La crisis política del Reino Unido recuerda a un periodo anterior en el que el Partido Laborista también afrontaba un contexto de debilitamiento. ¿Habrán aprendido algo los laboristas de esta etapa anterior?

Fue Karl Marx en El 18 Brumario de Luis Bonaparte de 1852 quien estableció, siguiendo una idea de Hegel, que la historia sucede dos veces, primero como tragedia y después como farsa. 

La actual situación política en Reino Unido puede verse tanto como una farsa protagonizada por pintorescos personajes (algunos incluso disfrazados de cubo de basura) como una tragedia de una nación a la deriva tras el Brexit

Sin embargo, más allá de cómo la interpretemos, lo que sí está claro es que la situación política no es del todo nueva. Puede que no se repita, pero lo que es innegable es que, como dijo Theodor Reik, «el pasado no se repite, pero rima». ¿Cuándo ocurrió algo parecido?

Truth usually is the same old story

Para encontrar su reflejo, debemos remontarnos a 1974, cuando Harold Wilson vuelve al poder tras el gobierno del conservador Edward Heath. El líder del Partido Conservador había gobernado durante cuatro duros años que habían supuesto un gran desgaste para Gran Bretaña, dejando un país que sufría de una combinación de inflación, conflicto laboral, crisis energética y pérdida de confianza en la capacidad del Estado para gobernar. 

Heath convocó unas elecciones anticipadas en las que, bajo el lema «Who governs Britain?», esperaba encontrar un refuerzo a su autoridad para hacer frente a la de los sindicatos. Sin embargo, terminó recibiendo justo lo contrario. 

Wilson llega al poder en una situación distinta a la de Starmer en 2024, tras catorce años de gobiernos conservadores marcados por la austeridad, el Brexit, la pandemia, la crisis energética derivada de la guerra de Ucrania y el caos financiero provocado por Liz Truss, entre otras crisis. Sin embargo, en ambos casos nos encontramos con un electorado en busca de un gobierno que devolviera la estabilidad y la funcionalidad a Downing Street. 

Es significativo que ni Wilson ni Starmer hicieran campañas especialmente radicales. Ambos entendieron que el país estaba cansado de la confrontación y ofrecieron una promesa de estabilidad y la restauración de la confianza en las instituciones. En ambos casos nos encontramos con un Partido Laborista que consigue posicionarse como una alternativa creíble al desgaste conservador. Esto también planteó un enorme problema de expectativas en ambos casos. 

Wilson llega al poder en una situación distinta a la de Starmer en 2024, tras catorce años de gobiernos conservadores marcados por la austeridad, el Brexit, la pandemia, la crisis energética derivada de la guerra de Ucrania y el caos financiero provocado por Liz Truss.

Only taxpayers’ money 

La situación económica que recibió Wilson y la que recibió Starmer son bastante diferentes en su naturaleza, pero en ambos casos la capacidad de intervención del nuevo Gobierno era limitada. Wilson heredó una economía inmersa en la crisis del modelo industrial británico tras décadas de crecimiento. La inflación se encontraba por encima del treinta por ciento, la productividad llevaba años estancada, la libra sufría continuos vaivenes y, para rematar, estaba la crisis del petróleo de 1973. 

Reino Unido seguía siendo una economía profundamente industrializada, muy dependiente de combustibles fósiles y con sindicatos enormemente fuertes. Estos últimos eran capaces de paralizar sectores enteros de la producción, lo que les otorgaba un poder inmenso frente a un gobierno que tenía las manos atadas. 

La situación económica que recibió Wilson y la que recibió Starmer son bastante diferentes en su naturaleza, pero en ambos casos la capacidad de intervención del nuevo Gobierno era limitada.

Por el contrario, Starmer hereda una economía de servicios altamente financiarizada, marcada por un prolongado estancamiento de la productividad. A ello se suman el deterioro de los servicios públicos tras años de gestión conservadora y el envejecimiento de la población, dos factores que incrementan de forma sostenida la presión sobre el gasto público. 

Durante los años setenta, la política económica británica vivía bajo la presión constante de los ataques contra la libra esterlina. La fragilidad de las cuentas públicas era puesta en cuestionamiento constante por parte de los inversores, creando una complicada dinámica de retroalimentación cortoplacista. 

Hoy la dinámica es distinta, pero el mecanismo político resulta extraordinariamente parecido. Aun sin Bretton Woods ni la libra ocupando la misma posición internacional, los mercados siguen condicionando profundamente las decisiones gubernamentales de este nuevo gobierno laborista. En este sentido, el episodio presupuestario de Liz Truss en 2022 dejó una huella enorme en toda la política británica que ha llevado a que Starmer y su ministra de Hacienda, Rachel Reeves, construyan una política económica sobre la base de que un gobierno laborista puede ser fiscalmente más prudente incluso que los conservadores. 

