La facilidad para crear y difundir una encuesta puede generar incentivos peligrosos ante un calendario electoral cargado. La demoscopia influye en la toma de decisiones y puede incluso contribuir a que sus pronósticos se hagan realidad: es la profecía autocumplida.

Tras el verano, comenzará un gran ciclo electoral con algunas citas importantísimas en varias partes del mundo, arrancando con las midterm en Estados Unidos. Esto significa, entre otras cosas, que vamos a vivir un aumento considerable en la exposición a encuestas de ámbito político. De hecho, en muchos casos, las encuestas, más que un medio para un fin (conocer el posicionamiento de la opinión pública en una cuestión determinada), son entendidas como una parte más de la discusión política. Criticamos sus sesgos, las comparamos con otras y les podemos llegar a hacer más o menos caso según favorezcan o no a nuestro candidato favorito. 

Esta tendencia es un síntoma de que percibimos cada vez más la importancia que tienen las encuestas. Claro que esto no es nada nuevo: los países son muy conscientes del potencial que tiene la demoscopia y, en muchísimos casos, se legislan los conocidos como «apagones informativos». Esta limitación jurídica, que varía mucho entre países pero está presente en la mayoría de democracias liberales, existe porque se quieren evitar posibles sesgos o influencias externas a la hora de acudir a las urnas. Pero, ¿realmente tienen efectos las encuestas en lo que votamos? Y si es así, ¿cómo funcionan? Al mismo tiempo, conocer las respuestas a estas preguntas nos ayudará a determinar la legitimidad de estos apagones informativos, así como su utilidad.

Cuando una encuesta se convierte en realidad

Se sabe desde hace varias décadas que las encuestas generan diversos efectos entre la ciudadanía. Uno de los más estudiados y que hoy día se considera que tiene un mayor impacto es el de la conformidad. De acuerdo con Rotschild y Malhotra (2014), la psicología social nos sugiere tres mecanismos de actuación de la conformidad en las encuestas.

En muchos casos, las encuestas, más que un medio para un fin (conocer el posicionamiento de la opinión pública en una cuestión determinada), son entendidas como una parte más de la discusión política.

Influencia social normativa. Este mecanismo se basa en el deseo de las personas de situarse del lado de la mayoría porque creen que, si forman parte del «equipo ganador», serán más aceptadas socialmente. Así, alguien que pensaba apoyar a una candidatura minoritaria puede acabar inclinándose por la que encabeza las encuestas para no sentirse fuera de la posición dominante en su entorno.

Demostración social o influencia social informativa. Es un mecanismo parecido al anterior, pero aquí, más que buscar aceptación, se considera que la mayoría elige la opción preferida porque está mejor informada o dispone de más elementos para tomar una decisión acertada. Una persona indecisa puede interpretar que, si una candidatura concentra mucho más apoyo, será porque ofrece mejores respuestas o porque quienes la respaldan saben algo que ella desconoce.

Reducción de la disonancia cognitiva. Cuando las encuestas anticipan la victoria de una determinada opción, algunas personas pueden resolver la incomodidad que les produce encontrarse en el lado perdedor modificando su posición y acercándose a quien creen que va a ganar. Ocurre, por ejemplo, cuando alguien simpatiza con una candidatura, pero, tras verla repetidamente derrotada en los sondeos, empieza a convencerse de que la opción ganadora también es la más adecuada y termina cambiando su voto.

Estos tres mecanismos pueden dar lugar al conocido efecto bandwagon o efecto arrastre, por el cual el éxito que una candidatura obtiene o parece obtener en las encuestas incrementa su atractivo y puede acabar generando nuevos apoyos (Barnfield, 2020). De este modo, la encuesta no se limita a registrar las preferencias existentes, sino que puede contribuir a cambiarlas. Y, en determinadas circunstancias, es capaz de confirmar el resultado que inicialmente pronosticaba. Esto es lo que la literatura estudia como «profecía autocumplida».

Junto a estos efectos, algunos estudios han intentado mostrar, con menor éxito, que puede existir un efecto underdog: que una encuesta muestre a un candidato por detrás puede incrementar su apoyo. Sin embargo, los trabajos más recientes sobre partidos que pelean por superar la barrera electoral van en otra dirección.

La encuesta no se limita a registrar las preferencias existentes, sino que puede contribuir a cambiarlas. Y, en determinadas circunstancias, es capaz de confirmar el resultado que inicialmente pronosticaba.

