Brasil vota en una elección clave: Lula y Flávio Bolsonaro polarizan un país atravesado por religión, inseguridad y miedo a la ingobernabilidad.

Este domingo, en la que será una de las elecciones más importantes del año en América Latina, Brasil acudirá a las urnas para la primera vuelta de sus elecciones presidenciales, así como la renovación de ambas cámaras de su Congreso y la de sus autoridades locales en cada Estado de la Federación.
Si bien hay doce candidatos presidenciales buscando llegar al Palacio de Planalto, la contienda se perfila extremadamente polarizada entre el icónico presidente Luiz Inácio Lula da Silva, del izquierdista Partido de los Trabajadores, y Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro y candidato del derechista Partido Liberal. Pese a la polarización, todo apunta a que ninguno de los dos principales aspirantes logrará el 50 % requerido para imponerse en la primera vuelta, lo que implicaría una segunda vuelta el 25 de octubre.
Un gigante ante las urnas
Con 213,8 millones de habitantes, Brasil es el país más poblado de Sudamérica y una de las democracias más grandes del mundo, con 158,7 millones de electores registrados. Asimismo, la presidencia de Brasil es, solo por detrás de Indonesia, el segundo cargo elegido directamente por un mayor número de votantes del mundo, sin intermediación de un parlamento o colegio electoral.
Aunque la mayoría de los ojos están puestos en la contienda presidencial, Brasil revalida además ambas cámaras de su Congreso Federal. Se renuevan los 513 escaños de la Cámara de Diputados, elegidos mediante representación proporcional con listas abiertas, y dos tercios del Senado (54 de 81 escaños).
En simultáneo, las veintisiete entidades federativas renuevan sus autoridades locales, un gobernador elegido por el mismo sistema electoral que la presidencia y una Asamblea Legislativa Estatal elegida por el mismo sistema que la Cámara de Diputados. Los únicos cargos que no están en disputa son las autoridades municipales (alcalde y concejales), que se renuevan a mitad de mandato.
Pese al descomunal tamaño del electorado, Brasil emplea desde 1996 un sistema de voto electrónico que da lugar a un escrutinio bastante veloz. Lo más probable es que los resultados definitivos se conozcan en cuestión de unas pocas horas.
Un Bolsonaro vuelve a enfrentarse a Lula
Estos comicios darán lugar a un choque entre dos bloques políticos muy claros: la izquierda liderada por el presidente Luiz Inácio Lula da Silva (o simplemente «Lula») y la derecha liderada por Flávio Bolsonaro.
Lula ha sido un ícono de la izquierda latinoamericana durante las últimas tres décadas. Sus primeros dos mandatos entre 2003 y 2011, encuadrados en la «Marea Rosa», vieron una serie de amplias reformas sociales y económicas que lo convirtieron en la figura más polarizante de la política brasileña durante las últimas dos décadas. Lo mismo que su posterior encarcelamiento e inhabilitación electoral en 2018, antes de su retorno al poder en 2022.
Lula aspira a convertirse en el primer presidente de Brasil en conseguir cuatro mandatos mediante elecciones democráticas.
Luego de un mandato marcado por una relativa estabilidad económica pero un panorama más gris en materia de seguridad (dos de los principales focos de discusión política en el país), Lula aspira a convertirse en el primer presidente de Brasil en conseguir cuatro mandatos mediante elecciones democráticas. Con ochenta años de edad es el mandatario de mayor edad en la historia de su país y, si resulta reelegido y completa su mandato, se retirará como el tercer jefe de Estado con el mandato más largo (no consecutivo) en la historia brasileña.
El discurso de Lula se ha enfocado en lo que considera una «defensa de la democracia y la soberanía de Brasil» frente a una amenaza ultraderechista encarnada en sus opositores, así como en cuestionar la asociación de estos con el presidente estadounidense Donald Trump. Asimismo, ha buscado reafirmar su imagen de gobernante decidido con una serie de medidas económicas y sociales de último momento, como la controvertida prohibición de las apuestas online (en un país fuertemente asolado por el endeudamiento de familias) y la ampliación de prestaciones y programas sociales.
Frente a Lula se sitúa la candidatura de Flávio Bolsonaro, hijo mayor y heredero político del expresidente Jair Bolsonaro. El ascenso político del bolsonarismo, apoyado en una posición fuertemente conservadora en cuestiones sociales y liberal en temas económicos, marcó la década pasada, llevando a Bolsonaro al poder en las elecciones de 2018. Este tuvo un mandato marcado por la pandemia de Covid-19 y una polarización política cada vez más tensa.
En 2022, Bolsonaro (padre) fue derrotado por poco más de un punto por Lula, a lo que siguió un sorpresivo ataque por parte de sus partidarios a los edificios institucionales en Brasilia. Acusado de conspiración contra el Estado, Bolsonaro fue enjuiciado y condenado a veintisiete años de prisión, sentencia que ha impedido que fuese candidato nuevamente.
Con un discurso enfocado en retener a la base de derecha dura que llevó a su padre al poder, a la par que busca cortejar a votantes moderados.
El hijo de Bolsonaro, Flávio, aspira a reemplazar a su padre en el liderazgo de la derecha brasileña con un discurso enfocado en retener a la base de derecha dura que llevó a su padre al poder, a la par que busca cortejar a votantes moderados de la centroderecha agitando el rechazo de estos a la figura de Lula. Su apuesta pasa por capitalizar el descontento de los sectores urbanos por la creciente percepción de inseguridad ante el alza del crimen organizado.
