La reunión de los miembros del G7 continúa acaparando todos los titulares internacionales, pero no puede ocultar el hecho de que sus integrantes son cada vez menos influyentes en un mundo fragmentado y multipolar.

La semana pasada, los líderes del G7 volvieron a reunirse en la cumbre de Évian-les-Bains, Francia, con el objetivo central de abordar la reducción de los desequilibrios económicos globales. Sin embargo, el encuentro pasará a la historia por acoger el acuerdo de paz entre Estados Unidos e Irán para poner fin a las hostilidades en el Golfo y reabrir el estrecho de Ormuz, que algunos medios no dudan en tildar de claudicación de Washington frente a Teherán.
¿Qué es el G7?: de Rambouillet a la exclusión de Rusia
El Grupo de los Siete (G7) es un foro informal integrado por las siete principales naciones industrializadas y democracias: Alemania, Canadá, Francia, Italia, Japón, el Reino Unido, Estados Unidos y la Unión Europea. Al igual que el G20, el G7 no es una organización internacional, pues carece de un aparato administrativo propio y sus miembros no están representados de forma permanente. Debido a su estructura informal, el país que ostenta la Presidencia desempeña un papel especialmente importante.
El G7 nació en 1975 como respuesta a la primera crisis del petróleo y al colapso del sistema de tipos de cambio fijos de Bretton Woods, que habían sumido al mundo en una profunda incertidumbre económica. La iniciativa partió del presidente francés Valéry Giscard d’Estaing y el canciller alemán Helmut Schmidt, quienes convocaron a los líderes de Francia, Alemania Occidental, Estados Unidos, Japón, Reino Unido e Italia en el Castillo de Rambouillet, a cincuenta kilómetros al suroeste de París. En aquella primera cumbre, los seis países adoptaron la Declaración de Rambouillet, un documento de quince puntos que sentó las bases para la cooperación económica internacional y estableció la tradición de reuniones anuales bajo una presidencia rotatoria. Al año siguiente, Canadá se unió al grupo, dando lugar al G7 tal como lo conocemos hoy. La incorporación de la Comunidad Económica Europea —precursora de la Unión Europea— como invitada permanente en 1977 marcó otro hito importante, consolidando el papel del bloque como foro de coordinación entre las economías más avanzadas.
El G7 nació en 1975 como respuesta a la primera crisis del petróleo y al colapso del sistema de tipos de cambio fijos de Bretton Woods, que habían sumido al mundo en una profunda incertidumbre económica.
El papel de Rusia en el grupo merece una mención especial. Tras el fin de la Guerra Fría, el G7 invitó a Mijaíl Gorbachov a conversaciones paralelas durante la cumbre de Londres en 1991. En 1998, Rusia fue formalmente admitida, convirtiendo al grupo en el G8. Sin embargo, la anexión de Crimea por parte de Moscú en 2014 llevó a los siete miembros originales a suspender su participación en el G8. Desde entonces, el grupo ha seguido funcionando como G7, excluyendo a Rusia hasta que «cambie de rumbo y se cree un entorno en el que el G8 pueda mantener discusiones razonables».
El G7 ha sido testigo de momentos clave de la cooperación internacional, desde la gestión de crisis financieras hasta la coordinación de respuestas a pandemias. Su capacidad para tomar decisiones ágiles y su representatividad —aunque limitada— le otorgaron durante décadas un peso desproporcionado en la gobernanza global.
La pérdida de relevancia: cuando los números no mienten
Pese a ello, y en especial desde los 2000 con la creación de los BRICS, de los que hablaremos posteriormente, hay que señalar que este club de los siete ya no engloba a las potencias más importantes del globo. Esto es, ante todo, una cuestión de cifras. En 1980, los siete países miembros representaban el 51,9 % del PIB mundial en paridad de poder adquisitivo (PPA), una métrica que permite comparaciones homogéneas entre economías. Cuatro décadas después, en 2026, esa cifra se ha reducido, según datos del Fondo Monetario Internacional (FMI). Este descenso de más de 24 puntos porcentuales no es un fenómeno aislado, sino el reflejo de un cambio de era en la distribución del poder económico global.
