Los demócratas llegan a la primera gran prueba electoral del segundo mandato de Trump con la mayor ventaja en las encuestas desde 2008 y un presidente en mínimos de popularidad.

El 3 de noviembre, unos 210 millones de electores registrados están llamados a las urnas en Estados Unidos. Donald Trump no aparece en la papeleta, pero lo que se vota determinará cuánto poder conserva durante los dos años que le quedan en la Casa Blanca.
Los republicanos llegan controlando la presidencia y ambas cámaras del Congreso, lo que en la jerga estadounidense se conoce como trifecta. Sin embargo, el contexto difícilmente podría serles más adverso. La aprobación de Trump ronda el 37 %, la guerra con Irán ha disparado el precio de la gasolina y los demócratas aventajan a los republicanos en más de ocho puntos en intención de voto al Congreso.
La pregunta ya no es tanto si la oposición recuperará la Cámara, algo que casi todos los modelos dan por hecho, sino hasta dónde llegará la ola demócrata y, sobre todo, si bastará para conquistar un Senado cuyo mapa, sobre el papel, favorecía claramente a los republicanos.
¿Qué son las elecciones de medio mandato?
La Constitución estadounidense fija mandatos de dos años para los miembros de la Cámara de Representantes y de seis para los senadores, que se renuevan por tercios. Por eso hay elecciones al Congreso cada dos años. Cuando no coinciden con las presidenciales, caen a mitad del mandato del presidente. De ahí su nombre: elecciones de medio mandato o, en inglés, midterms.
Donald Trump no aparece en la papeleta, pero lo que se vota determinará cuánto poder conserva durante los dos años que le quedan en la Casa Blanca.
A diferencia de lo que ocurre en los sistemas parlamentarios europeos, el presidente no necesita una mayoría en el Congreso para seguir gobernando. Por eso es habitual que convivan un presidente de un partido y una o ambas cámaras controladas por el otro, lo que se conoce como gobierno dividido.
¿Qué se vota el 3 de noviembre?
Con respecto a la Cámara de Representantes, sus 435 miembros se eligen en distritos uninominales por mayoría simple y se renuevan en su totalidad. Los escaños se reparten entre los estados según su población: California tiene 52, mientras que Alaska, Vermont o Wyoming tienen uno solo. La mayoría está en 218 escaños. Los republicanos la controlan hoy con el margen más estrecho en casi un siglo: 218 escaños frente a 214 demócratas, más un independiente que vota con ellos y dos vacantes. A los demócratas les basta con una ganancia neta de tres o cuatro escaños.
En lo que se refiere al Senado, cada estado elige dos senadores, con independencia de su población. Este año se disputan 35 escaños: los 33 ordinarios y dos elecciones especiales en Ohio y Florida para cubrir las plazas que dejaron libres el vicepresidente, J. D. Vance, y el secretario de Estado, Marco Rubio. Los republicanos tienen hoy 53 senadores, frente a 45 demócratas y dos independientes que votan con ellos. Como un empate a 50 lo deshace el vicepresidente, los demócratas necesitan una ganancia neta de cuatro escaños.
En los estados se eligen también 36 gobernadores, 26 secretarios de Estado y 31 fiscales generales. Además, los votantes decidirán sobre 146 iniciativas y referendos estatales, sobre asuntos como el aborto, los impuestos o el trazado de los distritos.
Un referéndum sobre el presidente
Las elecciones de medio mandato funcionan, casi siempre, como un referéndum sobre el inquilino de la Casa Blanca. Desde 1946, el partido del presidente ha perdido de media unos 26 escaños en la Cámara. Solo hay dos excepciones recientes, 1998 con Bill Clinton y 2002 con George W. Bush, y en ambos casos el presidente superaba el 60 % de aprobación. En 2018, a mitad de su primer mandato, Trump perdió 41 escaños.
Ahora llega en una posición mucho peor. Su aprobación se sitúa en el 37,4 %, frente a un 60 % que desaprueba su gestión. Desde 1946, solo Harry Truman llegó a unas elecciones de medio mandato con peor valoración. El motor del desgaste es el bolsillo: la guerra con Irán, que entra en su octavo mes, ha estrangulado el tráfico por el estrecho de Ormuz y ha llevado la gasolina por encima de los cuatro dólares el galón.
Desde 1946, el partido del presidente ha perdido de media unos 26 escaños en la Cámara.
Esa insatisfacción se refleja en el llamado voto genérico, la pregunta sobre a qué partido votaría cada elector para el Congreso. Los demócratas aventajan a los republicanos en más de ocho puntos, la mayor distancia desde 2008, y la ventaja no se ha estrechado en la recta final. Las encuestas detectan también una brecha de entusiasmo: casi la mitad de los votantes de Kamala Harris en 2024 dice estar muy motivada para votar, frente a menos de un tercio de los de Trump.
