Israel vota con un protagonista, Benjamín Netanyahu, y con una oposición que ansían su salida, pero generan dudas respecto a su propuesta alternativa. La política exterior israelí no cambiará tras las elecciones, pero su sistema democrático sí puede hacerlo.

Todo apunta a unas elecciones existenciales para Israel. No para su Estado, sino para su democracia. El país, presentado habitualmente por sus aliados como «la única democracia de Oriente Medio», acude a las urnas mientras muchos analistas plantean que, tras estos comicios, la degradación del sistema democrático puede ser irreversible.

Hay mucho que desgranar: desde los ataques del 7 de octubre y la respuesta israelí hasta la evolución hacia una guerra regional con Irán o el distanciamiento diplomático con Estados Unidos, su principal socio internacional. Sin olvidar las acusaciones de corrupción y concentración de poder que pesan sobre el primer ministro y líder de Likud, Benjamín Netanyahu.

La orden de detención de la Corte Penal Internacional (CPI) por presuntos crímenes de guerra y de lesa humanidad no entra dentro de las principales críticas internas a Netanyahu. El tema central de estas elecciones es la atribución de responsabilidades por los ataques de Hamás contra Israel en octubre de 2023. La oposición considera que el gobierno de coalición, liderado por Likud, pero sostenido e integrado también por partidos de derecha radical, actuó de manera irresponsable y es culpable de los fallos de seguridad. Asimismo, desde la oposición se critica a Netanyahu por su negativa a establecer una comisión de investigación independiente que resuelva hasta qué punto su Gobierno falló a la hora de preservar la seguridad nacional.

La actuación del Ejecutivo israelí en respuesta al 7 de octubre se engloba para muchos en una degradación de la separación de poderes del país y atentados contra la libertad de expresión y de prensa. En este sentido, las principales críticas no están centradas en la dureza de la respuesta militar de Israel, que ha generado que el país deba defenderse en la Corte Internacional de Justicia tras ser acusado de genocidio. No obstante, varios autores apuntan a que parte del desgaste de Netanyahu proviene del uso de los frentes militares para impulsar artificialmente una sensación de unidad nacional.

Desde la oposición se critica a Netanyahu por su negativa a establecer una comisión de investigación independiente que resuelva hasta qué punto su Gobierno falló a la hora de preservar la seguridad nacional.

Ante este panorama cabría pensar que esta será la última legislatura de ‘Bibi’ Netanyahu, pero las encuestas dibujan otro escenario. El principal rival del primer ministro es Gadi Eisenkot, exjefe del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI). Likud y el partido centrista de Eisenkot, Yashar, se disputan el primer puesto en las encuestas, aunque los sondeos ofrecen resultados muy distintos según el instituto demoscópico. En cualquier caso, lo más determinante será qué coalición logre llegar a los 61 escaños.

Una oposición dividida frente a Netanyahu

Lo que se vota el próximo 27 de octubre son los escaños de la Knéset: el Parlamento de Israel, que deberá otorgar su confianza al candidato al que el presidente israelí, Isaac Herzog, encargue formar gobierno. Con un total de 120 escaños y una barrera electoral del 3,25 %, Likud y Yashar buscarán trazar alianzas para poner a uno de sus líderes al frente del país, independientemente de cuál sea la lista más votada.

El sistema electoral israelí presenta algunas particularidades: la Knéset es un Parlamento unicameral de 120 escaños, elegido mediante representación proporcional en una única circunscripción nacional y con listas cerradas. El reparto de escaños se realiza mediante el método Bader-Ofer, similar a la fórmula d’Hondt, que permite a dos listas establecer acuerdos previos para sumar sus votos a efectos de la distribución de los escaños restantes, siempre que ambas superen la barrera electoral. Esto es particularmente interesante, ya que hasta 37 listas distintas aspiran al escaño este martes.

Con un total de 120 escaños y una barrera electoral del 3,25 %, Likud y Yashar buscarán trazar alianzas para poner a uno de sus líderes al frente del país, independientemente de cuál sea la lista más votada.

Pero si Netanyahu tiene dificultades para mantenerse en el poder, la oposición tampoco lo tiene especialmente fácil para ponerse de acuerdo. Eisenkot no es el único que aspira a dirigir el próximo Ejecutivo. El exprimer ministro Naftali Bennett encabeza B’Yachad, una coalición electoral con el partido centrista Yesh Atid de Yair Lapid, también ex primer ministro. 

Lo interesante es que Bennett proviene de la derecha nacionalista y, pese a haber gobernado anteriormente con Lapid y un partido árabe, ahora rechaza repetir aquella fórmula. A su derecha se sitúa Avigdor Lieberman, líder de Yisrael Beiteinu y antiguo aliado de Netanyahu, que defiende una política de seguridad especialmente dura y un Estado más secular, con posiciones muy críticas hacia los privilegios de los partidos ultraortodoxos. 