El caso de Estados Unidos, la mayor economía del grupo, es ilustrativo. En 1980, representaba el 21,6 % del PIB mundial, pero hoy esa participación se ha reducido al 14,5 %. Alemania, por su parte, ha experimentado un declive aún más pronunciado, pasando del 6,9 % al 2,8 %. Japón y Francia han seguido tendencias similares, mientras que países como China e India han visto cómo su peso relativo en la economía global se disparaba. De hecho, China, con un PIB que representa el 19,8 % de la producción mundial, ya supera a Estados Unidos en términos de poder de compra. La población del G7, unos 780 millones de habitantes, supone además solo el 10 % de la población mundial, lo que significa que el 90 % de la humanidad vive en países ajenos a este club de élite.
Este declive económico se ha visto acompañado por señales políticas igualmente preocupantes para los miembros del G7. A principios de junio de 2026, Alemania, una de las potencias más influyentes del grupo, fracasó en su intento de obtener un asiento no permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. En una votación histórica, Berlín solo logró el apoyo de 104 de los 190 Estados miembros, poco más de la mitad, mientras que Portugal y Austria obtuvieron 134 y 131 votos, respectivamente. Este revés, «rebelión general» contra Alemania, impulsada por su política exterior, especialmente su «defensa a ultranza de Israel frente a las matanzas en Palestina y Líbano». Más allá de las críticas concretas, el episodio puso de manifiesto un cambio más profundo: el creciente rechazo del sur global —un concepto que agrupa a países de África, Asia y América Latina— al orden internacional dominado por Occidente.
La población del G7, unos 780 millones de habitantes, supone además solo el 10 % de la población mundial, lo que significa que el 90 % de la humanidad vive en países ajenos a este club de élite.
Estos países han venido exigiendo desde hace años una reformulación del poder en instituciones como el Consejo de Seguridad de la ONU, cuya composición —heredada de 1945— resulta anacrónica en 2026. Ni Francia ni Reino Unido, ni siquiera Rusia, conservan el estatus de potencias coloniales que alguna vez tuvieron. Su influencia persiste, en gran medida, gracias a su arsenal nuclear y a estructuras de gobernanza global que ya no reflejan la realidad del siglo XXI. El G7, en este contexto, se ha convertido en un símbolo de ese desajuste: un club cerrado donde Estados Unidos ejerce un derecho de veto informal sobre la incorporación de nuevos miembros, mientras el resto del mundo teje nuevas alianzas y foros de cooperación.
El desafío de los BRICS y las economías emergentes
Ante los evidentes síntomas de obsolescencia del G7, la pregunta inevitable es: ¿qué alternativas existen para reformar o sustituir a este grupo? La respuesta más obvia, indudablemente, pasa por los BRICS, el bloque formado inicialmente por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica.
En los últimos años, los BRICS han experimentado una expansión sin precedentes, tanto en tamaño como en ambición. En 2024, durante la cumbre de Kazán (Rusia), el grupo incorporó a Egipto, Etiopía, Irán y Emiratos Árabes Unidos como miembros de pleno derecho. Además, trece países más fueron añadidos como «socios»: Argelia, Bielorrusia, Bolivia, Cuba, Indonesia, Kazajistán, Malasia, Nigeria, Tailandia, Turquía, Uganda, Uzbekistán y Vietnam. Esta ampliación no solo refuerza el peso demográfico y económico del bloque —que ya representa la mitad de la población mundial—, sino que también consolida su aspiración a convertirse en un polo alternativo de poder.
El crecimiento económico de los BRICS contrasta de manera elocuente con el estancamiento relativo del G7. Según proyecciones del FMI, las once naciones que conforman los BRICS (incluyendo a los nuevos miembros) registrarán un crecimiento promedio del 3,7 % en 2026, más de tres veces superior al 1,1 % esperado para el G7. Esta divergencia en las tasas de crecimiento no es casual: mientras las economías avanzadas del G7 lidian con el envejecimiento de su población, la saturación de sus mercados y la pérdida de competitividad industrial, los países emergentes de los BRICS aprovechan su demografía joven, su dinamismo económico y su creciente integración comercial.
