Hace diez años el Reino Unido votó por el Brexit. La salida de la UE ha afectado a la estabilidad política, económica y social del país.

Hace una década, los británicos sorprendieron al mundo. El 23 de junio de 2016, por un margen de apenas un millón de votos en un país de más de 65 millones de habitantes, el Reino Unido decidió saltar al vacío y abandonar la Unión Europea. Desde entonces, no ha encontrado suelo firme.

¿Cuáles han sido las principales consecuencias del Brexit?

Una década a la deriva

Los resultados del Brexit desencadenaron una sucesión casi vertiginosa de primeros ministros que todavía no se ha detenido. En apenas una década, el país ha consumido nada más y nada menos que seis líderes.

Tras la derrota en el referéndum, David Cameron recogió sus cosas y se fue esa misma mañana, apenas unas horas después de conocerse el resultado. Le siguió Theresa May, cuyo acuerdo de salida cayó tres veces en el Parlamento antes de caer ella misma. Boris Johnson sacó adelante el Brexit, pero acabó hundido por las fiestas que él mismo prohibió al resto del país durante la pandemia. Liz Truss duró menos de dos meses, los que tardó su plan de recortes fiscales en hacer temblar a los mercados y obligar al Banco de Inglaterra a intervenir de urgencia. Rishi Sunak resistió hasta la debacle electoral de 2024.

Y el pasado lunes, el laborista Keir Starmer anunció su dimisión tras menos de dos años en el cargo. 

La inestabilidad política es tal que los dos grandes partidos tradicionales, conservadores y laboristas, no alcanzan juntos el 40% de la intención de voto. En ese hueco han crecido los extremos: Nigel Farage, uno de los principales artífices del Brexit, encabeza las encuestas con su partido Reform UK, que ya en las elecciones locales de mayo de 2025 arrasó en decenas de ayuntamientos ingleses; mientras que los Verdes, desde que Zack Polanski asumió su liderazgo, han virado hacia un discurso ecopopulista.

Los dos grandes partidos tradicionales, conservadores y laboristas, no alcanzan juntos el 40% de la intención de voto,

Una década enfrentados

Además de la inestabilidad política, el Brexit ha dejado divisiones sociales difíciles de reparar. El referéndum alumbró dos identidades enfrentadas: los «Remainers», partidarios de quedarse en la UE, y los «Leavers», que querían abandonarla. Una década después, cerca del 60 % de la población sigue adscribiéndose a una de estas dos etiquetas.

Asimismo, estas identidades sociales derivadas del Brexit afectan al funcionamiento político y social del país. Se ha encontrado que los británicos estereotipan al bando contrario, evitan relacionarse con él e incluso lo discriminan.

Varios estudios académicos han constatado que esta identidad predice mejor los prejuicios que la propia afiliación de partido. Es una polarización peculiar, distinta a la de Estados Unidos (donde el eje son los partidos) o a la de países europeos como España (donde son los bloques ideológicos), porque pivota sobre un único asunto. Pero no por eso resulta menos corrosiva. 

El coste económico del Brexit

A todo esto, se suma el coste económico. El Brexit no provocó el hundimiento súbito que temían los más agoreros, pero sí un freno gradual y acumulativo sobre el comercio, la inversión y la productividad.

Según las estimaciones más conservadoras, y descontando los efectos de la pandemia y las guerras recientes, la salida de la UE ha recortado el PIB británico al menos un 4 % en la última década. Otros análisis elevan la cifra hasta un rango de entre el 6 % y el 8 %, con una caída de la inversión de entre el 12 % y el 18 %. El comercio de bienes con la UE se ha reducido cerca de un 15 % respecto a lo que cabría esperar si el país hubiera permanecido en el mercado único. 

Esto se debería sobre todo a que, fruto del Brexit, habría menos empresas operando, inversión extranjera más débil, cadenas de suministro europeas a las que ya no se pertenece y un flujo de conocimiento y tecnología que ha menguado en ambas direcciones. El golpe se nota especialmente en el sector del automóvil, donde el peso de las exportaciones ha caído más que en Francia, Alemania o España desde 2019.

Los servicios financieros, en cambio, han seguido creciendo, aunque a un ritmo menor que en las economías comparables. El agujero fiscal que ha dejado ese menor crecimiento se ha tenido que tapar con subidas de impuestos: solo la reforma de las cotizaciones sociales aprobada en 2021 recaudó cerca de 29.000 millones de libras, una factura que, según reconocen distintos economistas, no habría sido necesaria de haberse quedado el país en la Unión. 

Fruto del Brexit, habría menos empresas operando, inversión extranjera más débil, cadenas de suministro europeas a las que ya no se pertenece y un flujo de conocimiento y tecnología que ha menguado en ambas direcciones.

La imposibilidad de cerrar las fronteras

Finalmente, el Brexit tampoco parece haber permitido controlar la inmigración. Recordemos que uno de los principales argumentos de los partidarios para abandonar la UE era recuperar la soberanía nacional y el control de fronteras. Sin embargo, los datos indican que ha ocurrido todo lo contrario.

Desde enero de 2021, momento en el que se hizo efectiva la salida plena del Reino Unido de la UE, la inmigración se disparó hasta rozar los 900.000 llegadas netas en el año que terminó en junio de 2023, la cifra más alta jamás registrada. Las medidas más restrictivas aprobadas después consiguieron rebajarla en torno a un 20% en 2024, hasta unas 725.000 personas. Sigue siendo, con todo, más del doble de los niveles previos al referéndum. 

Más bien, lo que se observa es un cambio en la composición de la migración. Se ha reducido la llegada de migrantes procedentes de la UE, a la par que ha aumentado la proveniente de países extracomunitarios, sobre todo de India, Nigeria y Hong Kong. A esto se suma la llegada de decenas de miles de personas en embarcaciones precarias a través del Canal de la Mancha, convertida ya en la imagen más repetida del fracaso migratorio del Brexit.

El clima después del Brexit

Así están las cosas diez años después. Un país políticamente inestable, una sociedad fracturada, una economía que no termina de arrancar y unas promesas de soberanía que se han quedado en papel mojado. Las encuestas más recientes muestran, de hecho, que una mayoría de británicos votaría hoy por reingresar en la Unión Europea si se repitiera el referéndum. Lo que no deja de ser paradójico, ya que el primer partido en las encuestas está liderado por el principal promotor del abandono europeo.

El Reino Unido descubrió, a las malas, que la UE no era solo un mercado común o un conjunto de regulaciones molestas, sino que suponía también un ancla de estabilidad institucional, una red de seguridad económica y un marco de cooperación con un valor incalculable.

Las encuestas más recientes muestran, de hecho, que una mayoría de británicos votaría hoy por reingresar en la Unión Europea si se repitiera el referéndum.

En este sentido, no es casualidad que incluso los líderes euroescépticos como Marine Le Pen en Francia o Geert Wilders en Países Bajos hayan abandonado la opción de que sus respectivos países salgan de la UE. Hace una década ambos hablaban abiertamente de Frexit y Nexit; hoy prefieren la fórmula de «cambiar la Unión desde dentro». Ni siquiera lo mencionan ya en campaña, conscientes de que el precedente británico juega en su contra. 

En definitiva, si alguna lección nos llega desde más allá del Canal de la Mancha, es que fuera de la Unión Europea hace mucho frío.

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por Iván Sánchez Marañón

Investigador FPU en el Departamento de Ciencia Política y Sociología de la Universidad de Navarra. Máster en Ciencia Política y Comportamiento Político en la London School of Economics and Political Science. Interesado en el comportamiento electoral, la opinión pública y la comunicación política.

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