La inmigración se ha convertido en una de las grandes cuestiones de la política europea. ¿Cómo puede responder la izquierda ante esta situación?

Pocos asuntos han ganado en los últimos años tanto peso en el debate público como la inmigración. Lo que en los años noventa era un tema secundario, ocupa hoy portadas a lo largo del continente.

Ese desplazamiento ha coincidido con el ascenso de los partidos de derecha radical, que han hecho del control de fronteras su seña de identidad. Hoy tienen representación parlamentaria en casi todos los sistemas europeos, sostienen gobiernos en algunos países e incluso los encabezan en otros.

La izquierda, ante la cuestión migratoria, lleva décadas discutiendo qué responder sin llegar a un acuerdo mínimo. Siendo esta la situación, podemos preguntarnos: ¿qué debe hacer la izquierda ante la inmigración?

Los cambios en el electorado de la izquierda

Antes de examinar las posibles estrategias de la izquierda, conviene entender por qué el problema es tan difícil para este espacio político.

La competición política europea se estructura hoy en al menos dos dimensiones: una económica, con el debate más Estado contra más mercado, y otra sociocultural, que enfrenta la apertura y la diversidad con el orden y el nacionalismo. Una investigación encontró que el 22,3 % de los ciudadanos combinaba preferencias económicas de izquierda con preferencias culturales conservadoras. ¿Por qué esto es importante? Porque casi ningún partido de Europa Occidental ocupaba esa casilla.

Ahora hay que responder a por qué está vacía esa casilla. Los estudios documentan un cambio profundo en la base social de la izquierda. Esta ha perdido voto obrero (caracterizado por ser culturalmente conservadora) de forma casi generalizada y lo ha compensado atrayendo a profesionales de los servicios, empleados públicos y graduados universitarios. Ese nuevo votante es redistributivo en lo económico y liberal en lo cultural, y su peso empuja al partido hacia posiciones progresistas en inmigración.

La izquierda tiene así ante sí dos electorados a los que no quiere renunciar y que, en el eje cultural, quieren cosas distintas. De ahí se derivan varias estrategias posibles, cada una con su propia lógica y sus propios riesgos. 

Las estrategias de la izquierda

a. Difuminar

La primera estrategia consiste en difuminar el problema. Es la opción por defecto y probablemente la más practicada. Esta consiste en no fijar una posición nítida, hablar de inmigración lo justo y cambiar de tema en cuanto se pueda. Tiene una lógica evidente cuando la coalición electoral propia está dividida por dentro, que es la situación de casi toda la socialdemocracia europea.

Ahora bien, cuenta con dos problemas principales. El primero es que la ambigüedad se paga distinto según el asunto. En las cuestiones que el electorado percibe como asuntos primordiales, y la inmigración lo es para buena parte del votante de izquierda, la vaguedad se interpreta como falta de credibilidad y la reacción típica no es votar al rival, sino quedarse en casa. Ese coste llega en forma de abstención, más difícil de detectar en las encuestas que un trasvase de voto e igual de caro.

El segundo es que la relevancia de un tema en la discusión pública no la decide un solo actor: aunque un partido calle, el asunto puede seguir dominando la agenda porque lo empujan sus adversarios y los medios. El silencio no desactiva un debate, deja que otros lo encuadren.

b. Confrontar

La segunda opción consiste en defender abiertamente posiciones favorables a la inmigración: datos sobre la contribución económica y demográfica de los migrantes, denuncia del racismo y defensa de las obligaciones internacionales de asilo.

Los datos comparados le dan más respaldo a esta estrategia de lo que suele reconocerse. Los análisis muestran que combinar izquierda económica con liberalismo cultural funciona mejor que desplazarse hacia posiciones autoritarias. Los partidos verdes europeos han crecido de forma sostenida haciendo exactamente eso, y en las últimas elecciones danesas fue la Izquierda Verde, muy crítica con la dureza migratoria del Gobierno socialdemócrata, la que se convirtió en segunda fuerza del país.

Ahora bien, la estrategia conlleva un riesgo muy alto. Confrontar eleva la relevancia del eje cultural en el discurso público. Si un partido dedica la campaña entera a defender la inmigración, está colocando la inmigración en el centro del debate, aunque sea para ganarlo. Funciona bien en formaciones con electorados homogéneos, urbanos y con estudios superiores. Sin embargo, resulta más arriesgado para un partido que aspira a mantener a la vez al profesional de ciudad y al trabajador industrial.

c. Acomodar

La tercera opción es la que más titulares genera: desplazarse hacia posiciones restrictivas para recuperar al votante perdido. En otras palabras, consiste en tratar de adueñarse del tema que suele marcar el discurso de la derecha radical. 

