Desde hace décadas, en Estados Unidos religión y política ya no están tan separados como uno podría pensar al leer la primera enmienda. Del lado republicano, el nacionalismo cristiano y en el demócrata las nuevas voces que buscan traer de nuevo la religión al partido.

El 21 de octubre de 2025, la céntrica y concurrida plaza de Callao paró su acostumbrado ritmo para mirar cómo Rosalía anunciaba su nuevo disco: Lux. Este disco, y más concretamente su portada, en la que se ve a esta ataviada como una monja, ha traído de vuelta un debate cíclico sobre lo apropiado del uso de la estética religiosa cuando el fondo no acompaña.

En Estados Unidos, religión y política parecen estar inseparablemente unidos desde que George Washington dijera en el siglo XVIII que «es imposible gobernar un país correctamente sin Dios y la Biblia». Sin embargo, esta unión es muchas veces simbólica, quedando relegada a actos como jurar sobre la Biblia o asistir a misa. De hecho, el país estableció la división entre Iglesia y Estado en la primera enmienda de su constitución.

Parecería entonces que la religión en la política norteamericana es un elemento accesorio, casi estético. Sin embargo, esto ha cambiado en los últimos años.

Al igual que Rosalía con Lux, parecería entonces que la religión en la política norteamericana es un elemento accesorio, casi estético. Sin embargo, esto ha cambiado en los últimos años. Desde ambas alas del espectro político parece que la religión cobra más fuerza. ¿Estamos ante un cambio permanente en el rol que tiene la religión en la política estadounidense? ¿Para ambos partidos?

El partido republicano: nacionalismo cristiano y el giro evangélico

Esta historia comienza en los años setenta. Los cristianos evangélicos, que en esa época suponían el 20 % del total del 90 % de estadounidenses que se identificaban como cristianos, llevaban buena parte del siglo XX fuera de la política, bajo la premisa de que el mundo secular estaba perdido sin remedio. Los avances sociales en temas como los derechos civiles, la retirada de la oración obligatoria en las escuelas o el acceso al aborto provocaron un cambio significativo en la doctrina evangélica que perdura hasta hoy: no participar en política es permitir que el mal gobierne.

Esta doctrina del abandono culpable permea y cambia la idea evangélica fundamental del rapto (la certeza de que llegará el día en el que los justos asciendan al cielo y Dios baje a purgar el mundo terrenal que se ha perdido a los excesos). Si bien hasta ese momento el consenso era que el mundo terrenal, y por extensión la política, estaba perdido hasta que Jesús regresara y trajera de vuelta el reino de los cielos, aquí la cosa se invierte y pasa a ser necesaria la creación del reino de los cielos en la Tierra para propiciar el descenso de Jesús.

Dicho reino debe realizarse a través de la política, creando una nueva responsabilidad imperativa de participar donde votar, legislar o controlar tribunales es una forma de obediencia religiosa.

Surgen en este momento organizaciones como la Moral Majority de Jerry Falwell que concretan esta nueva visión del papel que debe tener la religión en la política identificando enemigos claros, traduciendo doctrina religiosa en políticas públicas y conectando iglesias locales con campañas electorales nacionales.

Entra entonces en juego el Partido Republicano. Estos pasaban por una crisis tras la dimisión de Nixon como consecuencia del caso Watergate y necesitaban una base emocional y movilizada. El conservadurismo económico ya no bastaba para ganar elecciones, por lo que era necesaria una nueva narrativa moral que sustituyera al consenso del New Deal.

Así, la unión con los cristianos evangélicos parecía perfecta, pues ambos necesitaban lo que el otro podía ofrecerles. Solo faltaba una figura que aunara los intereses de ambos y terminara de sellar la alianza: Ronald Reagan.

Reagan entiende desde muy temprano que los evangélicos no buscan un predicador en la Casa Blanca, sino un protector político.

Reagan entiende desde muy temprano que los evangélicos no buscan un predicador en la Casa Blanca, sino un protector político. Esto lo diferencia de otros intentos similares de candidatos como Barry Goldwater. Ronald Reagan logra contentar al electorado evangélico a través de un lenguaje providencial con términos de bien y mal claros. Todo, además, unido a promesas electorales como la defensa de la familia tradicional, la oración y la lucha contra el aborto, que lanzan un mensaje de reconocimiento simbólico a los evangélicos sin alienar a la base republicana tradicional.

