Carlos Martínez llega como candidato con apenas un año al frente de un partido renovado a la fuerza desde Madrid. Las encuestas le sitúan algo mejor de lo esperado, pero las heridas internas siguen abiertas. El resultado del domingo decidirá si se cierran o si se convierten en una crisis en toda regla.

Pocas formaciones llegan a unas elecciones autonómicas con una contradicción tan marcada como la que arrastra el PSOE de Castilla y León. Por un lado, los números: las encuestas les sitúan a un par de puntos del Partido Popular (PP), una perspectiva que hace apenas dos años habría parecido improbable en una comunidad que el PP gobierna de manera ininterrumpida desde 1987. Por otro lado, la realidad interna: un partido que fue reconfigurado desde Madrid hace apenas doce meses, que no ha terminado de cerrar las heridas del proceso y que presenta a un candidato que todavía trabaja para ser conocido más allá de la provincia de Soria.
El resultado del 15 de marzo definirá cuál de las dos realidades se impone. Si Carlos Martínez sostiene o mejora los 28 escaños actuales, la dirección federal de Pedro Sánchez habrá ganado la apuesta. Si los pierde, los críticos, que se han mantenido comedidos estas últimas semanas, podrían revelarse y abrir el partido en canal.
Un candidato nuevo en un partido viejo
Carlos Martínez Mínguez tiene 52 años y lleva casi dos décadas gobernando Soria con mayoría absoluta. Sus cuatro victorias consecutivas le convirtieron en un buen perfil para la dirección federal cuando esta buscaba un sustituto para Luis Tudanca a principios de 2025. El alcalde soriano presentó su candidatura señalando que no era el hombre de Ferraz, aunque su designación se produjo precisamente en medio del conflicto con Tudanca.
Su postura crítica con la financiación autonómica y su resistencia a que Ferraz modificara las listas para las generales de julio de 2023 le enemistaron con Santos Cerdán.
Hay que recordar que Tudanca había ganado al PP en las elecciones de 2019 por primera vez desde 1987 y se había quedado a 1,4 puntos de la lista popular en 2022. Aun así, su postura crítica con la financiación autonómica y su resistencia a que Ferraz modificara las listas para las generales de julio de 2023 le enemistaron con Santos Cerdán, entonces secretario de Organización del PSOE federal. Esto acabó forzando la salida de Tudanca de la dirección regional, un proceso que los críticos del partido describen con términos como «caza de brujas».
En este contexto, Martínez recibió las llaves de una organización con nueve estructuras provinciales distintas, historias propias y resentimientos recientes. Su larga trayectoria como alcalde le convierte en un perfil sólido sobre el papel. Sin embargo, Martínez es poco conocido fuera de Soria. Hay que tener en cuenta que esta es la capital de provincia más pequeña de la comunidad (y la segunda de España, solo por detrás de Teruel). Por este motivo, el candidato soriano ha dedicado el último año a recorrer el territorio y a intentar que su nombre suene más allá del Duero, pero el reconocimiento fuera de su provincia sigue siendo limitado. A eso se añade que ciertos sectores del partido critican que el proceso de renovación interna no ha sido tan integrador como se anunció, y que quienes estuvieron junto a Tudanca han encontrado poco espacio en la nueva estructura.
La campaña del «No a la guerra»
La campaña del PSOE en Castilla y León no se puede entender sin tener en cuenta el contexto geopolítico. El conflicto de Irán y la presión de Estados Unidos han proporcionado a Pedro Sánchez un discurso que la dirección federal ha trasladado sin matices a los comicios autonómicos: el «No a la guerra» como símbolo de soberanía y patriotismo. Los mítines de la campaña han incorporado este mensaje de forma explícita, con pantallas y eslóganes que reproducen la posición del Gobierno central frente a Washington.
Por ejemplo, el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero hizo gala de ese mensaje en el mitin celebrado en León, donde trazó un explícito paralelismo con la postura del PSOE frente a la guerra de Irak en 2003. Con ello busca recordar a un electorado de izquierdas que fue entonces a las urnas movilizado por ese mismo rechazo a la guerra, en lo que fue uno de los grandes éxitos electorales del socialismo español. Que el acto se celebrara en León, la provincia donde la situación interna del PSOE es más tensa, y que el alcalde José Antonio Diez no se presentara, dice mucho del estado real de la organización.
