Tras tanto tiempo en el poder, parecía imposible que Orbán pudiera perder unas elecciones. ¿Qué es lo que pasa esta vez? ¿Se puede dar su derrota por descontada?

Viktor Orbán lleva dieciséis años seguidos gobernando Hungría (también fue primer ministro entre 1998 y 2002). Dentro de la Unión Europea es el líder en el cargo con más años a sus espaldas, pero todo podría acabar este domingo.
Por primera vez desde 2006, Orbán y su partido Fidesz podrían caer al segundo puesto. El promedio de encuestas indica que Péter Magyar (Tisza) vencería con una ventaja de unos 8-9 puntos. Sin embargo, es posible que no sea suficiente.
¿Por qué ahora y no antes?
Orbán está acostumbrado a la victoria. Tras dos derrotas en 2002 y 2006 de las que tomó nota, ha ganado consecutivamente cuatro elecciones. Además, lo ha hecho por la puerta grande, con cuatro «supermayorías» y el control de dos tercios del parlamento.
Gracias a este poder, el primer ministro no ha perdido el tiempo. En estos dieciséis años ha aprobado más de cuarenta «leyes fundamentales», con la intención de transformar el sistema político, económico y mediático. Aquí comienza su deriva autoritaria, pero también el inicio de una potencial derrota.
El partido de Orbán ha ido ampliando su control sobre los medios de comunicación con la intención de monopolizar el relato político. Sin embargo, no parece haber sido suficiente, pues una parte de la ciudadanía está indignada con su Gobierno.
Al igual que con los medios de comunicación, el Gobierno de Orbán ha extendido sus tentáculos a cualquier proyecto de obra pública. Ya sea un puente, un estadio de fútbol o una autopista, la dinámica siempre ha sido la misma. El primer ministro ha sido acusado constantemente de desviar fondos públicos y adjudicar estos proyectos a su círculo más cercano.
En 2010, Orbán consiguió su primera victoria gracias a apelar a la indignación del pueblo húngaro con la élite anterior y la crisis económica. Sin embargo, al igual que la fatiga fue la razón de su victoria, el domingo podría ser su tumba.
Esta ola de hastío es especialmente visible entre los más jóvenes, quienes han pasado prácticamente toda su vida bajo el gobierno de Fidesz. Entre los votantes de menos de 30 años, el 65 % pretenden votar a Magyar, el rival directo de Orbán (quien solo consigue el 14 % de los votos en este grupo).
El primer ministro húngaro se granjeó en su momento una imagen de político sereno, dedicado a resolver con calma la situación económica del país. Sin embargo, el estancamiento económico de los últimos años y el deterioro de los servicios sociales están destrozando esta idea. Para más inri, todo aderezado con las acusaciones de corrupción.
Orbán ha tratado de recuperar el cariño de los jóvenes con algunas iniciativas, como por ejemplo los beneficios fiscales para madres jóvenes o la ayuda económica para una primera vivienda. Sin embargo, no ha parecido suficiente. Al deterioro político y económico se suman cuestiones geopolíticas, como su estrecha relación con Rusia, o incluso morales, como el indulto en un caso de abuso sexual (esta última provocó en 2024 la mayor manifestación jamás organizada contra Orbán).
Sin embargo, la fatiga con el gobierno necesitaba de alguien para poder canalizarse: Péter Magyar.
¿Quién puede tumbar a Orbán?
Lo más sorprendente de estas elecciones es que el mayor rival político de Orbán fue en el pasado un aliado suyo. De hecho, la exmujer de Magyar, Judit Varga, fue ministra de Justicia en el Gobierno de Orbán hasta 2023.
El líder de Tisza basa buena parte de su capital político en su crítica mordaz al Ejecutivo. De hecho, mientras buena parte de su discurso gira en torno a la idea de recuperar la democracia y la relación con la UE, no difiere considerablemente de Orbán.
Magyar es simplemente una versión «más moderada» del primer ministro.
Podría parecer lógico que el potencial sucesor de Orbán debería ser alguien radicalmente distinto a él. Sin embargo, Magyar es simplemente una versión «más moderada» del primer ministro. Comparten buena parte de su programa en términos de inmigración o Ucrania. Lo único diferente es que Magyar enfatiza más su propuesta de regeneración democrática y es ligeramente más moderado en aspectos en los que Orbán es actualmente demasiado «extremista».