Las principales batallas
La Cámara: la ola contra el gerrymandering
La gran apuesta republicana para contener la ola fue redibujar los distritos electorales sin esperar al censo de 2030, una práctica conocida como gerrymandering. Los republicanos abrieron la carrera con Texas en 2025 y siguieron con Florida, Ohio, Carolina del Norte, Alabama, Luisiana y Tennessee; California y Utah respondieron en sentido contrario. El resultado es un mapa con muy pocos distritos realmente competitivos: apenas un 8 % de los escaños se considera una moneda al aire.
Sin embargo, el clima nacional ha empezado a devorar esa ventaja. En Texas, distritos diseñados para que Trump ganara por diez puntos se están desplazando hacia los demócratas, sobre todo en el sur del estado, de mayoría hispana. La clasificación de consenso de los pronosticadores sitúa a los demócratas como favoritos en 220 escaños, dos por encima de la mayoría, con 19 en el aire. Entre los distritos que conviene seguir están el primero de Iowa, el tercero de Wisconsin, el décimo y el séptimo de Pensilvania o el segundo de Virginia, todos en manos republicanas y hoy inclinados hacia los demócratas.
En Texas, distritos diseñados para que Trump ganara por diez puntos se están desplazando hacia los demócratas, sobre todo en el sur del estado, de mayoría hispana.
El Senado: cuatro escaños en territorio hostil
El Senado es la verdadera incógnita de la noche. Los demócratas necesitan retener los trece escaños que defienden y arrebatar al menos cuatro a los republicanos. El problema para ellos es que la mayoría de los escaños republicanos en juego se eligen en estados que Trump ganó por más de diez puntos hace dos años.
Carolina del Norte es la mejor oportunidad demócrata del mapa: el senador Thom Tillis renunció a la reelección tras chocar con Trump, y el exgobernador Roy Cooper lidera todas las encuestas desde enero. En Maine, Susan Collins es la única senadora republicana que se presenta en un estado que ganó Harris. El demócrata Troy Jackson lidera por menos de dos puntos, pero Maine es el gran aviso de prudencia: en 2020 Collins iba por detrás en casi todos los sondeos y acabó ganando por más de ocho.
Texas es la carrera con más carga simbólica. Ken Paxton, fiscal general del estado y acosado por escándalos, desbancó al senador John Cornyn en la primaria con el aval de Trump. Enfrente tiene a James Talarico, exprofesor y seminarista presbiteriano, que lidera casi todas las encuestas del otoño. Un demócrata no gana un escaño de Texas en el Senado desde 1988. Otras carreras relevantes se dan en Ohio, donde Sherrod Brown intenta volver con un perfil sindical frente a Jon Husted, designado para ocupar la plaza de Vance, y en Alaska la exrepresentante Mary Peltola aventaja al senador Dan Sullivan.
La mayoría de los escaños republicanos en juego se eligen en estados que Trump ganó por más de diez puntos hace dos años.
A partir de ahí aparecen las sorpresas. En Kansas, que no elige a un senador demócrata desde 1932, el pastor metodista Adam Hamilton ha convertido la carrera en un empate técnico. En Iowa, los aranceles y el diésel en máximos han convertido la contienda en el epicentro del malestar rural. En Carolina del Sur, tras la muerte de Lindsey Graham en julio, su hermana Darline se ve empatada en las encuestas en un estado que Trump ganó por 18 puntos. Y en Nebraska el partido apoya al independiente Dan Osborn, que no se ha comprometido a integrarse en ningún grupo.
En el lado defensivo, la batalla más observada es Míchigan, un estado bisagra donde Abdul El-Sayed aspira a convertirse en el primer senador musulmán del país pese a los ataques vertidos por el propio Trump. Su carrera es también una prueba de si un candidato del ala socialista del partido puede ganar en territorio disputado.
Los gobernadores: la lectura más limpia del cambio
De las 36 gobernaciones en juego, cada partido defiende dieciocho, y los demócratas pueden lograr una mayoría de gobernadores por primera vez desde 2009.
Como los candidatos dependen menos de la marca nacional, estas carreras ofrecen una lectura más limpia del cambio de clima. Los demócratas lideran en Iowa, Ohio, Alaska y Nevada, cuatro estados hoy gobernados por republicanos, y están en empate técnico en Georgia. Su gran amenaza es Kansas, donde la gobernadora demócrata Laura Kelly no puede repetir.
Los votantes decisivos
Hay dos grupos de votantes que merecen especial atención. El primero son los hispanos y los estadounidenses de origen asiático, que en 2024 giraron con fuerza hacia Trump y que hoy se alejan de él con la misma rapidez. Según las encuestas de The Economist, el margen demócrata ha crecido 17 puntos entre los hispanos y 14 entre los asiáticos desde 2024, frente a diez entre los blancos. De media, son votantes con menor identificación partidista, que priorizan los asuntos económicos y que pesan más que la media en 28 distritos disputados.
