Siempre ha existido la idea de que tendemos a la derecha conforme maduramos. Sin embargo, no está claro qué hay de cierto en la afirmación, cómo se produce este proceso y, en todo caso, hasta qué punto es determinante si nos derechizamos.

«Quien no es liberal cuando es joven, no tiene corazón. Quien no es conservador cuando es viejo, no tiene cerebro». Esta cita, que falsamente se atribuye a Winston Churchill, refleja a la perfección una idea muy común entre la ciudadanía: que de joven es normal ser de izquierdas, pero que con la edad todos tendemos a volvernos de derechas.
De hecho, si echamos un vistazo rápido a algunas encuestas, esta sería la conclusión fácil. Por ejemplo, Donald Trump consiguió en 2016 el voto del 37 % de los jóvenes de entre 18 y 29 años, cifra que sube al 43 % entre los ciudadanos de 30 a 44 años y que sigue hasta el 53 % para los mayores de 45. Curiosamente, a pesar de este sentir general, la academia dice todo lo contrario: nuestros patrones de voto son extraordinariamente estables, por lo que pocas veces llegamos a cambiar de ideología en nuestra vida. ¿Quién tiene razón?
¿Y por qué debería volverme de derechas?
Hay multitud de argumentos que tratan de explicar la conexión entre ser joven y de izquierdas, y por qué al hacernos mayores nos deberíamos volver de derechas.
Desde un punto de vista psicológico, sabemos que los jóvenes tienen toda una vida por delante, por lo que están dispuestos a asumir riesgos y tratar de cambiar las cosas. Esta perspectiva vital casa con los movimientos progresistas, que buscan la evolución constante a pesar de la incertidumbre que pueda conllevar.
Se ha demostrado que con la edad también nos volvemos más autoritarios, más tradicionales en términos culturales e incluso más propensos a tener prejuicios
En cambio, una vez uno ha crecido, se vuelve más consciente de los riesgos que puede llevar aparejados ese «salto al vacío» político. Es decir, literalmente, nos volveríamos más conservadores. Asimismo, se ha demostrado que con la edad también nos volvemos más autoritarios, más tradicionales en términos culturales e incluso más propensos a tener prejuicios.
Por supuesto, la economía también juega un papel importantísimo en nuestra ideología. Según vamos envejeciendo, nuestro estatus económico tiende a mejorar. Posiblemente, el cambio más importante sea el paso desde nuestra juventud y dependencia paterna a esos primeros puestos laborales.
Una vez uno comienza a trabajar, empieza a ser más consciente de qué supone pagar impuestos, lo que podría motivar este proceso de derechización. Curiosamente, jubilarse podría tener el efecto contrario, pues podríamos concienciarnos sobre la importancia del sistema de pensiones y del Estado de bienestar.
Hasta nuestra vida social y cómo cambia esta según nos hacemos mayores podría influirnos políticamente. En nuestra juventud nos abrimos a distintos contextos sociales, interactuando con personas de distintos entornos. De esta forma, estamos expuestos a una mayor diversidad social y cultural, lo que favorece actitudes igualitarias y cosmopolitas. En cambio, según vamos creciendo, nuestro entorno social tiende a reducirse a nuestra familia y entorno laboral, que suelen ser ciudadanos con una base social similar. Es decir, nos despegamos de otros contextos sociales y esto nos llevaría a una mayor protección del statu quo.
A pesar de la multitud de argumentos en favor de este cambio, también existen teorías contra la tesis de la derechización. De hecho, uno de los estudios más consistentes en ciencia política indica que nuestras actitudes políticas se forman durante nuestras primeras etapas vitales, nuestros «años impresionables». Una vez cumplimos 26 años, sería prácticamente imposible que cambiemos de ideología, pues esta tiende a ser muy estable. Además, esta ideología suele ir ligada a un partido por el que mostramos gran lealtad, lo que nos hace prácticamente hooligans de una marca.
Cada bando parece tener sus argumentos, siendo además radicalmente opuestos. Por ello, toca analizar qué nos dicen los datos y comprobar quién tiene razón.
Cambiamos poco, ¿pero siempre hacia el mismo lado?
Como suele ocurrir en los grandes debates políticos, la realidad tiende a encontrarse en un punto intermedio. En este caso, el problema de enfrentar ambas teorías es que no son realmente contradictorias.
Existen cientos de artículos que demuestran la gran estabilidad de nuestra opinión política. Sin embargo, los autores de estas investigaciones se enfocan en estudiar si nuestra ideología cambiaba poco o mucho, pero no en si existe un patrón claro hacia la derecha o izquierda. Es decir, es posible que nuestra opinión cambie poco, pero habría que ver si ese «poco» es siempre hacia la derecha, hacia la izquierda o no sigue ninguna dirección clara.
