China está avanzando hacia un futuro distinto al que Occidente esperaba que avanzaría y para poder comprender este futuro hay que empezar por entender a Xi Jinping.

El ascenso de China lleva siendo un hecho innegable décadas. Sin embargo, antes se interpretaba desde una perspectiva meramente económica, mientras que ahora parece emerger la posibilidad de que vaya más allá. 

Desde su llegada al liderazgo del Partido Comunista Chino en 2012, Xi Jinping ha reforzado el papel del partido y ha puesto en el centro de sus objetivos la construcción de una China con poder real y una autosuficiencia en la que se hace especial hincapié en lo relativo a materias tecnológicas. El país es ahora una potencia industrial, tecnológica, diplomática y militar pero, ¿cuál es el objetivo de Xi Jinping?

La mañana siguiente 

Para entender a Xi Jinping debemos remontarnos primero al periodo tras la muerte de Mao Zedong. Porque la China de Mao había sido una sociedad profundamente ideologizada, con una economía organizada fundamentalmente mediante planificación estatal y campañas políticas destinadas a transformar radicalmente la sociedad, siendo la Revolución Cultural el mejor ejemplo de esta visión. 

Tras la muerte de Mao Zedong en 1976, Deng Xiaoping modificó este sistema introduciendo mecanismos de mercado y fomentando la inclusión de China en la economía mundial. 

Esta transformación económica fue un gran éxito, pero no implicó una transformación profunda política y social: esas áreas continuaron siguiendo la línea tradicional. El giro económico se entiende como un movimiento pragmático para hacer que China despierte en el mundo contemporáneo. 

Durante las décadas siguientes, Jiang Zemin y Hu Jintao profundizaron en esa fórmula y China se integró más y más en la economía mundial, con hitos como su ingreso en la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 2001.

La llegada de Xi Jinping

Kevin Rudd, ex primer ministro de Australia y autor de On Xi Jinping, describe el pensamiento de Xi como una mezcla entre marxismo, leninismo y nacionalismo chino. Señala también como clave la teoría de Lenin que sitúa el papel del partido como la vanguardia organizada que es capaz de acelerar el proceso histórico. 

En este sentido, frente a la idea extendida durante finales del siglo XX y principios del XXI de que el crecimiento económico llevaría a una paulatina apertura política y social de China, desde que Xi Jinping asumió la secretaría del Partido Comunista Chino en 2012, la realidad ha sido bien distinta. El Partido ha recuperado protagonismo cedido a instituciones del Estado, concentrando aún más el poder. 

En la idea que tiene Xi Jinping del Partido, este es el motor de la transformación histórica y cualquier amenaza contra su autoridad puede ser interpretada como una amenaza contra el propio futuro de China.

Al mismo tiempo, Pekín ha impulsado una política industrial y tecnológica destinada a reducir sus dependencias exteriores y convertir al país en una potencia capaz de competir en el mercado internacional sin quedar demasiado constreñido por él. 

Es esta mezcla de economía de mercado y poder concentrado la que hace difícil la cuestión de etiquetar la economía de China. La clave está, por tanto, en entender el mercado como un instrumento en las manos de un Partido motor de la transformación que dicta sus objetivos, siendo la liberalización una de estas herramientas. 

El nacionalismo es también clave para entender el pensamiento del secretario general del Comité Central del Partido Comunista de China. Para ello hay que abordar su visión del momento actual de China como uno de «rejuvenecimiento». 

La historia que se plantea es la historia de una nación que fue debilitada e intervenida por potencias extranjeras durante el «siglo de humillación» y que, gracias al Partido, ha iniciado finalmente su recuperación.

El «rejuvenecimiento nacional» por tanto va más allá de un mero desarrollo económico, buscando que China no se convierta en una gran potencia, sino que vuelva a serlo, recuperando su fortaleza injustamente perdida. 

Para Rudd, la clave del pensamiento de Xi Jinping está en cómo el marxismo presenta una visión histórica, el leninismo constituye al Partido como el instrumento político clave y el nacionalismo señala la nación que debe realizar ese proyecto. 

2049 

En lo respectivo al sistema internacional, Xi no necesita destruir el ya existente. De hecho, en muchos ámbitos China se beneficia enormemente de él. Lo que parece buscar es aumentar progresivamente la capacidad china para modificarlo, lo que en unas áreas se manifiesta como tomar partido en él y en otras como construir instituciones y relaciones alternativas.

Sin embargo, hay una cuestión en la que el orden internacional y China chocan de manera frontal: el asunto de Taiwán. 

Taiwán es una pieza clave del rejuvenecimiento nacional, ya que para recuperar la grandeza en el escenario mundial es imperativo lograr la unidad nacional. La existencia de una sociedad democrática y políticamente diferenciada en la isla añade además una dimensión ideológica a la disputa. 

Una guerra tendría enormes costes para China y para el mundo, algo que entienden muy bien y, precisamente por ello, no debe confundirse el objetivo político de Pekín con una voluntad automática de iniciar un conflicto. De hecho, recientemente se han producido reuniones entre Xi Jinping y la líder de la oposición taiwanesa para acercar posturas diplomáticas.

Para Xi hay una fecha clave, 2049, un siglo después de la revolución y momento para el que ha prometido haber obtenido la ansiada reunificación. 

Además, no debe pasarse por alto la oportunidad que supone para China la actual posición de Estados Unidos, que cuestiona hasta dónde estaría dispuesto a llegar por defender la isla y que tiene unas reservas de munición y armas enormemente disminuidas por la Guerra de Irán. 

Aunque parece poco probable un movimiento militar por parte de China, no deben subestimarse las ambiciones y la capacidad de actuación del país.

Un nuevo enfoque

Durante mucho tiempo, la visión occidental trató la ideología oficial china como una especie de decoración propagandística que ocultaba un régimen esencialmente pragmático. El primer “shock chino” fue recibido pensando que el gobierno evolucionaría inevitablemente a una democracia liberal al entrar en la economía de mercado. 

Si vamos más allá y tomamos los documentos del Partido y los discursos de su líder como fuentes para comprender su forma de pensar, nos encontramos con un dirigente y un país más verdaderamente ideológicos de lo que se suponía. 

Xi no considera el Partido Comunista como un vestigio de una época pasada, es para él el motor y la piedra angular sobre la que debe estructurarse el rejuvenecimiento nacional.  

Lejos de querer meramente ocupar el lugar de Estados Unidos como primera potencia mundial, la China de Xi Jinping busca demostrar que existe una vía alternativa hacia la hegemonía. 

Esta vía pasa por convertir a China en una gran potencia tecnológicamente avanzada, integrada en la economía mundial, pero mucho menos dependiente de ella, gobernada por un Partido que combina la doctrina marxista-leninista con un nacionalismo cada vez más poderoso, todo esto siendo entendido como herramientas empleadas para culminar un proceso histórico de rejuvenecimiento nacional.

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por Alejandro Hernández

Filólogo y (casi) jurista. Yo he venido aquí a hablar de política (especialmente la de Estados Unidos) y tomar café (especialmente el de fuera de Estados Unidos).

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