Knocked down by the traffic from both sides 

Wilson tuvo que gestionar una formación profundamente dividida internamente. Por un lado, el ala sindical y la izquierda del partido exigían una intervención estatal mucho más ambiciosa, nacionalizaciones y una política económica menos condicionada por los mercados. 

Por otro lado, los sectores más moderados defendían la necesidad de mantener la confianza internacional haciendo caso a los mercados, evitando políticas que agravaran la crisis monetaria y viendo necesario enfrentarse a los sindicatos. 

Starmer por su parte ha vivido recientemente hasta qué punto llega la profunda división del Partido Laborista que encabezaba. Su retirada forzosa muestra lo tenso que estaba (y está) el partido. 

Aquí, sin embargo, la amenaza que promueve la división no son los mercados o el poder de los sindicatos, sino las encuestas que sitúan en cabeza a Reform UK, el partido de Nigel Farage. Starmer defendió una manera de afrontar el desafío desde la moderación, priorizando la credibilidad económica frente a una transformación más profunda. 

La mayoría parlamentaria de Starmer fue muy superior a la de Wilson, pero ambos gobiernos compartieron una misma trayectoria: llegaron al poder como la promesa de una nueva etapa y terminaron siendo percibidos como incapaces de responder a unas expectativas electorales que pronto se vieron frustradas. 

A standardised Europe 

La relación con Europa es también un factor clave a la hora de evaluar estas dos presidencias laboristas. Cuando Wilson regresó a Downing Street en 1974, el partido estaba fracturado respecto a la entonces Comunidad Económica Europea. El partido incluía tanto a europeístas como a una corriente euroescéptica que consideraba que la adhesión negociada por Edward Heath limitaba la soberanía británica y la aplicación de un programa económico verdaderamente socialista. 

Wilson vio en esta relación con Europa no solo un problema, sino también una posible solución al apetito de cambios transformadores que las bases demandaban. Para ello no solo renegoció las condiciones de adhesión de Reino Unido, sino que llevó a cabo un referéndum para dotar a la decisión de legitimidad democrática. 

El referéndum de 1975 se saldó con un apoyo de alrededor del 67 % a la permanencia, pareciendo haber resuelto definitivamente la cuestión europea. Durante décadas se interpretó como el momento en que el Reino Unido había aceptado plenamente su pertenencia al proyecto comunitario.

Wilson vio en esta relación con Europa no solo un problema, sino también una posible solución al apetito de cambios transformadores que las bases demandaban.

Sin embargo, hoy sabemos que no fue así, como demostró el referéndum de 2016 con el que Reino Unido abandonaba la Unión Europea. Este es el hecho que marca la relación de Starmer con el viejo continente. El candidato laborista de 2024 asumió como objetivo prioritario la normalización de las relaciones con Bruselas y conseguir un complicado equilibrio entre acercarse al viejo continente sin caer en viejas dinámicas. 

Ambos dirigentes terminaron utilizando Europa como un instrumento de estabilidad más que como un proyecto ideológico. Wilson recurrió al referéndum para preservar la cohesión de su Gobierno y Starmer buscó una cooperación pragmática con Bruselas para favorecer el crecimiento económico y reforzar la posición internacional del Reino Unido. 

You may have to fight a battle more than once to win it

Comparar a Harold Wilson y Keir Starmer no significa sostener que ambos gobiernos sean exactamente iguales. Los desafíos económicos, el contexto internacional y la estructura de la economía británica son demasiado diferentes para hablar de una repetición histórica, pero su perfil y enfoque sí nos permiten señalar la rima. Wilson gobernó el final del consenso de posguerra, Starmer tras el Brexit y durante el inicio de la transformación del orden internacional basado en reglas.

Existe un patrón común que atraviesa ambos momentos históricos. Tenemos dos primeros ministros laboristas que llegaron al poder prometiendo reconstruir un país cansado del desgaste de sus predecesores. Los dos se presentaron como dirigentes moderados y pragmáticos, más preocupados por restaurar la confianza que por emprender grandes revoluciones ideológicas. Y los dos descubrieron rápidamente las consecuencias de un margen de actuación más limitado de lo que parecía.

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por Alejandro Hernández

Filólogo y (casi) jurista. Yo he venido aquí a hablar de política (especialmente la de Estados Unidos) y tomar café (especialmente el de fuera de Estados Unidos).

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