Los demócratas lideran en Iowa, Ohio, Alaska y Nevada, cuatro estados hoy gobernados por republicanos, y están en empate técnico en Georgia.
El segundo grupo, según el analista Charlie Cook, son los republicanos habitualmente fieles a los que los aranceles y la subida de los combustibles han golpeado con dureza. Por eso Kansas e Iowa concentran tanta atención: si ese voto rural se desmoviliza o cambia de bando, la ola puede alcanzar lugares que ningún modelo esperaba hace un año.
¿Qué escenarios son más probables?
El escenario más probable es una ola azul que dé a los demócratas el control de ambas cámaras. Según el modelo de The Economist, el partido es favorito en suficientes estados (entre ellos Maine, Míchigan, Carolina del Norte y Ohio) para llegar a 50 escaños, y tiene opciones parejas en Alaska y Texas para conseguir el decisivo número 51. Además, las carreras no son independientes entre sí: si una de las más improbables cae de su lado, probablemente se deba a un error generalizado de las encuestas, lo que arrastraría también a otras fichas, como Kansas, Iowa o Carolina del Sur.
Ese mismo razonamiento funciona en sentido contrario y abre la puerta al segundo escenario: un gobierno dividido, con los demócratas al frente de la Cámara y los republicanos reteniendo el Senado con 50 escaños o más. Bastaría con que las encuestas volvieran a infravalorar el voto republicano en los estados más conservadores, como ya ocurrió en 2016 y 2020. El diseño del mapa es tan favorable que los republicanos podrían conservar el Senado incluso perdiendo el voto genérico por nueve puntos.
Las carreras no son independientes entre sí: si una de las más improbables cae de su lado, probablemente se deba a un error generalizado de las encuestas.
Mucho menos probable es, en cambio, que los republicanos conserven ambas cámaras. Para ello haría falta un error de las encuestas muy superior a lo habitual, hasta el punto de que los modelos más citados apenas les dan un 5 % de probabilidades de retener siquiera la Cámara.
¿Qué consecuencias puede tener?
Desde su segunda investidura, Trump ha disfrutado de un dominio casi total sobre un Congreso controlado por su partido. Con la Cámara de Representantes, los demócratas podrían bloquear la agenda legislativa republicana, ya que toda ley necesita la aprobación de ambas cámaras. Tendrían también la llave del presupuesto, lo que anticipa nuevos choques y posibles cierres del Gobierno federal.
La Cámara tiene además el poder de investigar y es la única que puede iniciar un proceso de destitución (impeachment). En este sentido, las investigaciones sobre la Administración parecen seguras. Un tercer impeachment de Trump es menos probable, porque su destitución exigiría dos tercios del Senado, un umbral que ningún partido alcanzará.
Con la Cámara de Representantes, los demócratas podrían bloquear la agenda legislativa republicana ya que toda ley necesita la aprobación de ambas cámaras.
El control del Senado tendría consecuencias aún más duraderas. La cámara alta confirma los nombramientos presidenciales, desde ministros hasta jueces federales y magistrados del Tribunal Supremo, que son vitalicios. Y como los senadores tienen mandatos de seis años, el reparto que salga del martes condicionará también al sucesor de Trump tras 2028.
Aun así, ganar ambas cámaras no daría a los demócratas el control del país. Trump seguiría pudiendo vetar leyes, y superar un veto exige dos tercios en cada cámara. La presidencia acumula hoy un enorme poder ejecutivo, y los presidentes que afrontan un gobierno dividido en sus dos últimos años suelen volcarse en la política exterior, donde el Congreso tiene menos capacidad de frenarles.
Conclusión: el día después
Si las previsiones se cumplen, el martes los demócratas recuperarán, por lo menos, la Cámara de Representantes y Trump afrontará sus dos últimos años con un Congreso dispuesto a fiscalizarle. Sería, al fin y al cabo, lo que la historia de las elecciones de medio mandato hace esperar de un presidente impopular.
Para el Partido Republicano, una derrota amplia abriría la pregunta sobre su futuro después de Trump. Algunos analistas han llegado a afirmar que, si las elecciones van como apuntan las encuestas, podrían marcar el final de la era Trump. Aun así, el partido se ha convertido en la última década en una formación a imagen de su líder, y su huella durará años.
Para el Partido Demócrata, una victoria no resolvería sus debates internos, sino que los trasladaría a las primarias de 2028: la pugna entre su ala moderada y su ala izquierda, y un posible relevo generacional encarnado por políticos millennials como El-Sayed o Jon Ossoff. Y queda una lección de fondo: los votantes hispanos y asiáticos que podrían darles la victoria se identifican hoy menos con el partido que en 2024. Su voto es un castigo a Trump, no un cheque en blanco.