Finalmente, Yair Golan, exsubjefe del Estado Mayor, lidera los Demócratas, la principal formación de izquierdas, surgida de la unión entre laboristas y Meretz. En realidad, todos ellos comparten su oposición al primer ministro, pero no necesariamente un mismo proyecto político. La principal alternativa a Netanyahu pasa por una coalición de Yashar, B’Yachad, Yisrael Beiteinu y los Demócratas, cuyos dirigentes ya han manifestado su voluntad de colaborar para formar gobierno. Sin embargo, las encuestas no les otorgan los 61 escaños necesarios para alcanzar una mayoría absoluta, por lo que necesitarían incorporar a otras formaciones o buscar apoyos parlamentarios externos. 

Ahí comienzan las dificultades: Lieberman rechaza gobernar tanto con partidos árabes como con ultraortodoxos, mientras Golan se ha mostrado dispuesto a colaborar con formaciones árabes como Ra’am, la Lista Árabe Unida de Mansour Abbas. Bennett también descarta incorporar a las formaciones árabes. Eisenkot, por su parte, ha condicionado sus posibles alianzas a una serie de principios comunes y ha rechazado incorporar a Ra’am. Una de las alternativas que se han planteado es la formación de un Gobierno en minoría sostenido por apoyos o abstenciones externas, una fórmula que Lieberman también rechaza. Por tanto, el problema no es únicamente alcanzar una mayoría parlamentaria, sino encontrar una fórmula que permita convertirla en un Gobierno.

La principal alternativa a Netanyahu pasa por una coalición de Yashar, B’Yachad, Yisrael Beiteinu y los Demócratas, cuyos dirigentes ya han manifestado su voluntad de colaborar para formar gobierno.

De entre todos los actores, hay un bloque que será clave para determinar la gobernabilidad del país: el bloque árabe. En el sistema de partidos del país existen pequeñas formaciones árabes, que intentan representar a la población árabe con ciudadanía israelí. Además de Ra’am, concurre la Lista Conjunta, una alianza de tres partidos —Hadash, Ta’al y Balad— que, si bien tienen en común su representación mayoritariamente árabe, poseen fuertes diferencias en algunos temas clave. Pese a ello, en este caso prima la necesidad de superar la barrera electoral.

El problema con estos partidos es que, tras los atentados del 7 de octubre, se ha puesto en entredicho su legitimidad y, si bien la coalición opositora obtendría una mayoría con sus votos, la polarización hace esta alianza muy improbable. Consciente de ello, el ministro de Finanzas de Netanyahu y líder del partido de derecha radical Sionismo Religioso (HaTzionut HaDatit), Bezalel Smotrich, aseguró hace unos meses que «un gobierno con Mansour Abbas [líder de la Lista Árabe Unida] sería peor que la masacre del 7 de octubre». También lo hace consciente de que, según las encuestas, sin al menos un partido árabe, la coalición anti-Netanyahu tendría muy pocas posibilidades de gobernar. 

Cabe recordar que, si bien esta parte del espectro político está fervientemente en contra del primer ministro, estos están bastante alejados de la izquierda y siguen siendo formaciones de carácter sionista.

Qué dicen las encuestas

La fotografía demoscópica de estos últimos días es de bloqueo. Según la media de nueve encuestas publicada por Israel Votes 2026, Likud obtendría alrededor de veintidós escaños, frente a los veintiuno de Yashar y los trece de B’Yachad. Los Demócratas y Yisrael Beiteinu sumarían otros nueve y siete, respectivamente. Por su parte, los partidos que componen el bloque de Netanyahu alcanzarían conjuntamente unos 52 escaños, mientras que las principales fuerzas sionistas de la oposición quedarían cerca de los cincuenta. A estos se añaden los aproximadamente catorce que obtendrían la Lista Conjunta y Ra’am, además de los cuatro de una candidatura de reservistas y economistas que no está claramente alineada con ninguno de los dos bloques.

En cualquier caso, las diferencias entre encuestadoras son importantes. Mientras algunas sitúan a Likud claramente por delante, otras dan la primera posición a Eisenkot. Además, el actual bloque gubernamental solo alcanza los 61 diputados en uno de los nueve sondeos considerados. Así, más que una mayoría evidente, las encuestas dibujan un escenario en el que la negociación posterior a las elecciones puede resultar tan determinante como la propia votación. No sería la primera vez que se viese un bloqueo electoral. Entre 2019 y 2020, el país acudió a las urnas hasta en tres ocasiones. Finalmente, Netanyahu logró revalidar su mayoría.

Mientras algunas sitúan a Likud claramente por delante, otras dan la primera posición a Eisenkot. Además, el actual bloque gubernamental solo alcanza los 61 diputados en uno de los nueve sondeos considerados.

Una sociedad cada vez más a la derecha

Las consecuencias políticas del 7 de octubre y su posterior respuesta van a perdurar durante décadas. A este respecto, la mayoría de palestinos e israelíes no creen que la coexistencia pacífica entre Israel y un Estado palestino independiente sea posible. De acuerdo con Pew Research, solo el 17 % de los israelíes considera posible la coexistencia pacífica, junto con el 21 % de los palestinos (si bien solo se ha podido entrevistar a palestinos residentes en Cisjordania o Jerusalén Este). Las razones que se dan son interesantes y no todas guardan relación con lo ocurrido hace tres años, pero hay dinámicas que ha reforzado, como la de la sensación de miedo y desconfianza entre las partes. Pero no son las únicas.