El PSOE necesita movilizar a un votante de izquierda que en Castilla y León tiende a la abstención y un conflicto internacional en el que el PP y Vox aparecen alineados.
La apuesta por este marco tiene una lógica clara. El PSOE necesita movilizar a un votante de izquierda que en Castilla y León tiende a la abstención y un conflicto internacional en el que el PP y Vox aparecen alineados con posiciones favorables a la intervención militar puede servir como catalizador. El desgaste del presidente de la Junta, Alfonso Fernández Mañueco, acumulado tras cuatro décadas de hegemonía popular y la coalición con Vox durante la última legislatura, amplifica ese mensaje. Sin embargo, la estrategia no está exenta de riesgos: si el electorado percibe que la campaña autonómica ha sido colonizada por la agenda nacional, puede reforzar la abstención en lugar de combatirla, y algunos dirigentes territoriales no ocultan sus reservas ante una campaña que, en su opinión, habla más de Sánchez que de Castilla y León.
Las encuestas y la aritmética de las nueve circunscripciones
Los sondeos publicados durante la campaña sitúan al PSOE a menos de 3 puntos por debajo del PP. El partido parte de 28 diputados frente a los 31 del Partido Popular, con la mayoría absoluta fijada en 42 escaños. En términos de votos, la distancia entre ambos podría estrecharse, pero el sistema electoral castellanoleonés convierte esa diferencia de porcentaje en una brecha de escaños difícil de gestionar.
Un partido puede quedar por detrás en el voto total y, sin embargo, obtener más diputados que su rival.
La distribución en nueve circunscripciones provinciales introduce una enorme volatilidad en el resultado final. En territorios poco poblados como Soria, Zamora o Segovia, un puñado de votos puede determinar si un partido gana o pierde el último escaño en juego, lo que hace muy complicado el cálculo final. Esto permite que las proyecciones globales sean orientativas, pero no determinantes: un partido puede quedar por detrás en el voto total y, sin embargo, obtener más diputados que su rival si los suyos se concentran en las provincias adecuadas.
El comportamiento de Vox introduce otra variable de primer orden. Si la formación alcanza o supera el 20 % de los votos, sus ganancias de escaños probablemente se producirán a costa del PP, que vería reducida su representación. Ese escenario beneficiaría al PSOE de forma indirecta, aunque no le garantizaría la gobernabilidad: sin mayoría y sin un socio con el que pactar, Martínez solo podría aspirar a liderar una oposición reforzada, lo que dadas las circunstancias internas del partido ya sería considerado un éxito.
Qué está en juego el 15 de marzo
Para el PSOE de Castilla y León, el 15 de marzo tiene dos lecturas superpuestas. La primera es electoral: ¿puede el partido consolidar su posición como alternativa real al PP tras décadas en la oposición? La segunda es interna: ¿puede el candidato impuesto desde Madrid terminar de legitimar su liderazgo ante un partido que todavía carga con las heridas del cambio?
Los focos de tensión más evidentes están en León y Palencia. El alcalde leonés José Antonio Diez, que llegó a pedir un congreso federal extraordinario para renovar liderazgos y que mantiene posiciones leonesistas que incluyen apoyar la creación de una autonomía propia para León, representa el sector más díscolo. La alcaldesa de Palencia, Miriam Andrés, también ha marcado distancias con la dirección federal en varias ocasiones. Así, el resultado electoral determinará si el margen de maniobra de Martínez se amplía o si los críticos consideran llegado el momento de ajustar cuentas.
La dirección federal, por su parte, no oculta su confianza en Martínez. Desde Ferraz lo presentan como alguien que en poco tiempo ha sabido armar bien la organización, un juicio que los críticos no comparten, pero que de momento no discuten en voz alta. El umbral del éxito está relativamente bien definido: mantener los 28 escaños y no alejarse demasiado del PP. Todo lo que quede por encima de ese listón será presentado como una victoria. Todo lo que quede por debajo abrirá un nuevo ciclo de inestabilidad interna en un partido que, cuatro décadas después de perder el gobierno de la comunidad, todavía no ha encontrado la manera de estabilizarse.