Más allá de las cifras, los BRICS han dado pasos concretos para desafiar la hegemonía occidental en el sistema financiero internacional. Durante la cumbre de Kazán, el grupo anunció la creación de BRICS Pay, un sistema de pagos diseñado para facilitar las transacciones y el intercambio de información financiera entre los bancos centrales de los países miembros, como alternativa al sistema SWIFT, dominado por Occidente. Este sistema, junto con la promoción del uso de monedas nacionales en el comercio internacional, busca reducir la dependencia del dólar estadounidense y proteger a los países miembros de las sanciones unilaterales impuestas por Estados Unidos y sus aliados.
El futuro del G7: entre la reformulación y el ocaso
El futuro del G7 depende de dos ejes principales: su capacidad para reformarse y la evolución del orden internacional. En el escenario más optimista, el grupo podría transformarse en un foro más amplio e inclusivo, capaz de integrar a las potencias emergentes y adaptarse a las realidades del siglo XXI. Esto implicaría una revisión de su composición: si el G7 se creara hoy con criterios estrictamente económicos, países como India, Brasil, China e incluso Indonesia o Nigeria tendrían un lugar garantizado, mientras que algunos miembros actuales podrían quedarse fuera.
Las once naciones que conforman los BRICS (incluyendo a los nuevos miembros) registrarán un crecimiento promedio del 3,7 % en 2026, más de tres veces superior al 1,1 % esperado para el G7.
Sin embargo, este escenario choca con realidades políticas complejas. La incorporación de China, por ejemplo, es impensable en el contexto actual de tensión entre Washington y Pekín. Del mismo modo, la inclusión de Rusia (aun en el hipotético caso de que cambiara drásticamente su política exterior) sería difícil de justificar tras la invasión de Ucrania. Además, el propio Estados Unidos, creador del G7, parece cada vez más interesado en desafiar el orden multilateral que ayudó a construir. La administración de Donald Trump, de hecho, ha cuestionado abiertamente el valor de alianzas como la OTAN y el propio G7, lo que añade incertidumbre sobre el compromiso de Washington con estas instituciones.
En el escenario más pesimista, el G7 podría convertirse en un foro puramente simbólico, un vestigio de un orden internacional superado por los hechos. Este riesgo es especialmente alto si el grupo insiste en mantener su formato actual, sin abrirse a nuevas membresías ni adaptar su agenda a los desafíos globales del siglo XXI. Como advierte el Real Instituto Elcano, el grupo corre el peligro de quedarse atrapado en su propia inercia, incapaz de responder a un mundo donde el poder se ha dispersado y las alianzas tradicionales ya no son suficientes.
Un tercer escenario, quizás el más realista, sería la coexistencia del G7 con otros foros de cooperación, como los propios BRICS, pero también la ASEAN (organización de cooperación de Indonesia, Malasia, Filipinas, Tailandia y Singapur) o la propia Unión Europea, la Unión Africana y el Mercosur, cada uno con su propio ámbito de influencia. La clave, en este caso, estaría en la capacidad del G7 para establecer puentes con estos nuevos bloques, evitando una fragmentación del sistema internacional en esferas de influencia enfrentadas.
En cualquier caso, el G7 no puede permitirse el lujo de ignorar los cambios que están transformando el mundo. En un contexto marcado por el ascenso de Asia, el activismo del sur global y la crisis de las instituciones multilaterales tradicionales, el grupo enfrenta una elección sencilla pero crucial: adaptarse o desaparecer. La cumbre de Évian de 2026, con su agenda centrada en los desequilibrios económicos y su símbolo de un orden en declive, podría ser recordada como el momento en que el G7 tomó conciencia de su propia obsolescencia. O como el último suspiro de un club que se resistió al cambio hasta que fue demasiado tarde.