Resulta llamativa la falta de fuerzas de izquierda o centroizquierda en la contienda electoral. De hecho, algunas de ellas están concentradas en estos pequeños partidos árabes como Hadash, de corte comunista. El partido de izquierdas más relevante es otro sionista: los Demócratas, que son una fusión entre el Partido Laborista y Meretz. En este sentido, lo cierto es que el 7 de octubre ha podido acelerar la derechización de la sociedad israelí que se venía gestando en los últimos años. Los motivos son varios y tienen en muchos casos una raíz histórica, pero no deja de ser llamativo el hecho de que solo un 15 % de los judíos israelíes se ubican en la izquierda. Por contra, más de un 50 % se sitúa a la derecha.

Con todo, intentar interpretar la política israelí desde el prisma de la división izquierda-derecha hace tiempo que dejó de tener sentido. Al menos si se aborda como un análisis similar a los que se practican en países europeos. Tras diecinueve años (no consecutivos) en el poder, Benjamín Netanyahu es una de las claves electorales: el ‘bibismo’ enfrenta, divide, organiza y agrupa a votantes como pueden hacerlo la política internacional, la economía o la religión.

El reclutamiento ultraortodoxo y los límites del poder

A este respecto, uno de los temas más interesantes de la campaña, que se viene arrastrando desde hace algo más de dos años, es el de la obligación militar para los ultraortodoxos. Buena parte de los israelíes están obligados por ley a prestar servicio militar al alcanzar la mayoría de edad, aunque existen importantes exenciones. En el actual contexto de movilización bélica, donde el reclutamiento no hace sino descender, se ha insistido desde varios sectores en que la dedicación religiosa no debería impedir que estas personas presten el servicio militar.

Tras diecinueve años (no consecutivos) en el poder, Benjamín Netanyahu es una de las claves electorales: el ‘bibismo’ enfrenta, divide, organiza y agrupa a votantes como pueden hacerlo la política internacional, la economía o la religión.

Finalmente, Likud y sus socios (el ya mencionado Sionismo Religioso, el Poder Judío de Itamar Ben-Gvir y la corriente de Nueva Esperanza, integrada en el Likud), un año después de la salida de la coalición de los dos partidos ultraortodoxos al no conseguir forzar el no reclutamiento, aprobaron una ley en la Knéset que suspendía las detenciones y los procedimientos contra los estudiantes religiosos que esquivasen el reclutamiento. No obstante, a comienzos de septiembre el Tribunal Supremo del país anuló esa ley. El tribunal alegó que esa ley vulneraba el principio constitucional de igualdad y además señaló irregularidades en la tramitación parlamentaria. Este frente es otro de los que enfrentan al actual primer ministro con los frenos y contrapesos democráticos.

Más allá de Netanyahu

Por otra parte, ningún cambio de gobierno va a modificar sustancialmente la postura internacional de Israel. Si bien la salida de Netanyahu podría frenar el avance de los colonos en Cisjordania, la visión expansionista del Gran Israel, la guerra en Irán o el impulso de las relaciones con Arabia Saudí seguirían sobre la mesa. Es una de las consecuencias más claras de la derechización de Israel y del trauma del 7-O.

En definitiva, el propio Netanyahu encierra los límites y las posibilidades del cambio en estos comicios. Si Likud y sus aliados preservan el poder y Beit Aghion, la iliberalización de la democracia israelí seguirá su curso. Esta dinámica encierra costes evidentes en la reputación internacional de Israel, pero también en el malestar interno: hace un tiempo, las manifestaciones contra Netanyahu se sucedieron durante 57 fines de semana consecutivos. Pero desde Likud piensan que la nueva estrategia de seguridad puede requerir de cierta unidad que limita con la pluralidad. Y, al mismo tiempo, están los distintos casos de corrupción que persiguen desde hace tiempo a ‘Bibi’. Es evidente que permanecer en el poder es una gran baza judicial, porque además le permitiría profundizar en lo que muchos analistas interpretan como una degradación de los contrapesos democráticos.

Si Likud y sus aliados preservan el poder y Beit Aghion, la iliberalización de la democracia israelí seguirá su curso.

En un gran análisis político e histórico, la investigadora Beth Oppenheim, del European Council on Foreign Relations (ECFR), da en el clavo con las preguntas que definen esta elección y el futuro de Israel: «¿Quién pertenece a él y en qué condiciones? ¿Dónde empieza y termina su territorio? ¿Deben el derecho y la autoridad política emanar de las instituciones democráticas liberales, de la voluntad de la mayoría judía o de las escrituras religiosas? ¿Y debería Israel buscar su seguridad y legitimidad internacional mediante la diplomacia o un poder militar sin restricciones?», escribe.

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por Jorge de Diego Hurtado

Politólogo, analista electoral y cinéfilo cuando me dejan. Cofundé El Tablero Político y ahora trabajo también en Agenda Pública. Antes, merodeé por Bruselas.

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