El nuevo intento de asesinato sufrido por el presidente Trump vuelve a poner sobre la mesa la cuestión de las armas en EE. UU. Las diferentes teorías discuten alrededor de este tema, pero se pueden sacar algunas conclusiones nítidas.

La semana pasada, Donald Trump sufrió un tercer intento de asesinato mientras se encontraba en el Hotel Hilton, acompañado de la primera dama y la mayor parte de la cúpula del Gobierno estadounidense. El detenido, Cole Tomas Allen, llevaba consigo una escopeta, una pistola y varios cuchillos. Para eludir los controles, recorrió 4.400 kilómetros en tren, cuando el viaje en avión habría llevado unas cuantas horas. 

El incidente ha reavivado un debate recurrente en Estados Unidos: su legislación armamentística y su impacto en la criminalidad. La pregunta sigue siendo la misma: ¿facilitar la posesión de armas aumenta o reduce la comisión de delitos?

Dos teorías, perspectivas diferentes

El debate, especialmente relevante en Estados Unidos, lleva décadas sin resolverse. Una de las piezas más influyentes fue la sugerida por John Lott y David Mustard, quienes ofrecieron la hipótesis de More Guns, Less Crime(«más armas, menos crimen»). 

Al facilitar que los ciudadanos puedan ir armados por la calle, la comisión del delito es más arriesgada.

Su tesis era muy sencilla. Según ellos, las leyes favorables a la posesión de armas, en concreto las que permiten portarlas en público, actuarían como un elemento disuasorio para los delincuentes. Al facilitar que los ciudadanos puedan ir armados por la calle, la comisión del delito es más arriesgada, pues aumenta la probabilidad de encontrar resistencia armada por parte de una potencial víctima. Además, incluso en el caso de que el criminal decida actuar, la víctima o un transeúnte podría frustrar el ataque al mostrar su arma o, en último término, usándola.

Los autores, de todas formas, no creían que el crimen fuera a desaparecer completamente, pero sí esperaban una reducción y transformación del delito. Los delincuentes, conscientes de la probabilidad de que la víctima se defienda, pasarían a cometer crímenes en los que no haya contacto directo y sean menos arriesgados. Por ejemplo, en vez de un robo con violencia, esperarían a que la víctima haya abandonado la casa antes de allanarla. Es decir, aunque la criminalidad no desaparece completamente, sí se desplazaría hacia «delitos menores». 

En vez de reducir el número de crímenes, la presencia de armas podría provocar que estos fueran mucho más graves. 

Sin embargo, esta teoría también ha sido cuestionada por otros expertos, quienes plantean varios argumentos. En primer lugar, es posible que las armas no frenen a los delincuentes, sino que agraven los conflictos. Una pelea en un bar, en vez de quedarse en los puños, podría pasar a las armas. Además, la expectativa de que las potenciales víctimas estén armadas no tiene por qué frenar a los delincuentes; podría incentivarles a armarse también. De nuevo, en vez de reducir el número de crímenes, la presencia de armas podría provocar que estos fueran mucho más graves. 

En línea con lo anterior, una mayor tenencia de armas también facilita su tráfico ilegal, ya sea a través del tráfico clandestino o a raíz de pérdida/robo a sus propietarios. Por supuesto, esto lleva a que en la práctica los delincuentes acaben teniendo mayor acceso a ellas. Además, también complica el trabajo policial, dado que las fuerzas de seguridad deberán pasar más tiempo comprobando permisos, respondiendo a disparos accidentales o incluso, al llegar a la escena de un delito, tener que distinguir entre quién es el «bueno» y quién es el «malo». 

Finalmente, está ampliamente demostrado que la mayoría de las veces las víctimas no pueden defenderse, rechazando el principal argumento de Lott y Mustard. Un estudio realizado en Estados Unidos descubrió que en el 99,2 % de las veces las víctimas no usan ni amenazan con usar un arma de fuego para defenderse. A pesar de la cantidad de armas en circulación, su uso defensivo es marginal. Los ataques suelen ser inesperados o difíciles de anticipar, a lo que se suma que huir o ceder ante el agresor resulta menos arriesgado que intentar responder con violencia. Sin embargo, más allá de los argumentos teóricos, es necesario abordar la realidad. ¿Qué nos dicen los datos? 

¿Quién tiene razón?

La relación entre leyes de armas y criminalidad ha dado lugar a centenares de investigaciones, arrojando resultados contradictorios. Algunos investigadores han mostrado resultados positivos, indicando que más armas legales reducen el crimen. Sin embargo, también son numerosos los artículos que muestran un aumento de los crímenes violentos tanto a corto como a medio plazo. Otros, directamente, muestran un efecto nulo o mixto. 

El lío entre investigadores se debe fundamentalmente a lo complicado que es estudiar este fenómeno. Esto se debe a que es muy difícil hacer una comparación entre países o territorios, debido a que las leyes no aparecen al azar. En muchos casos, un estado decide endurecer o relajar sus leyes debido a la criminalidad previa o la cultura armamentística. Por lo tanto, es muy difícil saber cuál de las dos es la causa y cuál el efecto. Además, es muy complicado medir el crimen o las leyes, pues no todas son iguales. 

Por suerte, la academia cada vez ha ido mejorando más y más sus métodos para estudiar este tipo de fenómenos, lo que nos permite acercarnos cada vez a resultados más acertados. Una de las investigaciones más sólidas y citadas de los últimos años fue llevada a cabo en 2019, estudiando el caso estadounidense entre 1977 y 2014.

