Los países nórdicos lideran casi cualquier ranking social o económico. Si su modelo es tan bueno, ¿por qué no lo copiamos el resto?

A día de hoy es prácticamente imposible buscar un ranking de «países con mejor…» y que entre los primeros puestos no aparezca un país nórdico o incluso todos. Con este nombre se conoce a las cinco naciones del norte de Europa (Dinamarca, Finlandia, Islandia, Noruega y Suecia), que suelen liderar la mayoría de índices económicos o sociales.

Al preguntarnos cuál es el país más feliz del mundo, veremos que desde hace nueve años no es otro que Finlandia, seguida habitualmente por Dinamarca e Islandia. Si en lugar de la felicidad estudiamos la igualdad entre sus ciudadanos, los cinco países nórdicos aparecen siempre entre los Estados con menor brecha social. Lo mismo ocurre con la igualdad de género, donde los tres mejores vuelven a ser nórdicos: Islandia, Noruega y Finlandia. Curiosamente, frente a estos buenos resultados, desde hace un tiempo se difunde el bulo de que en los países nórdicos la tasa de suicidio es de las más altas, cuando están en la media europea. 

Comprobar que son siempre los mismos países los que encabezan los indicadores económicos o sociales nos lleva inevitablemente a preguntarnos qué les hace tan especiales, cómo lo han conseguido y por qué no estamos copiándoles. 

La receta mágica

Como es lógico, la respuesta a esta pregunta no es sencilla. Tendríamos que enumerar decenas o incluso cientos de razones que, tras combinarlas, dan como resultado un sistema muy eficiente. Sin embargo, en este artículo nos centraremos en una de las explicaciones más repetidas, aunque no tan desarrolladas como se debería: su Estado del bienestar. 

Los países nórdicos se caracterizan por ser economías pequeñas pero abiertas, con un Estado muy activo (que llega a distribuir recursos que superan el 50 % del PIB del país) y estándares de bienestar muy altos. Frente a otros tipos de Estados del bienestar (el liberal de Reino Unido, el conservador de Alemania o el mediterráneo de España), al modelo nórdico se le conoce por su universalismo: se ofrecen servicios de gran calidad (educación, sanidad…) a todos los ciudadanos, sin importar si trabajan, cuánto contribuyen al sistema u otras particularidades individuales.

La comparativa más ilustrativa es entre el Estado universal de los nórdicos y el liberal de países como Reino Unido. En este último, las prestaciones suelen ser mínimas y residuales: una especie de «última red de ayuda» para personas en condiciones muy graves. Sin embargo, los nórdicos ofrecen a todos sus ciudadanos el mismo servicio, que además es suficientemente bueno para la gran mayoría. 

Para mantener un sistema tan costoso, países como Noruega son muy dependientes del empleo.

Sin embargo, esto no quiere decir que el modelo nórdico esté «desmercantilizado» o que un ciudadano pueda vivir en Suecia o Noruega al margen del mercado laboral. Uno de los pilares del sistema nórdico es sin duda su igualdad social, pero el otro es su eficiencia económica. Para mantener un sistema tan costoso, países como Noruega son muy dependientes del empleo. Estos países, además de ser muy igualitarios o felices, también tienen tasas de empleo muy altas (en parte también por un sector público muy fuerte).

Si el empleo cayera considerablemente, el sistema se volvería inviable. Con menos trabajadores, el Estado recibiría menos dinero vía impuestos y, de hecho, tendría que dedicar mucho más a transferencias. Esto llevaría a desequilibrar un sistema que por lo general es perfecto, pero que podría venirse abajo ante la más mínima perturbación. 

De hecho, el sistema sufre de tensiones lógicas que tienen que ser resueltas. Por ejemplo, parecería mucho más sencillo para un ciudadano nórdico negarse a cualquier trabajo exigente (que además implicaría el pago de impuestos) y optar por el desempleo, pues el sistema ofrece servicios y transferencias económicas muy atractivas. Sin embargo, el modelo trata de resolver este problema vinculando las prestaciones a algunas obligaciones, como la exigencia de búsqueda de trabajo, hasta el punto de que algunas prestaciones solo son recibidas por aquellos que participan en programas de empleo, formación o servicio comunitario.

Además, buena parte del gasto social tiene implicaciones en el mercado de trabajo. En un primer momento, que un país invierta en cuidado infantil o transporte no debería tener ningún impacto en la probabilidad de que un ciudadano decida buscar trabajo. Sin embargo, todos estos servicios facilitan y aumentan considerablemente las opciones laborales de los habitantes. La guardería gratuita permitirá que el padre se incorpore mucho antes al mercado laboral, mientras que un transporte eficiente le permitirá a otro buscar trabajo no solo cerca de su casa, sino explorar opciones más atractivas en la otra punta de la ciudad. 

Entonces, ¿por qué no les copiamos?

Si este sistema es tan maravilloso, especialmente en comparación con el de otras regiones, parece una estupidez que en otros países no estemos derribando nuestros modelos y edificando unos exactamente iguales al de Noruega o el de Finlandia. 

