En una segunda vuelta igualada y llena de tensión, el país más grande de América Latina decidirá este domingo entre continuar apoyando el proyecto de Lula o regresar a la senda bolsonarista impulsada por Flávio.

Este domingo, Brasil acudirá nuevamente a las urnas para la segunda vuelta de sus elecciones presidenciales, tras una primera vuelta inconclusa el pasado 4 de octubre. El líder izquierdista, Luiz Inácio Lula da Silva (del Partido de los Trabajadores), busca la reelección para un segundo mandato, enfrentando el desafío del derechista Flávio Bolsonaro (del Partido Liberal), senador e hijo del expresidente Jair Bolsonaro, hoy día encarcelado. La votación se celebra en un ambiente tenso y polarizado, con la mayoría de las encuestas actualmente dentro del margen de error.
La elección sucede a una primera vuelta igualmente ajustada, en la que Flávio obtuvo un sorprendente primer lugar con el 47 % de los votos, frente al 45 % de Lula, contradiciendo los sondeos preelectorales que pronosticaban el resultado inverso y forzando una segunda vuelta, ya que ningún candidato superó el 50 % de los votos requeridos para proclamarse ganador en primera vuelta. En ese contexto, que tratamos en el manual de la primera vuelta y las elecciones legislativas y estatales celebradas simultáneamente, el país más grande, poblado y poderoso de América Latina definirá este domingo su destino para los próximos cuatro años.
Una campaña tensa
La campaña llega a su recta final con un escenario de empate técnico inédito a pocos días de la votación, y las encuestas se han estrechado de forma sostenida. El último sondeo de Datafolha mostró a ambos candidatos empatados al 50 % en votos válidos (y un 47 % frente a un 46 % en voto total), mientras otros sondeos confirman que Lula ha recortado la ventaja inicial de Flávio.
A fin de reducir la ventaja de su competidor, el presidente ha apostado estas tres semanas por un agresivo despliegue de medidas de último minuto (como el fin de la jornada laboral 6 × 1, subsidios a los combustibles y reglamentaciones al sector de los videojuegos), movilizaciones callejeras y una fuerte organización en redes sociales, mientras que Bolsonaro ha intentado consolidar el voto de la base bolsonarista y atraer el de los candidatos eliminados en la primera vuelta (en su mayoría, figuras de centroderecha y derecha).
Los comicios estuvieron acompañados por una elección legislativa en la que el bolsonarismo logró avances enormes, con varios parientes del propio expresidente Bolsonaro accediendo a cargos electos. El Partido Liberal (principal fuerza del movimiento) logró la mayor bancada de un solo partido desde 1989, y muchos de sus aliados en otras fuerzas lograron victorias en el plano estatal. Si Flávio ganara, llegaría como uno de los presidentes brasileños con mayor respaldo institucional desde la vuelta de la democracia.
La disputa está marcada por una polarización extrema y por temas como la seguridad, la economía, la percepción del tercer gobierno de Lula y el peso simbólico del expresidente Jair Bolsonaro (condenado y en prisión domiciliaria por su implicación en el asalto a los poderes públicos tras la jura de Lula). Los debates han sido duros y cruzados, con acusaciones mutuas de corrupción y diferencias sobre programas sociales y orden público.
Si Flávio ganara, llegaría como uno de los presidentes brasileños con mayor respaldo institucional desde la vuelta de la democracia.
En el plano territorial, Flávio concentra su respaldo en el sur y el sudeste, con un núcleo de apoyo concentrado entre los electores evangélicos (que hoy representan más de un 30 % de la población). Frente a él, Lula conserva su bastión en el nordeste, buscando además el respaldo de la menguante mayoría católica. Con la incertidumbre total en las encuestas y un poder de terceros candidatos muy limitado (Lula y Flávio acapararon más del 92 % de las preferencias juntos), el desenlace dependerá en buena medida de una pequeña cantidad de indecisos, pudiendo ser el resultado aún más ajustado que el de las elecciones de 2022.
De cara a esta votación, toca preguntarse: ¿qué tienen a su favor Flávio Bolsonaro y Lula da Silva para quedarse con la victoria?
A favor de Flávio
La victoria en la primera vuelta. Flávio salió de la primera vuelta con un 47 % de los votos, a menos de tres puntos de ganar la presidencia sin necesidad de balotaje. Desde la instauración de la elección presidencial directa y el sistema de doble vuelta en Brasil, el candidato que gana el primer lugar en la primera vuelta siempre ha salido electo en la segunda. Esto se debe a una combinación de factores, como la necesidad de sumar menos apoyos adicionales que su rival.
Aunque el panorama de los terceros es muy limitado, la mayoría de los eliminados eran candidatos de derecha, y muchos de sus votantes tienden a identificarse con las agendas socialmente conservadoras y punitivistas o económicamente liberales promovidas por el bolsonarismo. Su fuerte respaldo legislativo y estatal puede ayudarlo a vender una imagen de «gobierno estable» que impulse su posición.
Desde la instauración de la elección presidencial directa y el sistema de doble vuelta en Brasil, el candidato que gana el primer lugar en la primera vuelta siempre ha salido electo en la segunda.