Los socialdemócratas daneses la aplicaron con una ambición que ningún otro partido europeo ha igualado. Desde la oposición votaron sistemáticamente con la derecha las medidas restrictivas, y ya en el Gobierno, de la mano de Mette Frederiksen, impulsaron lo que ellos mismos llamaron un cambio de paradigma: prioridad del retorno sobre la integración, restricciones residenciales en los barrios clasificados como gueto y el objetivo declarado de cero solicitudes de asilo espontáneas.

Durante un tiempo pareció funcionar. En 2019 ganaron las elecciones mientras el Partido Popular Danés se desplomaba casi doce puntos. Pero en las últimas elecciones los socialdemócratas cayeron al 21,85 %, su peor resultado desde 1903, y perdieron doce escaños. El Partido Popular Danés, al que llevaban una década intentando neutralizar, multiplicó por más de tres su representación parlamentaria.

En Alemania hay un ángulo distinto de la misma dinámica. En enero de 2024 se fundó un partido diseñado para ocupar exactamente la casilla vacía. La Alianza Sahra Wagenknecht (BSW) mezclaba un programa con medidas de izquierda en lo económico, pero conservadoras en lo social, sobre todo contra la inmigración. Arrancó con un 6,2 % en las europeas y entre un 11 % y un 16 % en tres estados del este del país. Pero después se desinfló. Se quedó en el 4,97 % en las federales de 2025, fuera del Bundestag por poco más de 13.000 papeletas, y hoy las encuestas lo sitúan entre el 3 % y el 5 %.

La estrategia tiene un problema importante. Los estudios muestran que el endurecimiento atrae a votantes antiinmigración procedentes de la derecha, pero expulsa al mismo tiempo a votantes proinmigración hacia otros partidos de izquierda. Además, al endurecerse, eleva la relevancia del asunto y activa la dimensión en la que su rival lleva años acumulando credibilidad. Cuando el tema del día es la inmigración, el votante que busca dureza suele preferir al original antes que a la copia.

Sin embargo, cabe un matiz: la acomodación parece dar réditos en fases muy tempranas del ascenso de la derecha radical, pero en casi ninguna democracia europea seguimos en esa fase.

d. Reencuadrar

La cuarta opción no pasa por ser más duro ni más blando, sino por cambiar el eje del conflicto: tratar la inmigración como una cuestión material, vinculada a la vivienda, los salarios, las condiciones laborales y los servicios públicos, en lugar de como una cuestión identitaria.

Si el votante en disputa se inclina hacia la izquierda cuando piensa en su nómina, la jugada racional no consiste en hablar de fronteras mejor que la derecha, sino en lograr que se hable de otra cosa. Por ejemplo, en España los datos muestran que, si bien la inmigración escaló al segundo puesto entre los problemas que los ciudadanos consideran prioritarios en julio de 2026, el primero lo ocupa con mucha distancia la vivienda.

Pero esta estrategia tampoco está exenta de riesgos. Reencuadrar no es responder, y un partido en el Gobierno tiene que decidir sobre asilo, regularización y fronteras, y no puede contestar a una pregunta sobre la frontera sur hablando del salario mínimo. El reencuadre sirve como estrategia de campaña, no como sustituto de una política migratoria.

Lo que la evidencia no puede decidir

Todo lo anterior responde a una pregunta instrumental: qué estrategia maximiza el voto. Es legítima, pero no es la única.

Quienes defienden una política migratoria restrictiva desde la izquierda no siempre lo hacen por cálculo electoral. Sostienen que la llegada masiva de trabajadores presiona a la baja los salarios de los sectores más vulnerables, tensiona unos servicios públicos ya saturados y erosiona la solidaridad interna sobre la que se sostiene el Estado de bienestar. Quienes defienden posiciones abiertas apelan, por su parte, a compromisos como los derechos humanos, obligaciones de asilo e igualdad ante la ley.

Mientras tanto, casi un cuarto del electorado europeo sigue sin encontrar en la papeleta un reflejo razonable de lo que piensa. Ese hueco no se va a cerrar solo, y quien consiga cerrarlo, por la izquierda o por la derecha, tendrá mucho que decir sobre la política europea de la próxima década.

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por Iván Sánchez Marañón

Investigador FPU en el Departamento de Ciencia Política y Sociología de la Universidad de Navarra. Máster en Ciencia Política y Comportamiento Político en la London School of Economics and Political Science. Interesado en el comportamiento electoral, la opinión pública y la comunicación política.

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