De hecho, el primer ministro no pierde oportunidad de tachar a Magyar, quien es europarlamentario desde las elecciones de 2024, de «marioneta de Bruselas». Esto obliga al opositora hacer equilibrios muy complicados. Por un lado, trata constantemente de diferenciarse del primer ministro, acercándose a la UE e incluso estableciéndose como gran objetivo recuperar los fondos congelados. Por el otro, consciente del atractivo de Orbán como «perfil duro e independiente en la UE», muchas veces acaba votando contra su grupo europeo, los conservadores del PPE.
Sin embargo, parece que al menos a corto plazo la estrategia está siendo la correcta. Mantener esta imagen de continuidad y a la vez cambio de régimen le ha ganado el apoyo (en algún caso escéptico) de distintos grupos sociales.
En Hungría, las encuestas son un tanto caóticas. Dependiendo de la cercanía de la casa de encuestas al régimen de Orbán, esta da un resultado más o menos favorable al primer ministro. Aunque son pocas las que ponen a Fidesz delante de Tisza, este domingo puede ocurrir de todo. Orbán ha diseñado un sistema electoral que obliga a Magyar no solo a ganarle, sino a hacerlo de forma contundente si quiere arrebatarle el poder.
No basta con quedar primero
Vencer a Orbán no será sencillo. Como ya se ha destacado, Fidesz ha ido capturando al Estado poco a poco. Sin embargo, el problema va más allá de su control de los medios de comunicación o las instituciones. Las reglas electorales también han cambiado. De hecho, en 2022 se organizó una oposición unificada contra Orbán y, aunque lideró las encuestas, acabó perdiendo.
Se organiza el territorio electoral para dar más poder a aquellas zonas en las que Fidesz es históricamente el partido más apoyado.
El principal problema de Magyar va a ser los distritos electorales. Nada más llegar al poder, Orbán modificó los distritos electorales para beneficiar a su partido. Aunque según han pasado los años se han llevado a cabo más cambios, la idea es siempre la misma. Se organiza el territorio electoral para dar más poder a aquellas zonas en las que Fidesz es históricamente el partido más apoyado.
Por si fuera poco, el Gobierno fue acusado en 2021 de permitir el «turismo electoral». A los ciudadanos se les permite registrarse para votar en cualquier lugar del país, incluso si no es su residencia. Esto permitiría que los votantes de Fidesz se movieran a los distritos en los que esperan mayor competición. Hungría no permite consultar las listas de votantes no inscritos, aunque se cree que Fidesz recopila muchísima información de sus votantes, por lo que serían los únicos con capacidad para beneficiarse del turismo electoral y, además, nunca lo sabríamos.
El voto en el extranjero también estaría sesgado. Orbán ofreció la ciudadanía y el derecho a voto a los «húngaros étnicos», aquellos que viven en territorios húngaros hasta la Primera Guerra Mundial. Según encuestas, el 90 % de estos tendrían simpatía por Fidesz.
Frente a ellos, Hungría complica el voto de los húngaros que viven más lejos, normalmente jóvenes y opositores de Orbán. Les obliga a acudir a embajadas y superar varios controles. Los números respaldan esta idea: los húngaros en el extranjero pero que viven cerca del país tienen una participación electoral del 50 %, pero esta se reduce al 20 % en el resto de casos.
De hecho, la arquitectura electoral y el poder de los distritos llevan a que el porcentaje de votos de un partido no vaya a traducirse exactamente en el mismo porcentaje de escaños. De hecho, dos de las supermayorías de Orbán (es decir, dos tercios del parlamento) las consiguió con menos del 50 % de los votos.
La ventaja promedio con la que contaría Tisza sería de unos ocho o nueve puntos porcentuales.
Todo ello obliga a Magyar a no solo superar en votos al primer ministro, sino a hacerlo con una diferencia considerable. Si bien las encuestas no se ponen del todo de acuerdo, la ventaja promedio con la que contaría Tisza sería de unos ocho o nueve puntos porcentuales. Los cálculos políticos indican que esta sería más o menos la mayoría necesaria para vencerle también en escaños.
¿Y qué hará Orbán?
En definitiva, y a pesar del hastío que Orbán ya provoca en parte de la población, la diferencia que marcan las encuestas puede no ser tan ancha como se espera. Hay un espacio considerable para las sorpresas e incluso podría darse una quinta victoria por parte del primer ministro.
De hecho, incluso ante una eventual derrota, existe la posibilidad de que Orbán no acepte los resultados, un escenario que ya se está teniendo en cuenta en Europa y que llevaría las relaciones Hungría-Unión Europea a su peor nivel.