En este sentido, es interesante ver qué ocurre cuando una encuesta sitúa a un partido por encima o por debajo del umbral. Aquí pueden activarse el voto estratégico o, simplemente, las expectativas. Esto es precisamente lo que analizan los investigadores Werner Krause y Christina Gahn en un estudio publicado recientemente. Reúnen 1.095 estimaciones de 142 elecciones en 25 países y comparan a los partidos que aparecen justo por encima de la barrera con los que quedan justo por debajo. La diferencia puede ser de unas décimas, pero en un caso, el partido entra en el Parlamento, mientras que en el otro parece que se corre el riesgo de «tirar el voto». Sus resultados apuntan a que los partidos situados justo por debajo tienen menos posibilidades de superar finalmente el umbral.

Este es, en parte, un giro de tuerca al efecto arrastre. La profecía se cumple, pero no necesariamente porque los ciudadanos hayan cambiado de candidato favorito, sino porque ha cambiado su percepción sobre qué voto resulta útil.

Más allá de los datos

Ahora bien, sería injusto decir que la encuesta hace todo el trabajo: aquí la tarea de los medios y de cómo se comunican los datos es igual o más importante que la propia labor demoscópica (Krause y Gahn, 2024). Un experimento con más de 23.000 electores neerlandeses no encontró efectos cuando se mostraban únicamente los porcentajes de las encuestas, pero sí cuando se destacaba que una candidatura estaba creciendo (es decir, que entran en juego las narrativas). En Brasil, unos retrasos técnicos permitieron observar que quienes votaban después de que comenzasen a circular resultados abandonaban en mayor medida a los perdedores y se desplazaban hacia quien aparecía como ganador, incluso en la segunda vuelta.

Por tanto, la respuesta parece ser que sí: las encuestas son capaces de influir en el voto. Y lo hacen de varias formas. Siendo así, puede llegar a pensarse que los «apagones informativos» son herramientas legítimas. Más si cabe cuando, en estos momentos, el auge de la inteligencia artificial está abaratando los costes de las labores demoscópicas, pero facilitando también su manipulación. Del mismo modo, es cada vez más frecuente encontrarse encuestas falsas circulando por redes sociales, las cuales no tienen ninguna base real ni cuentan con una metodología detallada. 

El próximo curso electoral, con fechas clave como las regionales alemanas, las presidenciales brasileñas o las elecciones presidenciales francesas, se expone a riesgos de injerencias extranjeras y una mala praxis demoscópica puede ser usada para estos fines. 

Después de explicar todo esto, puede resultar contraintuitivo argumentar ahora que no debería existir ningún tipo de limitación a la información de las encuestas políticas previa a unos comicios. Sin embargo, el hecho de que las encuestas influyan es un argumento insuficiente por sí mismo para dar por buena la prohibición de su publicación. ¿Por qué? Porque los apagones informativos, además de tener agujeros legales que pueden ser sorteados, suelen dejar espacio a los rumores, a filtraciones parciales y a esas encuestas falsas que pueden seguir brotando en redes sociales a pesar de que los medios de comunicación y las demoscópicas reputadas sí tengan que cumplir con la legislación.

Además, estas restricciones llegan tarde. Si durante semanas se ha construido la idea de que una candidatura es inviable, que otra está creciendo o que una elección ya está decidida, garantizar un silencio temporal en los últimos compases de la campaña no va a deshacer el relato construido. En este sentido, lo que se logra es impedir que haya información nueva capaz de corregirlo (si es que eso debe ocurrir). En la práctica, quienes disponen de encuestas privadas —es decir, partidos, gobiernos, grandes empresas o grupos de interés— continúan accediendo a ellas, mientras que el resto de la ciudadanía pierde la posibilidad de conocerlas y discutirlas.

Frente al apagón, tendría más sentido exigir que cada sondeo detalle su metodología, su muestra, quién lo financia, cuándo se realizó y cuál es su margen de error. También habría que señalar con claridad las encuestas falsas y, si es necesario, que se tenga que responder por ellas ante la justicia.

También debemos empezar a preguntarnos qué valor concedemos a las encuestas y cómo las interpretamos. Hay actores políticos, empresas y medios plenamente conscientes de los incentivos que existen a la hora de mostrar a un partido por delante, presentarlo como ascendente o dar por muerto a otro. Los mismos datos pueden servir para dar enfoques muy distintos al momento que atraviesa la batalla política. Y cada uno de esos relatos puede producir efectos distintos.

Durante el próximo ciclo electoral, quizá debamos prestar tanta atención a lo que dicen las encuestas como a lo que algunos pretenden conseguir diciendo que dicen.

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por Jorge de Diego Hurtado

Politólogo, analista electoral y cinéfilo cuando me dejan. Cofundé El Tablero Político y ahora trabajo también en Agenda Pública. Antes, merodeé por Bruselas.

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