Solemos pensar que una protesta triunfa cuando consigue llenar las plazas. Perú, Israel y Georgia llenaron sus plazas durante meses y acabaron fracasando, mientras que Polonia, Corea del Sur y Hungría lograron frenar la deriva autoritaria de sus gobiernos a través de las calles. ¿Qué diferencia a unas protestas de otras cuando la democracia está en juego?

La noche del 3 de diciembre de 2024, miles de surcoreanos salieron de sus casas para plantarse delante de la Asamblea Nacional y cerrar el paso a los soldados que el presidente Yoon Suk-yeol había enviado tras declarar, por sorpresa, la ley marcial. En menos de tres horas, los diputados revocaron la medida y, cuatro meses después, el Tribunal Constitucional lo apartaba definitivamente del cargo. Dos años antes, al otro lado del Pacífico, miles de peruanos salieron a la calle tras la destitución de Pedro Castillo y se encontraron con un desenlace muy distinto: el Gobierno de Dina Boluarte siguió en pie y la protesta terminó por apagarse sin haber arrancado ninguna de sus demandas, tras una represión que dejó al menos 49 muertos.
Ambas escenas se inscriben en un periodo convulso para la democracia. Según el Índice de Democracia 2024 de la Economist Intelligence Unit (EIU), del grupo The Economist, casi cuatro de cada diez habitantes del planeta viven bajo regímenes autoritarios y otro 16 % en regímenes híbridos. Ese mismo año, la puntuación media cayó a su nivel más bajo desde que se empezó a elaborar el índice en 2006, después de que empeoraran 130 de los 167 países analizados.
Todo esto lleva a la siguiente pregunta: ¿por qué unas movilizaciones consiguen frenar a un gobierno con tentaciones autoritarias y otras acaban sepultadas por la represión o por el cansancio? La primera respuesta que viene a la cabeza es el tamaño de la movilización, porque las plazas desbordadas de gente y consignas son el gran símbolo de resistencia democrática de nuestro tiempo. Sin embargo, los seis casos que repasamos a continuación obligan a desconfiar de ese primer pensamiento porque, cuando se compara a los que ganaron con los que perdieron, la respuesta es bastante clara.
Cuando la plaza encuentra aliados
Ocho años de gobierno del partido Ley y Justicia (PiS) dejaron en Polonia un Tribunal Constitucional y una fiscalía capturados por el Ejecutivo, junto a una televisión pública que se acabó convirtiendo en un altavoz del partido. Lo que cambió en 2023 fue que diferentes organizaciones, como los colectivos feministas nacidos en 2020 a raíz de la restricción del aborto, los movimientos proeuropeos y el Comité de Defensa de la Democracia (KOD), unieron fuerzas con el objetivo de convertir el descontento en votos, con campañas para movilizar el voto joven y actos como la Marcha del Millón de Corazones, que llenó Varsovia dos semanas antes de las elecciones parlamentarias. Esta convergencia hizo que el 15 de octubre la participación electoral alcanzara el 74,4 %, la más alta desde la caída del comunismo, y la coalición encabezada por Donald Tusk acabara formando gobierno en diciembre.
Por su parte, Corea del Sur mostró que ese engranaje entre la calle y las instituciones puede funcionar incluso a contrarreloj. Tras la noche de las vallas, las concentraciones frente a la Asamblea Nacional se hicieron cada vez más numerosas y en diciembre la Cámara aprobó la moción de destitución contra Yoon gracias a que una parte de los diputados de su propio partido se sumó a la oposición.
Más recientemente, en abril de 2026, el partido Tisza obtuvo una victoria que le dio más de dos tercios de los escaños del Parlamento húngaro y puso fin a dieciséis años de gobierno de Viktor Orbán, en las elecciones con mayor participación desde la transición democrática. Su líder, Péter Magyar, es un antiguo miembro de Fidesz que supo atraer a votantes conservadores que estaban descontentos con el gobierno de Orbán, pero sin espantar a los progresistas. Además, conviene recordar que Tisza no nació de la noche a la mañana, ya que había irrumpido en las elecciones europeas de 2024 con casi el 30 % de los votos y, a través de un programa electoral centrado en una reforma institucional completa y el regreso al consenso europeo, logró llegar al Gobierno húngaro.
Las coaliciones que frenan una deriva autoritaria suelen reunir a rivales ideológicos que, en tiempos normales, difícilmente compartirían un mismo programa.
