Dejando atrás el pacifismo que rigió la política japonesa tras la Segunda Guerra Mundial, el país liderado por Sanae Takaichi busca redefinir su papel en un panorama geopolítico convulso.

El 1 de enero de 1946, el entonces emperador de Japón, Hirohito, firmó la «Niegen Sengen» o declaración de humanidad. Este documento suponía una ruptura con la reforma de la Constitución de 1889, la cual establecía la ascendencia divina de la dinastía del emperador de la diosa Amaterasu. La Declaración de Humanidad no renunciaba a este vínculo familiar con los dioses, pero sí a su propia condición divina.
Medio año antes, millones de japoneses se reunían en torno a las radios para escuchar cómo su emperador, que aún era considerado constitucionalmente como un dios, anunciaba la rendición del país tras los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki.
En un contexto militar cada vez más tenso e incierto, Japón parece dispuesto a revisar algunos de los principios que definieron su reconstrucción.
La derrota bélica y la divinidad imperial iniciaron un cambio en el papel de Japón en el mundo, convirtiéndose bajo Douglas MacArthur en una potencia económica desprovista de ambición militar y liderada por mortales.
Hoy, en un contexto militar cada vez más tenso e incierto, Japón parece dispuesto a revisar algunos de los principios que definieron su reconstrucción. De forma paralela, figuras como Sanae Takaichi, la primera ministra del país, adquieren una trascendencia que va más allá de lo meramente político.
El sol y el acero
Volviendo a la década de los cuarenta y a la constitución japonesa, es aquí donde podemos comprender la política militar del país, definida por el artículo 9 de su constitución:
«Artículo 9. Aspirando sinceramente a una paz internacional basada en la justicia y el orden, el pueblo japonés renuncia para siempre a la guerra como derecho soberano de la nación y a la amenaza o al uso de la fuerza como medio de solución en disputas internacionales. Con el objeto de llevar a cabo el deseo expresado en el párrafo precedente, no se mantendrán en lo sucesivo fuerzas de tierra, mar o aire, como tampoco otro potencial bélico. El derecho de beligerancia del Estado no será reconocido».
Sin embargo, el consenso alrededor de este artículo que existía durante todo el siglo XX ha ido disminuyendo a lo largo del XXI. Para explicar el porqué, hay que atender tanto a razones históricas como pragmáticas.
Las primeras pasan por un creciente revisionismo de la narrativa oficial del papel de Japón en la Segunda Guerra Mundial, que la propia Sanae Takaichi abandera. Por otro lado, debemos mirar al panorama geopolítico de la región y el mundo.
El ascenso progresivo de China como potencia regional y global ha alterado profundamente la sensación de seguridad entre los japoneses. Episodios recurrentes en el mar de China Oriental, la permanente cuestión de Taiwán y la escalada armamentística global han generado un entorno en el que el pacifismo se percibe como una vulnerabilidad.
Onnagata
Sanae Takaichi lleva en el Partido Liberal Democrático (PLD) de Japón desde los años noventa y siempre ha sido una figura relevante por su experiencia en Estados Unidos. Sin embargo, su papel quedaba relegado a un segundo plano por sus posturas radicales, que no eran bien vistas por las facciones que componen el partido.
Su reciente ascenso hasta la presidencia del partido y del país debe verse como un cambio en el equilibrio de poder interno, pero, sobre todo, como la consecuencia de un desplazamiento de las posturas ideológicas de los japoneses a lugares más extremos.
Sanae Takaichi como primera ministra supone un punto y final a la estabilidad consensuada que regía el sistema japonés, hasta ahora moderado y pacifista. En este sistema existía una hegemonía del PLD, que lleva gobernando de forma casi ininterrumpida desde 1955, pero también había una gran cautela ante la toma de grandes decisiones que afectaran a elementos estructurales.
Estamos, por tanto, ante un Gobierno que quiere dejar atrás las dinámicas de mejoras lentas pero consistentes para aprovechar que existe una combinación de un deseo interno de cambio y un clima externo convulso. Takaichi tiene un mandato transformador y parece dispuesta a utilizarlo.
Caballos desbocados
Takaichi canaliza este nuevo espíritu belicista desde dos ángulos, uno puramente militar y otro económico-tecnológico.
El militar pasa por un aumento del gasto en defensa y una mayor integración con aliados como Estados Unidos, además de una escalada de las capacidades defensivas como el despliegue de misiles de largo alcance que desde Pekín calificaron como «neomilitarista».
Pero también tiene una dimensión simbólica, a través del mencionado artículo 9 de la Constitución El PLD lleva intentando cambiarla desde que Shinzō Abe propusiera en 2007 su revisión durante la celebración del 60 aniversario de la Constitución japonesa.
La manera en la que más se concreta esta política es el paulatino desacople económico de la economía china, reduciendo la dependencia en sectores críticos.
Respecto al ámbito económico, este está íntimamente ligado a la seguridad para Sanae Takaichi. Esta doctrina se manifiesta en la visión de elementos como las cadenas de suministro, recursos críticos y tecnología avanzada como campos de disputa estratégica. La manera en la que más se concreta esta política es el paulatino desacople económico de la economía china, reduciendo la dependencia en sectores críticos e incentivando la relocalización industrial.
El rumor de las olas
Cuando su hermano Susanoo se sumió en una espiral de caos y violencia, la diosa Amaterasu escapó a Amnoiwato, la Cueva de la Roca del Cielo, para esconderse en su interior. Su partida sumió al universo en una era de oscuridad total y el resto de los dioses resolvieron que debían idear un plan para que regresara. Finalmente, consiguieron que saliera atrayéndola con luces, bailes y espejos, devolviendo la luz al mundo.
Igual que la diosa que engendró su dinastía imperial, el pueblo japonés siente ahora el periodo desde 1945 como una retirada y parece estar disponiendo de las luces, bailes y espejos necesarios para que el país que fueron vuelva a salir.
Esta renovada autoconciencia, junto a una incertidumbre geopolítica regional, ha llevado a Japón a considerar su antibelicismo como un lujo y, al mismo tiempo, una política obsoleta.
Pero si el pueblo quiere que Japón salga de Amnoiwato, la persona planificando cómo atraerlo es, sin duda, Sanae Takaichi. Su liderazgo supone la cristalización política de transformaciones más profundas y la determinación política de tomar un papel activo.
Esta nueva etapa de Japón no es solamente un retorno a las dinámicas de la primera mitad del siglo XX; buscan retomar ese espíritu, sí, pero aplicando las dinámicas propias de un nuevo panorama geopolítico global en el que cada vez se difuminan más las líneas entre economía, defensa y tecnología.