En principio, las encuestas apuntaban a una sólida ventaja para el presidente Lula, beneficiado por su posición de titular y el descabezamiento de la derecha que implicó la condena de su predecesor. No obstante, en las últimas semanas, un exitoso atrincheramiento del electorado conservador en torno a Flávio Bolsonaro y un clima de campaña cada vez más polarizado han permitido a su rival cierta remontada. Hoy por hoy, las encuestas coinciden en que Lula será probablemente el candidato más votado, pero por un margen escaso y con la necesidad de acudir a segunda vuelta.
Católicos vs. Evangélicos
A pesar de que se trata de una competencia entre dos candidatos de marcado perfil ideológico por izquierda y por derecha, el principal clivaje de la votación está lejos de ser ese. En realidad, en las últimas décadas Brasil se ha sumido en una serie de tensiones religiosas entre la menguante mayoría católica (que ronda el 56 % de la población) y la cada vez más abultada minoría evangélica (más de un 30 %).
Si bien Brasil fue históricamente el país con más católicos del mundo y sobre esa tradición se fundó la mayor parte de su historia, en los últimos cuarenta años la Iglesia Católica ha sufrido un repliegue social. Entre esos sectores fueron avanzando progresivamente las iglesias evangélicas de diversa denominación, con una fuerte hegemonía de los grupos «neopentecostales». Estas iglesias, a menudo alineadas con sectores ultraconservadores de la sociedad, comenzaron a penetrar las instituciones brasileñas y adquirir cada vez más poder político.
Durante los últimos años el avance político del evangelismo en Brasil ha sido notorio. Desde el surgimiento de la «Bancada Evangélica» con fuerte predominancia en el Congreso brasileño hasta la postulación e imposición de candidaturas en diversos Estados del país. Todo esto se vio coronado a finales de la década pasada cuando lograron la suficiente cohesión para encolumnarse mayoritariamente en torno al bolsonarismo y alcanzar el gobierno nacional. Se estima que la gran mayoría de los evangélicos hoy están firmemente alineados con Bolsonaro.
Las últimas dos elecciones han visto, a su vez, la articulación de una «reacción católica» contra el avance evangélico. Esto terminó resultando en una paradoja política. La Iglesia Católica, antes ocasionalmente enfrentada con Lula o ambivalente hacia este, ha encontrado en el dirigente izquierdista el único liderazgo capaz de cohesionar una mayoría anti-bolsonarista.
De este modo, la campaña electoral ha estado dominada por este clivaje religioso, que en ocasiones ha alcanzado los tintes de lo que algunos analistas consideran una «guerra santa de facto».
No ha ayudado a calmar las aguas el hecho de que ambos candidatos sean plenamente conscientes de que penetrar la base religiosa del otro es casi imposible. Luego de tibios intentos de acercamiento en la etapa inicial de la campaña, los últimos días han visto un esfuerzo cada vez mayor por parte de los equipos de Lula y Bolsonaro para consolidar sus bases entre católicos y evangélicos respectivamente. Solo un puñado de electores oscilantes, no movilizados por el voto sectario, definirán la elección.
Los grandes temas de estas elecciones
Los sondeos han mostrado que entre las principales preocupaciones del electorado está la seguridad. La creciente percepción de que las organizaciones criminales controlan cada vez más espacios en las grandes ciudades ha convertido este tema en el terreno de batalla más feroz entre los comandos de campaña. Flávio Bolsonaro se ha enfocado en retratar al gobierno de Lula como débil e ineficaz para combatir el crimen, proponiendo políticas de «mano dura». Lula ha respondido con medidas de último minuto en ese sentido, reforzando el papel de la Policía Federal en la asfixia financiera de las bandas transnacionales.
El año ha estado marcado por el estallido de un escándalo por acusaciones de fraude financiero.
Sin embargo, otro tema de fuerte peso y con impacto electoral ha sido la elevada percepción de corrupción en las altas esferas del Estado brasileño. Este problema, que afecta a todos los partidos e instituciones, ha sido motivo de intensas discusiones. El año ha estado marcado por el estallido de un escándalo por acusaciones de fraude financiero, el cual escaló al destaparse una disputa interna en el seno del Supremo Tribunal Federal de Brasil. Esto terminó empañando públicamente la imagen del alto tribunal.
Entre las acusaciones cruzadas de corrupción y persecución judicial por parte de ambos bloques, la mayoría de las encuestas sitúan en mínimos el respaldo a las instituciones. Con este escenario se explica fácilmente por qué la campaña electoral ha adquirido un tono tan agresivo. Buena parte de los brasileños votan movidos más por el rechazo a un candidato (Lula o Bolsonaro) que por un respaldo real a este o a sus propuestas.
La gobernabilidad en juego
Más allá de quién logre pasar el trance de la votación del domingo y la eventual segunda vuelta del 25 de octubre (que se percibe totalmente impredecible), el ganador de las elecciones deberá recomponer un país con su tejido social cada vez más tensado por los conflictos sectarios, a la par que enfrenta un escenario de gobernabilidad sumamente frágil.
El Congreso brasileño, hiperfragmentado y dominado por una constelación de partidos que representan intereses regionales, religiosos y económicos (el famoso Centrão o «Gran Centro»), exige un mandatario con margen para el diálogo político y la negociación pragmática. Sin embargo, el tirante ambiente político brasileño, el electorado hastiado de la clase política y el panorama internacional complicado requieren un gobierno decidido.
En definitiva, la elección brasileña (que puede marcar un giro geopolítico clave en un continente cada vez más inclinado hacia la derecha y la hegemonía de Donald Trump) apunta a ser una de las contiendas más inciertas y trascendentales del año 2026. Sus resultados marcarán no sólo el rumbo del país más grande de Sudamérica, sino también el pulso general de un continente tenso, polarizado y agotado.