Un voto concentrado. La principal base de votantes del bolsonarismo viene del electorado evangélico, cuya población creciente asciende a más de un 30 % del país. Si bien no todos los evangélicos votan al bolsonarismo, las encuestas coinciden en que la gran mayoría lo respalda. Esto hace que el bloque inicial de votos del bolsonarismo sea mucho más estable, rígido e impenetrable que el de Lula.
Agotamiento de Lula. El gobierno de Lula llega a las urnas sumamente cuestionado por la inseguridad urbana, que ha sido el tema emblemático de la campaña de Flávio (con promesas de «mano dura»). Entre eso, la edad de Lula y el creciente desgaste de su liderazgo, el bolsonarismo puede apostar a combinar la legitimidad heredada de su padre con un perfil más «rejuvenecido».
Retórica anti-establishment. Aunque Flávio se ha identificado con intereses políticos y empresariales del establishment, llega a las elecciones con la ventaja de estar en la oposición. Asimismo, el arresto de su padre y las críticas crecientes contra el Poder Judicial brasileño (envuelto en una crisis interna desde hace varios meses), junto con sus promesas de emprender acciones en su contra, pueden contribuir a reforzar su imagen entre electores descontentos con las instituciones, sumamente cuestionadas en la mayoría de los sondeos.
A favor de Lula
Espejo inverso de la elección de 2022. En 2022, Lula obtuvo un resultado muy favorable en la primera vuelta, con un 48 % de los votos frente al 43 % de Jair Bolsonaro, y de cara a la segunda la mayoría de las encuestas pronosticaban un resultado aún más amplio. Sin embargo, Bolsonaro superó las expectativas, y Lula terminó accediendo a su tercer mandato por una diferencia de tan solo dos millones de votos (menos de dos puntos de diferencia). Esto implica que Bolsonaro (respaldado por la maquinaria del Estado y la articulación reactiva del voto anti-Lula) logró recortar casi seis puntos en tan solo unas pocas semanas.
Lula obtuvo algo más del 45 % en la primera vuelta. Este hecho apunta a que (de repetirse la hazaña de Bolsonaro en 2022 por ventajas de incumbencia y articulación de un bloque católico contrario a la avanzada evangélica) tendría que recortar una distancia menor que la que recortó Bolsonaro, lo que podría permitirle lograr lo que este no logró y superar a Flávio.
Electorado católico favorable. Lula ha buscado cortejar el voto católico con el fin de articular una «mayoría antibolsonarista». Si bien estos esfuerzos no dieron frutos en la primera vuelta, de cara a la segunda podrían contribuir a movilizar a los electores más reacios al avance evangélico ante la posibilidad de un gobierno de Flávio. En ese contexto, no quedaría más opción para estos electores que votar por él.
Gestiones de último momento. Tras el resultado de la primera vuelta, Lula emprendió una agresiva movilización de su militancia, organizando grandes actos y convocando a sus partidarios a ejecutar un amplio despliegue en redes sociales. Asimismo, ha prometido reforzar programas sociales y ha ejecutado una serie de políticas públicas y reformas legislativas de impacto social con fines electorales. Los sondeos apuntan a que estas han dado ciertos frutos a la hora de mejorar su imagen.
De cara a la segunda, el voto católico podría contribuir a movilizar a electores más refractarios al avance evangélico por la inminencia de un gobierno de Flávio.
Defensa de la democracia y la separación de poderes. Lula dedicó su campaña de la primera vuelta a retratar a Flávio como una amenaza para la democracia. En las elecciones legislativas y gubernativas, fuerzas leales al bolsonarismo obtuvieron resultados muy favorables, lo que deja a Flávio a tan solo una negociación eficaz con las fuerzas del Centrão o «Gran Centro» (los bloques de poder regional, empresarial o religioso) de poder emprender las acciones prometidas contra el Poder Judicial (con el que ha sido ferozmente crítico). Si esto logra asustar a los votantes moderados, Lula podría salir beneficiado.
En conclusión
La segunda vuelta en Brasil puede definirse por una combinación de factores tan ajustados que resulta imposible predecir un resultado. Aunque varios factores parecen favorecer a Flávio Bolsonaro, no se puede descartar una sorpresa de última hora por parte de Lula da Silva, un líder político de larga trayectoria que marcó los últimos veinticuatro años de la política brasileña. No obstante, la polarización entre el lulismo y el bolsonarismo sigue más fuerte que nunca; los factores (sectarios, sociales e ideológicos) que explican su consolidación seguirán ahí y sus dirigentes continuarán jugando un papel protagónico en el corto plazo.
Independientemente del devenir electoral, el vencedor deberá ofrecer resultados a una población hastiada de la clase política, irritada por el lento impacto del crecimiento económico en sus bolsillos y preocupada por la presencia urbana de grupos violentos del crimen organizado. Esta elección no solo definirá quién gobierna los próximos cuatro años, sino también el tono de la relación entre el Ejecutivo y el Poder Judicial, y el lugar que Brasil ocupará en el mapa político de América Latina.