Cuando la calle se queda sola
En el extremo opuesto tenemos el caso de Perú. Las protestas contra el gobierno de Boluarte tuvieron su epicentro en el sur andino, especialmente entre las comunidades indígenas y campesinas. Estas habían visto en Castillo a uno de los suyos y, tras su destitución, se sintieron de nuevo ignoradas por Lima y por el Congreso. Las protestas apenas llegaron a sumar a las clases medias o a una oposición parlamentaria capaz de trasladar sus demandas al Congreso. Tampoco cuajó la articulación de un proyecto compartido que fuera más allá de la salida de la presidenta y del adelanto electoral. Fue, en suma, un movimiento aislado cuya represión se saldó con numerosas muertes.
Más desconcertante resulta el caso de Israel, donde las protestas contaron con cifras récord de asistencia y con apoyos de peso dentro del propio sistema político del país. Las movilizaciones surgieron a raíz de la reforma judicial que impulsó el gobierno de Netanyahu y llevaron a las plazas del país a miles de personas durante 2023.
Todo ello apenas sirvió, pues la ralentización de la reforma y la anulación de una de sus piezas por el Tribunal Supremo en enero de 2024 fueron sus únicos logros. Mientras, en el plano político, Netanyahu siguió en el poder y ninguna alternativa política organizada salió de las plazas.
Algo parecido ocurrió en Georgia durante la primavera de 2024, con el auge de las protestas civiles contra una ley que obligaba a las ONG y a los medios de comunicación que recibían más de un 20 % de sus fondos del exterior a registrarse como organizaciones que sirven a los intereses de una potencia extranjera. Las calles de Tiflis se convirtieron en un hervidero durante semanas, pero sin éxito. La ley salió adelante pese al veto de la presidenta del país, Salomé Zurabishvili. Además, la oposición llegó dividida a las elecciones de octubre, lo que permitió que el partido euroescéptico Sueño Georgiano revalidara su mayoría en unos comicios que los propios observadores internacionales describieron como desiguales y bajo presiones.
Una movilización puede llenar las plazas durante meses y aun así fracasar si nadie dentro de las instituciones convierte su presión en votos o en sentencias.
Las tres piezas de la resiliencia
A la luz de lo anterior, los seis casos explicados permiten observar tres mecanismos que, cuando coinciden, forman lo que podría llamarse la «tríada de la resiliencia democrática»:
a. Alianzas por encima de la ideología
La primera pieza consiste en tejer alianzas que crucen la frontera ideológica entre la izquierda y la derecha. En Polonia, la coalición opositora unió a la izquierda con los agrarios de la Tercera Vía, mientras que en Corea del Sur la destitución de Yoon salió adelante con votos de diputados de su propio partido, lo que demostró que, cuando la democracia está en juego, las fronteras ideológicas pueden volverse secundarias.
b. Un pie en las instituciones
La segunda pasa por conectar la calle con las instituciones (ya sean parlamentos o tribunales) que aún conserven su independencia. La multitud que se concentró aquella noche en Seúl frenó a los soldados en las puertas mientras los diputados votaban dentro; en Perú, en cambio, esa desconexión frenó cualquier intento de cambio.
c. Algo por lo que votar
La tercera, y la más olvidada, es contar con un proyecto que no se limite al rechazo del gobernante o de las políticas de turno. Es también la pieza que más suele fallar en las movilizaciones, como muestran Israel y Georgia, y la que quizás mejor explica por qué Tusk y Magyar consiguieron convertir el rechazo en una mayoría de gobierno.
El rechazo a un gobernante moviliza, pero rara vez basta para ganar unas elecciones: hace falta ofrecer algo por lo que merezca la pena votar.
De este análisis se derivan dos lecciones prácticas para quienes trabajan por sostener democracias amenazadas. La primera concierne a los programas internacionales de apoyo a la democracia, que a menudo financian a organizaciones de la sociedad civil sin invertir en tender puentes con las instituciones que todavía funcionan. Esa lógica ha predominado tanto en la cooperación europea como en la estadounidense, esta última muy mermada tras el desmantelamiento de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) en 2025. La segunda lección afecta a los partidos de oposición, que harían bien en ver la protesta social como una aliada e integrarla en una estrategia política y electoral que permita el cambio en el país, el camino que recorrieron Donald Tusk en 2023 y Péter Magyar en 2026.
Finalmente, es difícil hablar de erosión democrática sin mencionar a Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, que con su obra Cómo mueren las democracias convirtieron en título de referencia una pregunta que buena parte de la ciencia política ha tratado de responder. Varsovia, Seúl y Budapest invitan a formular la pregunta contraria, porque las pistas para defender una democracia amenazada están en aquellas que lograron sobrevivir. Por eso, la próxima vez que una plaza se llene contra un gobierno que se salta los contrapesos, la pregunta útil será quién la espera dentro de las instituciones y qué propone para mañana.