Nuestros modelos políticos y económicos evolucionan muy lentamente, existiendo un sinfín de factores que no son tan fáciles de asumir.

Sin embargo, un sistema de bienestar no nace de la noche a la mañana. Nuestros modelos políticos y económicos evolucionan muy lentamente, existiendo un sinfín de factores que no son tan fáciles de asumir o hacer aparecer como por arte de magia. Por ejemplo, en España la desconfianza hacia el Estado y la percepción de mala gestión pública es mucho más alta, lo que crea reticencias a pagar más impuestos. 

De hecho, nuestra historia es mucho más importante de lo que parece. Lo que hoy disfrutamos puede ser la respuesta a factores de hace siglos. Veamos un ejemplo. Uno de los tipos de Estado del bienestar más claros es el del Mediterráneo, en referencia a Portugal, Italia, Grecia y España. Este se caracteriza por la importancia de la familia, que cubre parte de las necesidades en las que el Estado no se suele meter (como el cuidado de familiares) o por una protección muy desequilibrada (muy segura para trabajadores fijos, no tanto para los temporales).

El hecho de que tengamos un tipo de Estado del bienestar tan marcado tiene raíces históricas. En el sur de Europa ha sido muy común el enfrentamiento entre la Iglesia católica y el Estado. Esto bloqueó durante décadas la alianza entre campesinos católicos y el movimiento obrero, una unión muy común en el norte de Europa. El rechazo entre campesinos (normalmente más conservadores) y los obreros (más de izquierdas) llevó a que estos últimos se aislaran y acabaran radicalizándose, disipando cualquier oportunidad de una unión con los reformistas. 

El resultado fue la división de la izquierda, lo que les complicó (al ir por separado) lograr una mayoría suficiente para gobernar y, las pocas veces que lo conseguían, para llevar a cabo reformas sociales amplias. Frente a ellos, el centroderecha monopolizó el sistema político y reforzó un sistema de bienestar corporativo. 

Frente a Europa del Sur, la historia del Estado del bienestar nórdico es muy diferente. ¿Por qué crearon un sistema tan igualitario? En realidad, no parece tener mucho sentido: la élite política normalmente es también la élite económica. Teniendo un interés monetario tan marcado, no parece lógico que reformen el sistema para beneficiar a las clases bajas mediante la distribución, pues iría en contra de ellos mismos. 

La explicación a esta paradoja la encontramos, de nuevo, en su historia. En el caso concreto de Suecia, el modelo universal se implanta en los años cincuenta, pero la clave está en las décadas inmediatamente anteriores. Durante 1935 y 1950, la desigualdad entre suecos se redujo drásticamente, con una brecha entre salarios altos y bajos muy pequeña.

Como todos eran parecidos en términos económicos, no había problema en crear un sistema muy redistributivo.

Esto llevó a un clima de confianza: en una sociedad muy escéptica, sería imposible implantar un sistema colectivo, pues los más ricos tienen miedo de que los pobres se aprovechen. Sin embargo, como hubo un proceso de igualación previo, pudieron superar la «trampa social». Como todos eran parecidos en términos económicos, no había problema en crear un sistema muy redistributivo. 

En definitiva, modificar un sistema del bienestar es muy complejo, pues son necesarios indicadores económicos y sociales previos para asegurar la viabilidad del nuevo modelo. Por si fuera poco, algunos de estos determinantes tienen orígenes culturales o incluso históricos, los cuales son muy complicados de cambiar incluso a largo plazo. 

Nadie es perfecto, todos pueden mejorar

Sin embargo, la historia no acaba aquí. En primer lugar, a pesar de que el modelo nórdico sea brillante, no por ello deja de enfrentar retos complejos. Como ya se ha indicado, este sistema de hecho descansa en un equilibrio muy frágil entre eficiencia económica e igualdad social. Mucha gente debe trabajar para financiar el sistema, pero los ciudadanos nórdicos están envejeciendo y podría ser un problema en el futuro.

La globalización provoca que las economías nórdicas sufran distorsiones frente a países con sistemas fiscales más amigables y, además, el gasto social es cada vez más y más costoso, pues los servicios (educación, sanidad…) siempre evolucionan y se encarecen.

Finalmente, que los sistemas sociales estén tan arraigados en nuestra historia no quiere decir que algunas políticas públicas no puedan adoptarse. Cada país hace sus experimentos frente a problemas actuales, como la vivienda. Si en uno de ellos funciona, es posible copiar una política pública, aunque siempre teniendo en cuenta que no hay dos naciones iguales. Lo importante es ser consciente de nuestras particularidades (en qué somos buenos y en qué somos malos) y ver cómo se puede traducir una nueva medida política.

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por Yago Jiménez Bean

Politólogo y jurista. Actualmente, realizando un Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Carlos III de Madrid. Interesado especialmente en la competencia partidista y el comportamiento político, pero con café para mucho más.

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