Una investigación en Estados Unidos siguió a más de 1.500 ciudadanos desde que eran estudiantes (1965) hasta que alcanzaron los 50 años (1997), analizando si su opinión sobre temas como la igualdad entre hombres y mujeres, minorías, punitivismo o directamente autoubicación ideológica cambiaron con la edad. Los resultados son claros: los estudiantes se derechizaron en casi todos los temas políticos, exceptuando la igualdad de las mujeres, donde se volvieron más progresistas con la edad. Además, la mayor parte de esta derechización se llevó a cabo entre los 26 a los 35 años, con prácticamente ningún cambio a partir de esa edad.
De hecho, las diferencias entre ideologías fueron considerables. Si dividimos a los ciudadanos entre liberales, moderados y conservadores, encontramos un patrón de cambio claro. Entre aquellos que se consideraban moderados cuando eran jóvenes, quienes cambiaron lo hicieron de forma desigual: hay tres veces más ciudadanos moderados que pasaron a ser conversadores que a ser liberales. Por contra, uno de cada tres liberales se convirtió en conservador, mientras que solo uno de cada cinco conservadores se volvió liberal con la edad.
Sin embargo, estas conclusiones necesitan ser matizadas. Estos ciudadanos podrían haberse derechizado debido a la edad (el foco de este artículo) o simplemente porque durante esos años ocurrió algo en Estados Unidos que empujó a todos los ciudadanos, sin importar su edad, hacia la derecha. Una vez los autores comparan a este grupo de edad con otros, demuestran que la edad sí lleva aparejada a cierta derechización, pero el clima político importó mucho más que el envejecimiento.
El conjunto de las pruebas confirma la teoría de la estabilidad: la mayoría de personas mantienen su opinión política a pesar del paso de los años
El conjunto de las pruebas confirma la teoría de la estabilidad: la mayoría de personas mantienen su opinión política a pesar del paso de los años. Sin embargo, la sabiduría popular sí tiene algo que decir: si bien no es un cambio masivo, los pocos ciudadanos que cambian de ideología lo hacen de forma mayoritaria hacia la derecha.
De forma similar, una investigación en Noruega que estudió durante cuarenta años a más 12.000 ciudadanos de once generaciones respalda los resultados anteriores. El efecto de la edad, de hecho, no es lineal. Es decir, el efecto de derechización no se basa simplemente en «cuantos más años, más de derechas», sino que es un poco más complejo. Si afinamos un poco la vista podemos encontrar una curva en forma de U. Durante nuestra juventud, tendemos a irnos hacia la izquierda (es decir, «bajando a posiciones más de izquierdas»), pero llegados a cierta edad el giro cambia de dirección y nos movemos (subimos) más hacia la derecha.
Una vez podemos dar cierta validez a la tesis de derechización, toca volver a los argumentos del inicio y preguntarnos que, si esto de verdad ocurre, a qué se debe.
¿Qué nos mueve a la derecha?
Esta última investigación también se preguntaba cuáles son los factores que realmente empujan a este cambio ideológico. ¿Es la economía? ¿Nuestro interés en la política?
Comenzando por la primera, y siguiendo los argumentos mencionados al principio, la teoría nos dice que los jóvenes y mayores deberían moverse hacia la izquierda, pues son más dependientes de servicios públicos. Sin embargo, los autores encuentran que ni los ingresos, ni la jubilación o tener una familia tienen un efecto significativo en nuestro voto. Es decir, el giro ideológico no parece responder a que nuestra situación material cambie.
Descartada la economía, es posible que el giro se deba simplemente a nuestro interés por la política. Según vamos creciendo, cabe la posibilidad de que tengamos más o menos tiempo para leer y ver las noticias, lo cual podría impactar en nuestra forma de pensar. No obstante, la investigación encuentra que nuestro interés por la política no cambia, por lo que tampoco es posible que explique el giro ideológico.
En general, qué conecta edad y derechización es todavía un mecanismo más o menos oscuro. Algunos artículos apuntan a ciertos temas clave, como la inmigración, pero otros sugieren que el proceso puede ser simplemente psicológico o incluso identitario. En definitiva, puede que la apertura a cambios o la aversión al riesgo sean los verdaderos responsables. De todas formas, lo que sí podemos constatar es que el giro existe, si bien es pequeño.
Por otro lado, sí sabemos que el cambio es prácticamente igual entre hombres y mujeres, pero la edad tiene un impacto desigual dependiendo de la educación. Los ciudadanos con menor educación tienden a derechizarse más con la edad, si bien también ocurre entre los más educados. Pasa algo similar con los ingresos: aquellos que están entre los cuartiles inferiores de renta son más susceptibles al giro, si bien ya hemos indicado que la situación material no parece tener un efecto claro.
En definitiva, la idea de que «con la edad te vuelves de derechas» no es un mito del todo, pero tampoco una ley inevitable. La mayoría de personas mantienen una actitud política para toda su vida. Sin embargo, si se dan cambios, estos suelen ser durante nuestras primeras etapas vitales, y con cierta tendencia a la derechización.