Las elecciones de 1980, que llevan a Reagan a la Casa Blanca, sirven también para marcar el nacimiento de un bloque político-religioso en la unión entre los evangélicos y los republicanos: el nacionalismo cristiano.

Subsecuentes presidentes republicanos han contribuido y ampliado esta unión, que alcanza su punto culminante durante la presidencia de George W. Bush con la fusión entre misión nacional y providencialismo tras el once de septiembre y sus «iniciativas basadas en la fe».

Los dos mandatos de Bush, sin embargo, dejaron decepcionadas a las bases más devotas, que esperaban la restauración moral por la que llevaban luchando desde los setenta. Curiosamente, la respuesta que estaban buscando vino de la mano de Barack Obama.

La elección de Obama en 2008 supuso un punto de inflexión. Esta actúa como acelerador para amplios puntos del nacionalismo cristiano, al representar la secularización definitiva y terminar de cristalizar la idea de que el liberalismo era anticristiano.

Es así como llegamos a la presidencia de Donald Trump, que abraza el nacionalismo cristiano y este le abraza a él de vuelta, a pesar de las contradicciones que esto supone. La nación cristiana pasa aquí ya a ser propiedad robada y eso implica poder hacer mayores concesiones para recuperarla.

El nacionalismo cristiano tras 2020 se descentraliza y se convierte en una estructura mucho más eficiente y eficaz con presencia efectiva en diversas instituciones. No solo estamos ante un movimiento que ha redefinido la identidad del Partido Republicano, sino que su influencia en política material va mucho más allá.

El partido demócrata: James Talarico y el lenguaje cívico universal

En la historia del nacionalismo cristiano, el Partido Demócrata se ha visto exclusivamente como un rival a batir. La línea que se definió a finales del siglo XX y principios del XXI puso la religión del lado de los republicanos de una manera tan rotunda que parecía firme.

Sin embargo, en los últimos años se ha visto un movimiento para reclamar de nuevo el cristianismo como parte del liberalismo político no solo en forma, sino también en fondo. Enmarcamos aquí momentos como el discurso de la obispa Mariann Edgar Budde tras la toma de posesión de Trump, pero sobre todo a James Talarico.

James Talarico tiene 36 años, es miembro de la Cámara de Representantes de Texas. Además, es maestro y pastor, destacando como potencial candidato al Senado de los Estados Unidos en las elecciones de medio mandato de este año.

Talarico habla directamente de fe cristiana desde una posición progresista, rompiendo con décadas de tradición en el Partido Demócrata.

Su nombre puede no resultar familiar fuera de los círculos especializados, pero su repercusión es bastante amplia en Estados Unidos, habiendo incluso aparecido en el podcast más escuchado del mundo, The Joe Rogan Experience.

Talarico habla directamente de fe cristiana desde una posición progresista, rompiendo con décadas de tradición en el Partido Demócrata. En el centro de su discurso hay dos ideas muy claras. En primer lugar, señalar los problemas del nacionalismo cristiano desde la fe y sacar la religión del centro de la política estadounidense.

La separación entre Iglesia y Estado, según la describe Talarico, no existe solo para proteger al Estado, sino que fundamentalmente protege a la religión frente a la posibilidad de que esta pierda su esencia.

Eso no quiere decir que la religión no influya de manera tangible en su idea de la práctica política. La clave es que para Talarico el fundamento moral, más que imponerse como teología, debe inspirar un lenguaje cívico universal.

In God we trust

Al contrario que esa portada con Rosalía vestida de monja y su nuevo tinte de pelo en forma de halo, la infiltración de la religión en la política estadounidense va más allá de lo estético.

Los demócratas, tras años de conceder el terreno de la fe a los republicanos, comienzan a generar en su seno alternativas.

El nacionalismo cristiano es una realidad con más de cincuenta años de implantación territorial, cuyas ambiciones políticas no han hecho más que crecer con el paso de los años y las administraciones.

Los demócratas, tras años de conceder el terreno de la fe a los republicanos, comienzan a generar en su seno alternativas como James Talarico, que toman el cristianismo y la fe como base para inspirar políticas públicas empáticas.

Sea como fuere, lo que parece estar claro es que la época en la que la Biblia solo era un libro en el que los políticos ponían la mano antes de juzgar el cargo hace tiempo que pasó a la historia.

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por Alejandro Hernández

Filólogo y (casi) jurista. Yo he venido aquí a hablar de política (especialmente la de Estados Unidos) y tomar café (especialmente el de fuera de Estados Unidos).

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