Trump encadena varias crisis diplomáticas con otros países, a menudo reforzando la popularidad de los líderes con los que se enfrenta. Hoy hablamos del efecto bandera, un concepto clave en Ciencia Política.

¿Qué es el «efecto bandera»? 

En 1970, el politólogo estadounidense John Mueller acuñó el concepto «rally round the flag effect», traducido a nuestro idioma como «efecto bandera». Mueller observó en su estudio que la popularidad de los presidentes estadounidenses experimentaba subidas abruptas en los momentos de crisis internacional. La intervención militar en Corea, el incidente del golfo de Tonkín o la crisis de los misiles de Cuba son solo algunos ejemplos de este fenómeno que mencionaba el autor. En todos ellos, los presidentes en ejercicio consiguieron revertir su tendencia a la baja en el índice de aprobación, siquiera por un breve periodo de tiempo. 

Ante una amenaza externa o una decisión trascendente de política internacional, la opinión pública tiende a «cerrar filas» en torno a los gobernantes, por patriotismo o por temor a la inestabilidad.

Pero, ¿esto solo ocurre en Estados Unidos? Estudios realizados en otros países, como en Rusia y Ucrania desde el inicio de la guerra, han arrojado resultados similares. Parece evidente que, ante una amenaza externa o una decisión trascendente de política internacional, la opinión pública tiende a «cerrar filas» en torno a los gobernantes, por patriotismo o por temor a la inestabilidad.

Sin embargo, el fenómeno del efecto bandera también lo conocen nuestros gobernantes, lo que abre una realidad incómoda: el posible aprovechamiento de este fenómeno por parte de los gobiernos en momentos de debilidad demoscópica. En este sentido, la política exterior de la actual administración estadounidense de Donald Trump está proporcionando un gran número de casos de estudio del efecto bandera, tanto dentro de su propio país como en las naciones afectadas por las sucesivas crisis diplomáticas provocadas en estos últimos dos años. Veamos algunos de ellos. 

La crisis de Groenlandia

Antes incluso de tomar posesión como presidente, en enero de 2025, Donald Trump sorprendió a Occidente reclamando para Estados Unidos la soberanía de la isla de Groenlandia, perteneciente a Dinamarca. Por entonces, no corrían tiempos fáciles para el gobierno danés: la aprobación de la coalición liderada por Mette Frederiksen se encontraba en un mínimo histórico de un 31,7 %. Esto hacía pensar que la primera ministra, en el poder desde 2019, podría ser sustituida al frente del ejecutivo con las siguientes elecciones. Con todo, solo mes y medio después del inicio de la nueva administración Trump, un nuevo sondeo reflejaba un repunte significativo de cinco puntos y medio en la popularidad del gabinete, que se recuperaba con fuerza de los malos resultados de meses anteriores. 

La tendencia al alza se fue revirtiendo conforme la crisis parecía solucionarse. Sin embargo, a finales de 2025, el conflicto se reavivó con otra ofensiva diplomática estadounidense, lo que catapultó de nuevo la opinión favorable sobre la figura de la primera ministra danesa. Quizás con la intención de aprovechar esta mejoría en sus pronósticos electorales, la mandataria decidió convocar elecciones generales, que se celebraron el 24 de marzo de 2026. Los resultados electorales dejaron a los partidos del gobierno con menos escaños que en 2022, pero Mette Frederiksen mantuvo a los socialdemócratas como primera fuerza y, tras más de dos meses de negociaciones, logró forjar una nueva coalición y formar su tercer gobierno. 

De hecho, la jefa de gobierno de Dinamarca está habituada a salir reforzada de esta clase de crisis. Durante sus sucesivos ejecutivos ha destacado por responder de manera decidida y contundente a los diferentes desafíos que ha tenido que afrontar, desde el coronavirus hasta este ataque a la integridad territorial de su país, pasando por la guerra de Ucrania y la creciente alarma social por la cuestión migratoria en Europa. No cabe duda de que Frederiksen conoce las oportunidades que proporciona el efecto bandera en situaciones percibidas como amenazas exteriores, y logra sacar provecho de este fenómeno como pocos líderes europeos son capaces. 

La guerra comercial con Canadá

Canadá supone un caso todavía más espectacular de manifestación del efecto bandera. En los últimos meses de 2024, el gobierno liberal de Justin Trudeau evidenciaba un acusado desgaste acumulado tras nueve años en el poder. Sondeos de diciembre mostraban que la oposición conservadora aventajaba en doce puntos al Partido Liberal, una distancia muy difícil de salvar a menos de un año de las siguientes elecciones federales, que debían celebrarse, a más tardar, en octubre de 2025. 

