apuestas en la que los usuarios juegan dinero real para adivinar el candidato que gana unas elecciones se ha convertido en un predictor relativamente fiable de cómo acabarán unos comicios. En este caso, se refleja muy bien el bajón de Matthei, con un beneficio muy claro para Kast. Los apostadores también lo tienen claro, pero sigue existiendo espacio para la sorpresa.

Los cinco millones que decidirán las elecciones

La literatura académica ha estudiado durante muchos años las consecuencias del voto obligado y aunque aún existen desacuerdos sobre sus efectos, aparecen ciertas tendencias que son asumidas por la mayoría de investigadores.

Primero, un estudio reciente confirmó lo que Chile nos está mostrando: que obligar al voto con medidas coercitivas que un Estado parece estar en condiciones de cumplir sí logra aumentar la participación. En América Latina —aunque Chile sea una excepción— es común encontrar legislaciones que incluyen el voto obligatorio, pero en algunos de estos casos, o las multas son muy pequeñas o el Estado no es capaz de hacer cumplir los procedimientos administrativos para llevarlas a cabo. 

Otras investigaciones señalan que, a raíz de este aumento de la participación, el voto obligatorio sería como una “cura” contra la polarización. Esta hipótesis apunta a que los obligados ensanchan el número de electores y a raíz de esto la competición ideológica se desplaza hacia el centro. La razón detrás de esto sería que a más electores menos interesados en política, las opciones mayoritarias y de consensos se podrían ver beneficiadas. Aunque, al menos sobre el papel, este no parece ser el escenario en Chile.

Estos cinco millones de ciudadanos que rehúyen de las urnas fueron los causantes de que el proyecto constitucional de Boric fracasase. Aunque son difíciles de encontrar en una encuesta, hay cifras que estiman que el 80% de los obligados dijeron no la Constitución de 2022. 

Los obligados tienen un perfil hombres jóvenes, de clase media-baja, similar al de los perdedores de la globalización, y hay análisis que señalan a que en realidad podrían favorecer a opciones de corte populista

Su perfil sociológico apunta más a la antipolítica, contra el establishment o, en general, de poco interés por la política. Son más bien hombres jóvenes, de clase media-baja —bien podríamos estar hablando de perdedores de la globalización— y hay análisis que señalan a que en realidad podrían favorecer a opciones de corte populista (Parisi) o radical (Kast o Kaiser). Esta tendencia iría en consonancia con lo que se ha visto en las últimas encuestas y con las estimaciones en Polymarket, pero también es cierto que este votante es extremadamente impredecible y cambiante.

El futuro para Chile en términos políticos será complejo. Independientemente de quién pase al balotaje —que parece garantizado— las derechas deberán unirse, si bien esa transferencia no se asegurará a la hora de facilitar la gobernabilidad en la Cámara de Diputadas y Diputados. En otras palabras, si gobierna la izquierda lo hará con minoría en el Congreso, y si gobierna la derecha tendrá que pactar ley por ley para encontrar el apoyo de los otros partidos. En diciembre continuaremos remando para salir de este mar de dudas.

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por Jorge de Diego Hurtado

Politólogo, analista electoral y cinéfilo cuando me dejan. Cofundé El Tablero Político y ahora trabajo también en Agenda Pública. Antes, merodeé por Bruselas.

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