En ella, la conclusión general es que la adopción de una ley RTC (las que permiten llevar armas en público) aumentó tanto el crimen violento (en un 9 %) como el crimen contra la propiedad (en un 6,5 %) en Estados Unidos. De hecho, el resultado es el mismo incluso en los casos en los que un estado aprueba no solo la ley RTC, sino también un aumento del presupuesto policial y carcelario. 

Pasados diez años de la aprobación, el crimen violento es hasta un 15 % más alto que en el caso sin ley. 

Sin embargo, esto no es lo más impactante de la investigación. En último lugar, los investigadores calculan cuál es el efecto a largo plazo, comparando qué hubiera pasado si un estado no hubiera aprobado dicha ley. Encuentran que, pasados diez años de la aprobación, el crimen violento es hasta un 15 % más alto que en el caso sin ley. 

Además, la relación entre armas y delito no sería una particularidad de Estados Unidos. Otras investigaciones han ampliado el enfoque y, haciendo una comparativa mundial, han encontrado una relación similar: una legislación más relajada o pro-armas está vinculada a una mayor tasa de homicidio por arma y de otros delitos

Utopías armamentísticas

No obstante, a pesar de esta correlación global, muchos partidarios de la posesión de armas siguen argumentando que Estados Unidos es un caso extremo. Dejando a un lado el ejemplo estadounidense, señalan que Suiza o Israel también tienen una legislación muy flexible y que, en cambio, sus tasas de criminalidad son muy bajas. 

Centrémonos en la comparación con los suizos, la más habitual. La tasa de homicidio estadounidense es de 5,54 por cada 100.000 habitantes, mientras que la de Suiza es de 0,70. La diferencia es todavía más impactante en términos de tiroteos masivos, otra variable que suele tenerse en cuenta en estas investigaciones. En Estados Unidos hubo más de 3.000 entre 2016 y 2022, pero en Suiza solo ocurrieron dos. 

En Estados Unidos hasta el 42 % de los hogares tienen al menos un arma en casa, una cifra que se reduce al 28 % en el caso suizo. 

Como bien se sabe, las comparaciones son odiosas y suelen tener truco. Si seguimos comparando a ambos países, es fácil comprobar qué ocurre en Estados Unidos que lo haga diferente. Se calcula que en Suiza hay 27,6 armas por cada 100 habitantes, de cuatro a seis veces menos que en Estados Unidos (dependiendo del estudio, se estiman entre 80 y 120 por cada 100, siendo muy común que una persona tenga más de un arma). Si en vez de personas contamos por hogares, veremos que en Estados Unidos hasta el 42 % de los hogares tienen al menos un arma en casa, una cifra que se reduce al 28 % en el caso suizo. 

A pesar de la flexibilidad, la tenencia o no de armas no es la única razón. Suiza es sin lugar a dudas una excepción europea en términos de porcentaje de armas, pero aun así son mucho más estrictos que los estadounidenses. En el país centroeuropeo no solo se exige un permiso de armas, sino también demostrar la ausencia de antecedentes e, incluso, obtener un permiso adicional y justificar su porte en público. 

De hecho, la cultura armamentística es diametralmente opuesta: mientras en Estados Unidos las armas están asociadas a la autodefensa, en Suiza su vinculación es con la caza, el tiro deportivo y el ejército. En este último, la posesión de armas suele responder a que los ciudadanos pueden quedarse el fusil que emplearon durante el servicio militar, respondiendo a una razón histórica de mantener una milicia y así favorecer la defensa del país. 

Por último, Suiza brilla (especialmente en comparación con Estados Unidos) por una menor pobreza y privación económica, factores vinculados a la criminalidad. En definitiva, es posible que en Suiza la tenencia de armas también sea común, pero sigue siendo mucho menor que en Estados Unidos, además de que su regulación es mucho más estricta e incluso responde a razones muy diferentes a la estadounidense.

El caso de Israel, otro contraejemplo común, es muy similar al suizo. Los israelíes de hecho tienen una tasa todavía más baja que la suiza en términos de armas por habitante Su proceso para otorgar permisos es muy estricto y se calcula que hasta el 40 % de las solicitudes son rechazadas. De hecho, conseguir el permiso no significa una posesión eterna, pues este debe renovarse cada año o incluso antes si se cambia de trabajo o residencia. En Suiza pasa algo similar: la renovación se exige incluso cada pocos meses, por lo que es común tener que pasar el proceso incluso tres o cuatro veces al año.

Conclusiones sobre el caso estadounidense 

En su conjunto, la evidencia empírica más reciente apunta a que una mayor facilidad para portar armas está vinculada con un aumento del crimen, desde la tasa de homicidios con arma a otros tipos de delito. Este fenómeno, estudiado durante décadas, es muy complejo de analizar, por lo que no es posible descartar que futuras investigaciones maticen algunas de las conclusiones anteriores, si bien las más recientes indican, tanto para el caso estadounidense como para todo el planeta, que «más armas, más crimen». 


El caso estadounidense es considerado como el más extremo, debido no solo a la circulación de armas, sino también a su combinación con una ciudadanía poco igualitaria, una cultura armamentística muy particular y una regulación escasa. Por si fuera poco, el sector tiene un gran peso político y un lobby tanto poderoso como bien organizado, lo que dificulta no solo posibles reformas, sino el propio debate.

Autor

Hola 👋
¿Otra partida?

Únete para no perderte ninguno de los movimientos del juego.

¡No hacemos spam! Lee nuestra política de privacidad para obtener más información.

por Yago Jiménez Bean

Politólogo y jurista. Actualmente, realizando un Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Carlos III de Madrid. Interesado especialmente en la competencia partidista y el comportamiento político, pero con café para mucho más.

Deja una respuesta