Todo cambió con la propuesta de la incipiente administración Trump de convertir a Canadá en el «estado 51» de su país. La guerra comercial, desatada por los norteamericanos apenas un mes después de la investidura presidencial, terminó por despertar entre los canadienses el sentimiento de incertidumbre y de estar siendo atacados. Encuestas de enero y febrero ya mostraron un profundo rechazo a las amenazas de Donald Trump y un incremento significativo del sentimiento patriótico entre los canadienses. 

En su artículo de 1970 antes mencionado, John Mueller señalaba que el efecto bandera también se produce con los inicios de un nuevo mandato presidencial. Este politólogo detectó en su estudio que los nuevos presidentes suelen vivir una «luna de miel» en los primeros meses de gobierno, recibiendo unos apoyos adicionales que mantienen los índices de aprobación altos. La dimisión de Justin Trudeau y el nombramiento de Mark Carney como nuevo primer ministro contribuyeron decisivamente a la resurrección del Partido Liberal en los sondeos. Carney, conocido por su larga trayectoria en el sector financiero, logró vender su candidatura como la de un estadista, el gestor que necesitaba el país en medio de la crisis con los vecinos del sur. Así, en apenas un mes de campaña, revirtió la caída de su partido hasta alzarse con la victoria en las elecciones del 28 de abril y formar un nuevo gobierno liberal. 

Más de un año después, todo indica que Carney sigue beneficiándose del efecto bandera producido por la hostilidad estadounidense. Tras la ruptura de las negociaciones para evitar la guerra comercial el pasado agosto, el primer ministro canadiense se dirigió a la nación para explicar las razones que le habían llevado a rechazar las exigencias de Estados Unidos y reivindicar la identidad francófona del país. El tono épico y patriótico de las declaraciones de Carney sugiere un intento por aprovechar el efecto bandera.

Por lo visto, parece que lo está logrando: el índice de aprobación de la gestión de Carney se encuentra en máximos y existe una opinión general favorable a la decisión del gobierno canadiense de levantarse de la mesa de negociaciones con Trump. Queda por ver cuánto durará este momento de «agrupamiento en torno a la bandera», y cómo valorarán los canadienses al primer ministro una vez la crisis diplomática deje de ser la preocupación principal en el país. 

¿Y el propio Trump?

Una vez estudiados los casos de Dinamarca y Canadá, podemos detenernos finalmente en cómo ha reaccionado la población estadounidense a la deriva belicista y disruptora desarrollada por su propio gobierno. Al contrario que en los países anteriores, de puertas para adentro la amenaza exterior no ha producido  ese sentimiento de adhesión a los gobernantes, o bien ese efecto ha sido efímero e insuficiente para alterar la tendencia general. 

El evento más ilustrativo de esta contradicción a la presunta regla del efecto bandera es la guerra en curso de Estados Unidos e Israel contra Irán. Lo cierto es que los niveles de aprobación de la segunda administración trumpista no han mejorado tras el inicio de la guerra. Trump continúa teniendo un nivel de apoyos excepcionalmente bajo seis meses después, en un declive que se afianza con cada encuesta. 

El 69 % de los estadounidenses cree que Trump no ha explicado suficientemente los objetivos que persigue Estados Unidos con la guerra.

¿Por qué esta incapacidad del presidente para capitalizar la incertidumbre por la situación internacional? Hay una diferencia clave con los casos de Dinamarca y Canadá: mientras en estos países existe un consenso de encontrarse ante un ataque proveniente del exterior, Donald Trump no ha tratado apenas de disimular su papel de agresor en el conflicto con Irán. No hubo una causa evidente y grave, un evento decisivo e impactante que justificara el ataque a Irán.

Aparte de las alertas sobre el programa nuclear iraní, que venían repitiéndose desde hacía años, el gobierno norteamericano no ha sido capaz de presentar a la nación un relato creíble de por qué es el momento de terminar con el régimen iraní. Así, y de acuerdo con una encuesta de Ipsos y Reuters, publicada en julio, el 69 % de los estadounidenses cree que Trump no ha explicado suficientemente los objetivos que persigue Estados Unidos con la guerra. Claramente, la guerra no ha servido como motivo de reunión de la población en torno a la bandera. 

Podríamos concluir diciendo que, si bien el efecto bandera es una realidad a tener en cuenta para entender el comportamiento político en nuestro tiempo, no cualquier crisis internacional o conflicto exterior garantiza un automático aumento en la popularidad de los gobiernos. Es necesario que exista un consenso entre la población sobre la necesidad de defenderse o de responder al desafío que afronta el país en su conjunto, por encima de las divisiones entre partidos o ideologías políticas. 

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por Carlos de Francisco Cañón

Estudio Derecho por vocación e Historia y Política por pasión en la UC3M. Fascinado por el mundo que nos ha tocado vivir, deseoso por entender su funcionamiento cada día un poco más.

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